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Full text of "TRATADO DA VERDADEIRA DEVOÇÃO"

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por mí. Yo también lo haré por usted. Muchas gracias. 


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= 
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po 
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TRATADO 
DE LA 
VERDADERA DEVOCIÓN 


SANTISIMA VIRGEN 


POR EL 
BEATO LUIS M.* GRIGNION MONTFORT 


(CON LA LICENCIA 
DEL ORDINARIO) 


EDICIONES 
Er b- E 
MADRID 


1947 


INDICE 


Prefacio del P. Faber ... ... en ga a $ 5 
Primera Parte.—CAPITULO Necesidad de la de- 
voción a la Santísima Vizgen.—Artículo 1: Grande- 
zas de María ... ... a 
Artículo If: Dios ha querido servirse pS Ma 
Encarnación . “o 16 
Artículo Ml: Dios quiere peris de María en la san- 
tíficación de las almas.—L Cómo proceden las tres 
personas de la Santísima Trinidad con María en la 
Iglesia ... ... .. « nal aEÍ cas do . 
11. Consecuencias.—I. María, Reina de los Cora- 
ZOOL o 28 


. Los hombres tienen necesidad de María para 
e su último fin.—1” Los cristianos tie- 

nen necesidad de Ella para enmplir sus deberes. — 30 

2.2 Especialmente los que aspiran a la perfección. — 32 
Artículo IV: Oficio que hará María especialmente en 
los: últimos pise Miradas Pa sobre 


los últimos tiempos A 34 
Jl. Lucha de María y de los suyos contra Sataná 
y sus secuaces 38 


JIL Los apóstoles de los últimos fenaods ias Led 40 
CAPITULO I!I.—Discernimiento de la verdadera de- 
voción a la Santísima Virgen.—Artículo 1: Verda- 


des fundamentales, 
nuestro fin último. 
1L Segunda verdad: Nosotros pertenecemos a Je: 
sueristo y a María m0... o. 
IL. Tercera verdad: Debemos espajaros de todo 
lo malo que hay en nosotros ... > 

IV. Cuarta verdad: Necesidad de un mediador pa: 
ra con el Mediador Jesucristo. 

V. Quinta verdad: Nuestros bienes espirituales es- 
tán expuestos a perderse en nuestras manos... 


Artículo IF: Las falsas devociones a la Santísima 
Virgen ... 


1. Los devotos críticos... .. 
IL. Los devotos escrupulosos 
XL. Los devotos exteriores 
IV. Los devotos presuntuosos . 
V. Los devotos in: Instantes 


Primera verdad: Jesucristo, 


VIL Los devotos interesados, 
Artículo Il: La verdadera devoción a de Sentísima 
irgen. Sus caracteres, L Primer carácter: Devoción 
interior > 
1. Segundo carácter 
MI. Tercer carácter: Devoción santa ... “ 
IV. Cuarto carácter: Devoción constante ... . 
Y. Quinto carácter: Devoción desinteresada . 
Artículo IV: Anuncios proféticos acerca de esta per- 
fecta devoción . 
SEGUNDA parte.—CAPITULO —Elección de a prác- 
tica más perfecta de la devoción hacia la Santísima 
VAS corra rn dans ee e 00 ce Ve 


Págs. 


4 


CAPITULO II.—Naturaleza de la perfecta devoci 
la Santísima Virgen. — Artículo I: Esta devoción 
consiste en una perfecta consagración a Jesucristo 


por María a. ... . 86 
Artículo XI: La consagración de la perfecta devoción 
consiste en una perfecta renovación de las promesas 
del Bautismo ... 90 
Artículo TIL: Objeciones y respuestas ... «. 92 
CAPITULO JII.—Motivos de esta perfecta consagra 
ción.—Artículo 1. Primer motivo: Excelencias de la 
perfecta consagración . 95 
Artículo 1L. Segundo motivo: Conveniencia y ventaja 
de esta consagración .. 97 
Artículo TIL. Tercer motivo: Maravillosos efectos de 
esta perfecta consagración. —1. María se da a su 
esclavo. 101 
IL. Ela purifica sus buenas obras, las hermosea 
y hace que su Hijo las acepte 103 


Artículo IV. Cuarto motivo: Esta devoción es un me- 
dio excelente para procurar la mayor gloria de Dios. 106 
Artículo V. Quinto motivo: Esta devoci 
la unión con Dios 
1. Es camino fácil 

IL. Es camino corto 
JIL Es camino perfecto. 
IV. Es camino seguro 
Anículo 1V. Sesto motivo: Esta devoción proporcione 
una gran libertad interior 
Artículo VIL. Séptimo moti 
grandes bienes 2 


107 


Págs. 


Artículo VIII. Octavo motivo: Esta devoción es un ad: 
mirable medio de perseverancia dos só ó de 
CAPITULO 1V.—Rebeca y Jacob; la Santísima Vir: 
gen y sus esclavos de amor.—Artículo 1: Rebeca y 
Jacob... , 
L. Historia de Jacob 
TI. Esaú, figura de los réprobos... . 
NI. Jacob, figura de los predestinados 
Artículo II: Los predestinados y la Santísima Virgen. 


I. Conducta de los predestinados 137 

H. Conducta de María con los predestinados ....... 143 

1 Ella los ama 143 

IL. Ella los sustenta 148 

TIL Ella los conduce ..... 149 

IV. Ella los defiende y protege 150 

V. Ella intercede por ellos ..... 151 
CAPITULO V.— Efectos maravillosos que esta devo: 
ción produce en el alma que es fiel a ella.—Artícu- 

lo I: El conocimiento de sí mismo ... 153 

Artículo Il: Participación de la fe de María 154 


Artículo III: Exención de escrúpulos, turbaciones y te- 


mores 
Artículo y en María 
Artículo ón del alma y del espíritu de 


María pe ... .. 158 
Artículo V árbol de vida, produ a Jesús 

en el alma fiel . e 159 
Artículo VII: La mayor ¿oria de Dios . 161 


CAPITULO VI—P; 
ción.—Artículo 1: 


icas particulares de esta devo- 
Prácticas exteriores... ooo ooo o. 164 


Primera práctica 0. 00m cos 000 
Segunda práctica 
Tercera práctica 
Cuarta práctica 
Quinta práctica 
Sexta práctica . 
Séptima práctica 

Artículo HI: Prácticas particulares e interiores para los 

que quieran alcanzar la perfección ... 000 00 000 00 182 
Todo por María 
Todo con María . 
Todo en María 
Todo para Mar 

CAPITULO VIL.—Manera de practicar esta devoción 

en la sagrada Comunión.—Artículo 1: Antes de la 

Comunión ... -.. 

Artículo 1: En la Comunión 

Artículo III: Después de la sagrada Comunión 

Consagración de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría 

encarnada por las manos de María ... 


PREFACIO DEL PADRE FABER 


“TRADUCIDO DIRECTAMENTE DE LA QUINTA EDICIÓN 
INGLESA 


La primera vez que estudié la vida y espíritu del 
Venerable Grignion de Montfort fué por los años 1846 
o 1847, en S. Vilfrido; y hoy, después de haber 
transcurrido ya más de quince años, me atrevo a decir 
que los que le tomen por maestro difícilmente encon- 
trarán un santo o escritor ascético cuya unción y 
espíritu sojuzguen más el entendimiento que éste. Ál 
presente no le podemos llamar santo todavía; pero 
está tanto y tan favorablemente adelantado el proceso 
de su beatificación, que no se tardará mucho en verle 
colocado por la Iglesia en los altares. 

Pocos hombres ha habido en el siglo XVIII que 
llevasen sobre sí tan fuertemente grabadas las señales 
del hombre providencial, como este nuevo Elías, mi- 
sionero del Espíritu Santo y de María. Su vida toda 
fué una manifestación tal de la sublime locura de la 
Cruz, que sus biógrafos convienen. en colocarle al lado 
de San Simeón Salus y San Felipe Neri. 

Clemente XI le nombró misionero apostólico en 
Francia, con el fin de que consagrara su vida entera 
a combatir el Jansenismo, que tan perjudicial era « 


6 


las almas. Después de las epístolas de los apóstoles, 
con dificultad se hallarán palabras que tan vivamente 
inflamen el espíritu como las doce páginas de su ora- 
ción por los misioneros del Espíritu Santo, cuya lec- 
tura recomiendo ardientemente a todos aquellos que 
encuentran dificultades para conservar, en medio de 
sus numerosas pruebas, los primeros fuegos del amor 
de las almas. 

A un mismo tiempo, era perseguido y venerado en 
todas partes. El número de sus obras, al igual de las 
de San Antonio de Padua, es increíble, y en verdad, 
inexplicable. Escribió algunos tratados ascéticos, que 
han ejercido notable influencia en la Iglesia, durante 
los pocos años que vienen siendo conocidos, y segu- 
ramente ejercerán una influencia mucho más podero- 
sa en lo sucesivo. Su predicación, sus escritos y su 
conversación estaban totalmente impregnados de pro- 
fecías y anuncios acerca de los últimos siglos de la 
Iglesia. 

Semejante a San Vicente Ferrer, se adelanta, cual 
si estuviese en los días que precederán inmediatamen- 
te al juicio final, anunciando que trae de parte de 
Dios el mensaje auténtico de un honor más grande, un 
conocimiento más extenso y un amor más ardiente 
hacia su santísima Madre, así como de su relación 
con la segunda venida de su Hijo. Fundó dos congre- 
gaciones religiosas, una de hombres y otra de muje- 
res, que han logrado un éxito verdaderamente extraor- 
dinario, no obstante haber muerto él a los 43 años, 
en 1716, cuando sólo contaba 16 años de sacerdocio. 

El 12 de mayo de 1853 se dió en Roma el decreto 


7 


que declara sus escritos exentos de todo error que 
Pudiera ser obstáculo a su canonización. En este mis- 
mo libro sobre la verdadera devoción de nuestra Se- 
ñora nos ha dejado la siguiente profecía: «Clara- 
mente preveo que saldrán fieras espantosas que, en- 
Jurecidas, intentarán destrozar con sus diabólicos dien- 
tes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritw 
Santo se ha servido para escribirle o, que, cuando 
menos, pretenderán encerrarle en las tinieblas y en el 
silencio de un cofre, a fin de que jamás aparezca.» 

Á pesar de todo, profetizó, a un tiempo, su apari- 
ción y su éxito, todo lo cual se ha cumplido al pie 
de la letra. El autor murió en 1716 y este Tridado 
fué hallado, por casualidad, por uno de los sacerdotes 
de su congregación en S. Laurent-sur-Sevre en 1842. 
El superior de entonces pudo dar fe de que el manus- 
crito era de su venerable fundador y envió el autó- 
grajo a Roma, para que le examinaran en el proceso 
de canonización. 

Todos los que se disponen a leer este libro induda- 
blemente amarán a Dios y lamentarán no amarle más 
todavía; todos desearán algo para su gloria, como la 
propagación de alguna obra buena, el éxito de alguna 
devoción o la venida de tiempos mejores. El uno se 
ha esforzado durante muchos años en vencer algún 
defecto particular, y no lo ha conseguido. El otro 
gime y se asombra de que, a pesar de sus lágrimas, 
se hayan convertido a la fe tan pocos de sus íntimos 
amigos. Este se aflige de no sentir bastante devoción; 
aquél, de tener que llevar una cruz que le es material- 
mente imposible soportar; mientras que un tercero su- 


fre disgustos domésticos y desgracias de familia, que 
de parecen incompatibles con su salvación; y, por to. 
das estas razones, creen que la oración les proporciona 
muy poco remedio. Pero, ¿cuál es el remedio que 
necesitan?, ¿cuál es el remedio indicado por el mismo 
Dios? Si damos crédito a las revelaciones de los santos, 
el remedio está en hacer que la devoción a la Santi. 
sima Virgen alcance un grado inmenso, pero téngase 
en cuenta que lo inmenso no reconoce límites. Aquí, 
en Inglaterra, no se predica a María la mitad de lo 
que se debe. La devoción que se la profesa es débil, 
mezquina y pobre. Anda tímidamente fuera de su ver. 
dadero camino a causa de las burlas de la herejía. 
Invocando siempre el respeto humano y la prudencia 
de la carne, se pretende hacer de María una María 
tal que los protestantes pudieran admitirla fácilmente, 

Su ignorancia en la Teología hace a ésta insubstan- 
cial y baja. No posee la característica de nuestra reli- 
gión: no tiene fe en sí misma, He aqui por qué no 
se ama a Jesucristo, no se convierten los herejes, no 
es exaltada la Iglesia, desfallecen y degeneran las al. 
mas que debieron ser santas, no se reciben dignamente 
los sacramentos y las almas no son evangelizadas con 
entusiasmo. Jesús está olvidado, porque María no es 
conocida. Mil almas perecen, porque María está muy 
lejos de ellas. Esta miserable e indigna sombra, a la 
que podemos llamar nuestra devoción a la Santísima 
Virgen, es la causa de todas estas necesidades e infor 
tunios, de tantos males, omisiones y relajamientos. Sin 
embargo, si hemos de creer las revelaciones de los 


9 


santos, Dios exige una devoción mayor, más extensa y 
sólida y del todo nueva a su Santísima Madre. 

Por lo que hace a mí, no concibo obra más excelsa 
0 vocación más fecunda para una criatura, que el 
simple trabajo de difundir esta devoción peculiar del 
Venerable Grignion de Montjort. Examánela quien 
quiera por sí mismo, y las transformaciones que pro- 
ducirá en su propia alma presto le convencerán de 
la casi increible eficacia de esta devoción como medio 
para la salvación de los hombres y para la venida 
del reinado de Cristo. ¡Oh, si María fuese más cono- 
ida, no se sentiría tanta frialdad para con Jesús! ¡Oh, 
si María fuese más conocida, cuánto más milagrosa 
sería nuestra fe y cuán diferentes nuestras comunio- 
nes! ¡Oh, si María fuese más conocida, cuánto más 
dichosos, cuánto más santos, cuánto menos mundanos 
seriamos y con cuánta más perfección seríamos vivas 
imágenes de nuestro único Señor y Salvador, su que- 
ridísimo y santísimo Hijo! 

He traducido por mí mismo todo el Tratado, que 
me ha costado bastante trabajo, y lo he hecho con 
escrupulosa fidelidad. Al mismo tiempo me atrevo a 
prevenir al lector que difícilmente se dará cuenta del 
contenido con una simple lectura de él. 

En él se encuentra, si se me permite expresarme así, 
cierto sentimiento de algo inesperado y sobrenatural, 
que crece a medida que se le va estudiando, y cuando 
uno le ha leído ya repetidas veces, llega a notar que 
nunca envejece su novedad, ni disminuye su abun- 
dancia, ni se acaba jamás la fragancia ni el sensible 
Juego de su unción. 


10 


Dígnese el Espíritu Santo, el divino Celador de Je- 
sús y María, dar una nueva bendición a esta obra 
en Inglaterra y consolarnos pronto con la canonización 
de este nuevo apóstol y activo misionero de su que- 
ridísima e Inmaculada Esposa, y más todavía, con 
la pronta venida de aquella gloriosa época de la Pgle- 
sia que será la época de María. 


F. G. Faser. 


Día de la Presentación de Nuestra Señora, 1862. 


PRIMERA PARTE 


CAPITULO PRIMERO 


Necesidad de la devocion a la Santísima Virgen. 


ARTICULO 1 
GRANDEZAS DE MARIA 


Jesucristo vino al mundo por medio de la Santí- 
sima Virgen, y por Ella debe reinar también en el 
mundo. 

María ha estado muy oculta en su vida; por esto 
el Espíritu Santo y la Iglesia la Mlaman Alma Mater: 
Madre oculta y escondida. Su humildad fué profunda, 
en tanto grado, que, mientras vivió en la tierra, jar 
más tuvo otro afán tan poderoso y continuo como el 
de ocultarse a sí misma y a todas las criaturas, para 
ser conocida de Dios sólo. 

Dios, accediendo a las súplicas que Ella le hizo de 
que la ocultase, empobreciese y humillase, quiso que 
su concepción, nacimiento, vida y misterios, resurreo- 
ción y asunción estuviesen sin manifestarse a la casi 
totalidad de las criaturas. Sus mismos padres no la 
conocían y aun los ángeles se preguntaban con fre- 


12 


cuencia unos a otros: Quoe est ista?... «Quién es 
ésta?»: Y es que el Altísimo se la ocultaba, y, si les 
manifestaba algo, era infinitamente más lo que dejaba 
de manifestarles. 

El Padre, a pesar de haberla comunicado su po- 
der, consintió en que, durante su yida, no hiciera Ma- 
ria ningún milagro, al menos estupendo y notorio. 
El Hijo, no obstante haberla comunicado su Sabi. 
duría, la permitió que casi jamás hablara palabra, y 
el Espíritu Santo, con ser Ella su Esposa fidelísima, 
convino en que los Apóstoles y Evangelistas dijesen 
de Ella muy poco, y esto en cuanto fuese necesario 
para dar a conocer a Jesucristo. 

María es la excelente obra maestra del Altísimo, 
cuyo conocimiento y posesión se ha reservado El a 
sí mismo. María es la Madre admirable del Hijo, 
quien, para no ofender la humildad de Aquélla, se 
ha complacido en humillarla y ocultarla durante la 
vida, dándole el nombre de mujer, mulier, como si se 
tratara de una extraña, aunque en su corazón la apre- 
ciaba y amaba más que a todos los ángeles y hombres. 
María es la esposa fiel del Espíritu Santo, quien sólo 
para sí reserva la entrada en esta fuente sellada; Ella 
es el santuario y reposo de la Santísima Trinidad, 
donde el Señor mora con más magnificencia y en don: 
de su divinidad resalta más que en ningún otro lugar 
del universo, incluso los mismos Querubines y Sera- 
fines; y a este santuario jamás será permitido entrar 
a criatura alguna, por pura que sea, sin especial pri- 
vilegio de Dios. 

Esta divina Señora, diré con todos los santos, es el 


13 


paraíso terrestre en donde el nuevo Adán se ha encar- 
nado, por obra del Espíritu Santo, para realizar allí 
maravillas incomprensibles, el mundo excelso que sólo 
a Dios pertenece y que encierra bellezas y tesoros in- 
efables; la magnificencia del Altísimo, en donde El 
ha encerrado, como en su propio seno, a su Hijo úni- 
co, y, con El, todo lo que hay de más excelente y pre- 
cioso. ¡Oh, qué cosas tan grandes y tan ocultas ha rea- 
lizado este Dios omnipotente en esa criatura admíra- 
ble, como Ella misma se ve obligada a confesar, no 
obstante su profundísima humildad! Fecit mihi mag. 
na quí tens est (1). El mundo ignora todo esto, por- 
que es incapaz e indigno de conocerlo. 

Los santos han dicho cosas admirables de esta ciu- 
dad santa de Dios, y jamás han estado tan elocuentes, 
y hasta, según ellos mismos nos manifiestan, jamás 
han gozado tanto como cuando han hablado de sus 
excelencias, Reconocen, en efecto, que la sublimidad 
de los méritos de esta criatura, elevados por Ella has- 
ta el trono de la divinidad, no es dado descubrirla al 
entendimiento humano; que la extensión de su cari- 
dad, dilatada por Ella sobre las dimensiones de la tie- 
rra, nadie la puede apreciar; que la grandeza del po- 
der que Ella tiene, aún sobre el mismo Dios, jamás se 
comprenderá, y, en fin, que lo profundo de su humil- 
dad, así como de sus demás virtudes y gracias, que 
son un abismo, no se pueden sondear. 

¡Oh sublimidad incomprensible! ¡Oh extensión ine- 
fable! ¡Oh grandeza sin medida! ¡Oh abismo impe- 


(1) S. Luc., 1, 46. 


14 


netrable! Todos los momentos del día, en todos los 
confines de la tierra, en lo más alto de los cielos y en 
lo más profundo de los abismos, todo nos predica, 
todo nos habla admirablemente de María. Los nueve 
coros de los ángeles, los hombres de todo sexo, edad, 
condición y religión, los buenos y los malos, hasta 
los mismos diablos se ven, por la fuerza de la verdad 
obligados a llamarla, de grado o por fuerza, bienaven- 
turada. En los cielos todos los ángeles la proclaman 
incesantemente, ha dicho S. Buenaventura: Sancia, 
Sancta, Sancta Maria, Dei Genitrix et Virgo; y todos 
los días la ofrecen millones y millones de veces la Sa- 
lutación angélica: Ave María, etc., y, postrados ante 
Ella, la suplican que los honre por favor con alguna 
de sus órdenes. El mismo S. Miguel, dice S. Agustín, 
con ser el príncipe de aquella corte celestial, es el 
más celoso en rendirla y procurar que los demás la rin- 
dan toda clase de honores, y estén siempre dispuestos 
a obedecer sus mandatos y acudir, a su palabra, a 
prestar sus servicios a alguno de sus servidores, 
Toda la tierra está llena de su gloria, particular- 
mente entre los cristianos, en donde se la toma por tu- 
telar y protectora de muchos reinos, provincias, dió- 
cesis y ciudades, y de muchas catedrales que están 
consagradas a Dios con su nombre. Jamás se encon- 
trará una iglesia que no tenga un altar levantado en 
su honor; ni comarca ni cantón en donde no se ye- 
nere alguna de sus imágenes milagrosas, a las cuales 
acuden las gentes para curar de sus dolencias y obte- 
ner toda suerte de bienes. Que hablen, si no, tantas 
cofradías y congregaciones establecidas para honrarla, 


15 


tantas religiones puestas bajo su nombre y protección, 
tantos cofrades, hombres y mujeres de todas las her- 
mandades, tantos religiosos y religiosas de todas las 
órdenes, los cuales incesantemente publican sus ala- 
banzas y anunciar sus misericordias. 

No hay tan sólo un niño que, balbuciendo el Ave 
María, no la alabe, ni pecador apenas que, en modio 
de su endurecimiento, no abrigue en su pecho una 
chispa de confianza en Ella, ni aun siquiera un de- 
o que, desde los infiernos, no la venere temién- 

ola. 

Según esto, deberemos en verdad decir con los san- 
tos: De Maria nunquam satis... «Todavía no se ha 
alabado, ensalzado, honrado, amado y servido bastan- 
te a María.» Ella merece más alabanzas, más respetos, 
más amor y más servicios. Digamos, pues, con el Es- 
píritu Santo: 

Omnis gloria ejus Filioe Regis ab intus (1). «Toda 
la gloria de la Hija del Rey está en su interior»: co- 
mo si toda la gloria exterior que la rinden a porfía 
el cielo y la tierra fuese nada en comparación de la que 
recibe en su alma por el Criador, y que es desconoci- 
da de las criaturas miserables, por ser éstas incapaces 
do penetrar el secreto de los secretos del Rey. He aquí 
por qué debemos clamar con el Apóstol: Nec oculus 
vidit, nec auris audivit, nec in cor hominis ascen- 
dís... (2). Ni el ojo ha visto, ni el oído ha escuchado, 
ni el corazón del hombre ha comprendido jamás la 
hermosura, la grandeza y las excelencias de María, mi- 


(1D Ps. XLIV, 14. 
(2) L Cor., IL 9. 


16 


lagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza 
y de la gloria, El que quiera comprender a la Madre, 
ha dicho un santo, debe antes comprender al Hijo, pues 
ésta es la digna Madre de Dios: Hic taceat omnis lin- 
gua... «Enmudezca aquí toda lengua». 

Con una alegría particular acabo de escribir aquí 
lo que me ha dictado el corazón, a fin de mostrar que 
María ha permanecido desconocida hasta el presente, 
y que ésta es una de las principales razones por qué 
Jesucristo no es todavía conocido como debe serlo. Si, 
pues, es cierto que el conocimiento y el reinado de 
Jesucristo en el mundo deben llegar, no lo es menos 
que sólo se realizará esto como consecuencia del cono- 
cimiento y del reinado de la Santísima Virgen, que 
es la que le trajo la primera vez y la que nos le dará 
a conocer la segunda. 


ARTICULO Il 


Dios ha querido servirse de María en la Encarnación. 


Confieso con toda la Iglesia que, no siendo María 
sino una pura criatura salida de las manos del Altí- 
simo, comparada con la Majestad infinita, es menos 
que un átomo, o más bien, es nada, porque Sólo El 
es el que es, y, por consiguiente, que este gran Señor, 
que es independiente y se basta a sí mismo, jamás ha 
tenido ni tiene, aún ahora, en absoluto necesidad de 
la Santísima Virgen para cumplir su voluntad y ma- 


17 


nifestar su gloria, puesto que a El le hasta querer 
para hacer las cosas. 

Digo, sin embargo, que, aun con eso, habiendo 
querido Dios comenzar y acabar sus mayores obras 
por la Santísima Virgen” desde que la formó, hemos 
de creer que no cambiará de conducta en los siglos 
de los siglos, porque es Dios y no puede variar de 
sentimientos ni de proceder. 

El Padre no ha dado al mundo su Unigénito más 
que por María. A pesar de los suspiros que hayan ex 
halado los Patriarcas, de las súplicas hechas por los 
Profetas y Santos de la ley antigua durante cuatro mil 
años, para obtener este tesoro, sólo María es la que 
le ha merecido y ha encontrado gracia delante de 
Dios por la fuerza de sus oraciones y la sublimidad de 
sus virtudes. El mundo era indigno, dice S. Agustín, 
de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de las 
manos del Padre; por eso Este le ha entregado a 
María, para que de sus manos le recibiera el mundo. 
El Hijo de Dios se ha hecho hombre para nuestra sal- 
vación, pero sólo en María y por María. El Espíritu 
Santo ha formado a Jesucristo en María, pero después 
de haber pedido a Esta su consentimiento por medio 
de uno de los primeros ministros de su corte. 

El Padre ha comunicado a María su fecundidad, en 
cuanto una pura criatura era capaz de recibirla, para 
concederla el poder de producir a su Hijo y a todos 
los miembros de su cuerpo místico. El Hijo ha descen- 
dido a su seno virginal, como el nuevo Adán al Paraí. 
so terrestre, para hallar allí sus complacencias y obrar 
en secreto las maravillas de la gracia. 


18 


Dios hecho hombre ha encontrado la libertad en- 
cerrándose en su seno; ha desplegado su fuerza de- 
jándose llevar por esta doncellita; ha cifrado su glo- 
ría y la de su Padre en ocultar sus esplendores a todas 
las criaturas de la tierra, a fin de no revelarlos más que 
a María; ha glorificado su independencia y majestad 
sujetándose a esta Virgen amable en su concepción, en 
su nacimiento, en su presentación al templo, en su 
vida oculta de treinta años, hasta su muerte, a la cual 
Ella debía asistir, para no hacer con Ella más que un 
solo sacrificio, y para ser inmolado por la propia vo- 
luntad de Dios. Ella únicamente es la que le ha ama- 
mantado, alimentado, sostenido, educado y sacrificado 
por nosotros. 

¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un 
Dios, que aun el Espíritu Santo no ha podido pasar 
en silencio en el Evangelio, no obstante habernos ocul- 
tado casi todas las cosas admirables que esta Sabidu- 
ría encarnada hizo en su vida oculta, para mostrarnos 
su valor y gloria infinita! Mayor gloria ha dado Jesu- 
cristo a Dios su Padre por la sumisión que tuvo a Ma- 
ría durante treinta años, que la que le hubiese gran- 
jeado convirtiendo a todo el mundo por medio de las 
maravillas más grandes que hubiese operado. ¡Oh, 
qué gloria tan subida damos a Dios, cuando, para 
agradarle, nos sometemos a María, a ejemplo de Je- 
sucristo, que es nuestro único modelo! 

Si examinamos de cerca el resto de la vida de Je- 
suecrísto, veremos que ha querido comenzar sus mila- 
gros por María. A S. Juan le santificó en el seno de 
su madre Santa Isabel por la palabra de María, pues, 


19 


apenas María habló, quedó santificado Juan, siendo 
ésto el primer y mayor milagro de la gracia que Je- 
sús obró. 

En las bodas de Caná convirtió el agua en vino a 
los humildes ruegos de María, y éste fué el primer mi- 
lagro de naturaleza. Por María ha comenzado y con: 
tinuado sus milagros, y por María los continuará has. 
ta el fin de los siglos, 

El Espíritu Santo, que es estéril en la Divinidad, 
puesto que no produce a ninguna persona divina, se 
ha hecho fecundo por el concurso de María, con 
quien se ha desposado. Con Ella, en efecto, en Ella 
y de Ella ha producido su obra maestra, que es un 
Dios hecho hombre; produce todos los días hasta 
el fin del mundo a los predestinados, miembros del 
cuerpo de esa Cabeza adorable, y he aquí por qué, 
cuanto más habitualmente encuentra El en un alma a 
María, su querida e indisoluble Esposa, tanto más 
activo y poderoso se muestra para producir a Jesu- 
cristo en esta alma y a esta alma en Jesucristo. 

Esto no es decir que la Santísima Virgen dé al Es- 
píritu Santo la fecundidad, como si Este no la tuyie- 
ra; porque siendo Dios, tiene la fecundidad o la ca- 
pacidad de producir, lo mismo que el Padre y el Hijo, 
aun cuando no la reduzca al acto y no produzca a 
ninguna otra persona divina. Aquí pretendo sólo decir 
que el Espíritu Santo, por el intermedio de la San- 
tísima Virgen, de quien se ha dignado servirse, a pe- 
sar de no haber tenido de Ella necesidad absoluta, re- 
dujo al acto su fecundidad, produciendo en Ella y por 


20 


Ella a Jesucristo y 4 sus miembros: misterio de la 
gracia, que desconocen hasta los más sabios y espiri- 
tuales de los cristianos. 


ARTICULO HI 


Dios quiere servirse de María en la santificación 
de las almas. 


$ 1—Cómo proceden las tres personas de la Santísima 
Trinidad con María, en la Iglesia. 


La conducta que las tres Personas de la Santísima 
Trinidad han observado en la Encarnación y en la 
primera venida de Jesucristo, la siguen todos los días 
de una manera invisible, en la santa Iglesia, y la se- 
guirán hasta la consumación de los siglos en la úl- 
tima venida de Jesucristo. 

Dios Padre reunió en un lugar todas las aguas y las 
llamó mar; reunió en otro todas las gracias y las lla- 
mó María. Este gran Señor tiene un tesoro o depó- 
sito riquísimo, en donde ha encerrado todo lo que 
hay de más bello, brillante, raro y precioso, incluso 
su propio Hijo; y este tesoro inmenso no es otro que 
María, a quien los santos llaman el Tesoro de Dios, de 
cuya plenitud son enriquecidos los hombres. 

Dios Hijo ha comunicado a su Madre todo lo que 
El adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos in- 
finitos y sus virtudes admirables, haciéndola tesorera 
de cuanto su Padre le dió en herencia; por Ella apli- 


21 


Ca sus méritos a sus miembros, les comunica sus vir- 
tudes y distribuye sus gracias; Ella es el canal miste- 
rioso, el acueducto por donde El hace pasar, dulce y 
abundantemente, sus misericordias. 

Dios Espíritu Santo ha comunicado a María, su 
fiel Esposa, sus dones inefables, escogiéndola por dis- 
pensadora de todo lo que El posee; en forma que 
Ella distribuye a quien Ella quiere, cuanto Ella quie. 
re, como Ella quiere y cuando Ella quiere, todos sus 
dones y sus gracias, y jamás se concede a los hombres 
don alguno del cielo que no pase por sus virginales 
manos. Tal es la voluntad de Dios, que ha querido que 
nosotros lo tuviésemos todo en María, para que así 
sea enriquecida, ensalzada y honrada del Altísimo la 
que se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo 
de la nada, por su profunda humildad, durante toda 
su vida. Estos son los sentimientos de la Iglesia y de 
los Santos Padres. 

Si yo hablase a los espíritus fuertes de este tiem- 
po, me extendería en probar por la Sagrada Escri- 
tura y los Santos Padres lo que acabo simplemente 
de afirmar, trayendo al efecto, sus pasajes latinos, y 
también por otras razones sólidas que se podrán ver 
largamente expuestas por el R. P. Poiré en su Triple 
corona de la Santísima Virgen. Pero, como hablo 
particularmente a los pobres y a los sencillos, que por 
tener más buena voluntad y más acendrada fe, que el 
común de los sabios, creen con más simplicidad y mé- 
rito, me contento con declararles llanamente la ver- 
dad, sin detenerme en citarles las autoridades lati- 
nas, que ellos no entienden; aunque no por eso dejo 


2 


totalmente de aducir algunas, si bien, empero, sin 
hacer grandes esfuerzos por buscarlas. 

Continuemos. 

Como la gracia perfecciona a la naturaleza y la glo- 
ria perfecciona a la gracia, es muy cierto que Jesu- 
cristo es todavía en el cielo Hijo de María, en la 
misma forma y grado que lo fué en la tierra, y, por 
consiguiente, que le viene conservando aquella sumi- 
sión y obediencia propia del más perfecto de todos 
los hijos con respecto de la más buena de todas las 
madres. Guardémonos, sin embargo, de ver en esta 
dependencia algún rebajamiento o imperfección en 
Jesucristo, porque María, siendo infinitamente infe- 
rior a su Hijo, que es Dios, no le manda como una 
madre terrena puede mandar a su hijo. que está por 
debajo de ella, sino que María, como está toda trans- 
formada en Dios, por la gracia y la gloria que trans- 
forma en El a todos los santos, ni pide, ni quiere, 
ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmuta- 
ble voluntad de Dios. Cuando leemos, pues, en los 
escritos de S. Bernardo. S. Bernardino, S. Buenaven- 
tura, etc., que en el cielo y en la tierra todo, hasta 
el mismo Dios, está sometido a la Santísima Virgen, 
entendemos que la autoridad que Dios se ha dignado 
concederle es tan grande, que parece que Ella tenga 
el mismo poder de Dios, y que sus oraciones y súpli- 
cas son tan poderosas para con Dios, que valen como 
mandatos para la Majestad divina, la cual jamás se 
resiste a los ruegos de su querida Madre, porque 
Ella es siempre humilde, y en todo está conforme con 
la voluntad del Señor. Si Moisés, por la fuerza de su 


23 


oración detuvo la cólera de Dios sobre los israelitas, 
de una manera tan poderosa, que el Altísimo e infini. 
tamente misericordioso Señor, no pudiendo resistirle, 
le pidió que le dejase encolerizarse y castigar a aquel 
pueblo rebelde, ¿qué deberemos pensar, con más ra- 
zón, de las súplicas de María, la humilde y digna Ma. 
dre de Dios, que son más poderosas ante su majestad 
que los ruegos y las intercesiones de todos los ángeles 
y santos del cielo y de la tierra? 

María manda en los cielos sobre los ángeles y los 
bienaventurados, En recompensa de su profunda hu- 
mildad, Dios le ha dado el poder y el oficio de llenar 
de santos aquellos tronos vacíos de donde cayeron por 
orgullo los ángeles apóstatas. La voluntad del Altísi- 
mo, que exalta a los humildes, es que el cielo, la tie- 
rra y los infiernos se rindan, de grado o por fuer- 
za, a los mandatos de la humildísima María, a quien 
El ha constituido soberana del cielo y de la tierra, 
generala de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, 
dispensadora de sus gracias, obradora de sus gran: 
des maravillas, reparadora del género humano, me- 
dianera de los hombres, exterminadora de los enemi- 
gos de Dios y fiel compañera suya en las grandezas 
y en los triunfos. 

Dios Padre quiere crearse hijos por María hasta 
la consumación del mundo, y por eso le dice estas 
palabras: In Jacob inhabita... (1). «Habita en Jacob», 
es decir, haz tu morada y residencia en mis hijos, los 


(1) Eccl,, XXIV, 13. 


24 


predestinados, figurados por ] 
jos del diablo, los réprobos, 

Así como en la generación natural y corporal hay 
un padre y una madre, también en la generación so- 
brehumana y espiritual hay un padre, que es Dios, 
y una madre, que es María. Todos los verdaderos hi: 
jos de Dios y predestinados tienen a Dios por padre 
y a María por madre, y quien no tiene a María por 
madre no puede tener a Dios por padre. He aquí por 
qué los réprobos, lo mismo que los herejes, cismáti- 
cos, etc., que odian o miran con desprecio o indife- 
rencia a la Santísima Virgen, no tienen a Dios por 
padre, aunque se gloríen de tenerle, porque no tie- 
nen a María por Madre; pues, si la tuviesen como 
tal, la amarían y honrarían, como todo buen hijo 
ama naturalmente y honra de verdad a la madre que 
le dió el ser. 
El signo más infalible e indudable para distinguir 
a un hereje, a un hombre de perversa doctrina, a un 
réprobo, de un predestinado, es que el hereje y el ré- 
probo desprecian o se muestran indiferentes con la 
Santísima Virgen, procurando por sus palabras y 
ejemplos disminuir su culto y amor, unas veces ma- 
nifiesta y otras ocultamente, y aun en ocasiones con 
pretexios aparentemente santos. ¡Ay! Dios Padre no 
ha dicho a María que establezca en ellos su morada, 
porque son los Esaús. 

Dios Hijo quiere formarse, o por decirlo mejor, 
encarnsrse, todos los días por medio de su querida 
Madre, en todos sus miembros; por eso le dice: /n 


cob, y no en los hi- 
figurados por Esaú. 


25 


Israel haereditare... (1): «Toma a Israel por heren- 
cia», que es como si dijera: Dios Padre me ha dado 
en herencia a todas las naciones de la tierra, a todos 
los hombres, buenos y malos, predestinados y répro- 
bos: a los unos los conduciré con la vara de oro, a 
los otros con la vara de hierro; de aquéllos seré pa- 
dre y abogado, de éstos, celoso vengador; de todos 
seré juez; pero Vos, querida Madre mía, sólo tendréis 
por herencia y posesión a los predestinados, que es- 
tán figurados por Israel. y como buena Madre suya, 
les daréis la vida, los alimentaréis, los educaréis, y, 
como soberana, los conduciréis, los gobernaréis y los 
defenderéis. 

El Espíritu Santo dice que un hombre y un hom- 
bre ha nacido en Ella: Homo et homo natus est in 
ec (2), y, según la explicación de algunos Padres, el 
primer hombre que ha nacido de María es el Hom- 
bre Dios, Jesucristo, y el segundo es un hombre puro, 
hijo de Dios y de María por adopción. Si Jesucris- 
to, que es la cabeza de la humanidad, nació en Ella, 
los predestinados, que son los miembros de esa ca- 
beza, deben también, como consecuencia necesaria, 
nacer de Ella. Una misma madre no puede producir 
la cabeza sin los miembros ni los miembros sin la 
cabeza: de lo contrario, lo que esa madre diera a 
luz sería un monstruo de la naturaleza; de igual 
modo, en el orden de la gracia, la cabeza y los miem- 
bros nacen de una misma madre; y, si un miembro 
del cuerpo místico de Jesucristo, es decir, un pre- 


(1) Eccl., XXIX, 13. 
(2) Ps. LXXXVI, 3. 


26 


destinado naciese de otra madre que no fuese María, 
que ha producido la cabeza, no sería un predestinado, 
un miembro de Jesucristo: sería un monstruo en el 
orden de la gracia. 

Demás de esto, como Jesucristo es ahora, lo mismo 
que antes, el fruto de María, según repiten millares 
de veces cada día el cielo y la tierra: «Y bendito es 
el fruto de tu vientre, Jesús», es muy cierto que Jesu- 
cristo, para cada hombre que le posee en particular, 
es el fruto de la obra de María, de la misma manera 
y con la misma verdad que lo es para todo el mundo 
en general. Por manera que, si algún fel tiene a Je- 
sucristo formado en su corazón puede atreverse a de- 
cir: «Gracias mil a María; porque lo que yo poseo 
es su efecto y su fruto, y sin Ella jamás le gozaría»; 
y a Ella se le pueden aplicar con más verdad que San 
Pablo se las aplicaba a sí propio, estas palabras: 
Quos iterum parturio donec formetur Christus in vo- 
bis (1). «Yo produzco todos los días a los hijos de 
Dios, hasta que Jesucristo, mi Hijo, formado en 
ellos, en la plenitud de su edad». San Agustín, exce- 
diéndose a sí mismo y a lo que yo acabo de decir, 
afirma que todos los predestinados, para ser confor- 
mes a la imagen del Hijo de Dios, mientras perma- 
nezcan en este mundo, están ocultos en el seno de la 
Santísima Virgen, en el cual están guardados, se ali- 
mentan, se sostienen y se desarrollan, merced a esta 
buena Madre, hasta que Ella los saca a la luz de la 
gloria después de la muerte, que es, con toda pro- 


(1) Gal., IV, 19, 


27 


piedad, el día de su nacimiento, como la Iglesia llama 
a la muerte de los justos. ¡Oh misterio de gracia, des- 
conocido de los réprobos y apenas conocido de los 
predestinados! 

El Espíritu Santo quiere formarse en Ella y por 
Ella sus elegidos; por eso la dice: In electis meis 
mitte radices... (1). Echad, amada y Esposa mía, 
las raíces de todas vuestras virtudes en mis escogidos, 
para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en 
gracia. Tanta es la complacencia que hallé en Vos, 
mientras en la tierra os ejercitabais en la práctica 
de las más sublimes virtudes, que aun ahora deseo 
encontraros en la tierra, sin que ceséis de estar en el 
cielo. Reproducíos, a este fin, en mis elegidos; vea 
yo en ellos con agrado las raíces de vuestra fe inven- 
cible, de vuestra humildad profunda, de vuestra mor- 
tificación total, de vuestra oración sublime, de vues- 
tra caridad ardiente, de vuestra esperanza firme y de 
todas vuestras virtudes. Vos sois en todos los momen- 
tos mi Esposa, tan fiel, tan pura y tan fecunda como 
siempre: déme fieles vuestra fe, déme vírgenes vues- 
tra pureza, déme elegidos y templos vuestra fecun- 
didad. 

Cuando María ha echado raíces en un alma, obra 
allí las maravillas de la gracia, que sólo Ella es capaz 
de producir, porque sólo Ella es la Virgen fecunda 
que jamás ha tenido ni tendrá semejanza en pureza 
y en fecundidad. 

María ha producido con el Espíritu Santo la cosa 


(1) Ecel,, XXIV, 13. 


28 


más grande que ha habido y habrá jamás, que es un 
Dios Hombre; por tanto, Ella producirá las mayores 
cosas que habrá en los últimos tiempos. A Ella están 
reservadas la formación y la educación de los gran- 
des santos, que saldrán hacia el fin del mundo; pues 
sólo esta Virgen singular y milagrosa es la que pue- 
de realizar, en unión del Espíritu Santo, las cosas sin- 
gulares y extraordinarias. 

Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la ha encon: 
trado en un alma, vuela allí, entra plenamente, se 
comunica a esta alma con abundancia, en cuanto ella 
da cabida a su Esposa; y una de las principales 
razones por las que el Espíritu Santo no hace a veces 
maravillas estupendas en las almas es porque El no 
encuentra allí una unión bastante grande con su fiel 
e indisoluble Esposa. Y digo indisoluble Esposa, por- 
que, desde que este Amor substancial del Padre y del 
Hijo se ha desposado con María, para producir a 
Jesucristo, el Jefe de los elegidos. y a Jesucristo en 
los clegidos, jamás la ha repudiado, porque Ella ha 
sido siempre fiel y fecunda. 


$ 1.—CONSECUENCIAS 


L—María, Reina de los corazones. 


De todo lo dicho debemos concluir que María ha 
recibido de Dios un gran dominio sobre las almas 
de los elegidos, porque no puede establecer en ellos 
su morada, según el Padre se lo ha ordenado, for- 


29 


marlos, alimentarlos y producirlos a la vida eterna 
como su madre, tenerlos en herencia y en porción, 
formarlos en Jesucristo y a Jesucristo en ellos, echar 
en sus corazones las raíces de sus virtudes y ser la 
compañera indisoluble del Espíritu Santo para todas 
las obras de la gracia; no puede, digo, hacer todas 
estas cosas si no tiene derecho y dominio sobre sus 
almas por una gracia singular del Altísimo, que, ha- 
biéndole dado potestad sobre su Hijo único y natural, 
se la ha concedido también sobre sus hijos adoptivos, 
no sólo en cuanto al cuerpo, lo cual sería poco, sino 
también en cuanto al alma. 

María es la Reina del cielo y de la tierra por 
gracia, como Jesús es su Rey por naturaleza y por 
conquista: luego, si el reino de Jesucristo consiste 
principalmente en el corazón y en el interior del 
hombre, según estas palabras: El reino de Dios está 
dentro de vosotros (1), también el reino de la San- 
tísima Virgen está principalmente en el interior del 
hombre, es decir, en su alma, y ésta es la razón por 
qué Ella es, en unión de su Hijo, más glorificada en 
las almas que en todas las criaturas visibles, pudién- 
dola, por consiguiente, llamar con los santos Reina de 
los corazones. 


(1) Luc., XVIL, 21. 


30 


.U.—Los hombres tienen necesidad de María para 
alcanzar su último fin, 


12 Los cristianos tienen necesidad de Ella para cumplir 
sus deberes. 

Como la Santísima Virgen ha sido necesaria a Dios 
con una necesidad que llamamos hipotética, en con- 
secuencia de su voluntad, debemos admitir que es 
todavía más necesaria a los hombres para llegar a 
su último fin. La devoción a María no debe confun- 
dirse con la devoción a los santos, como si no nos 
luera más necesaria y sí sólo de supererogación. 

El docto y piadoso Suárez, de la Compañía de Je- 
sús, el sabio y devoto Justo Lipsio, doctor de Lovai- 
na, y muchos otros, han probado de una manera irre- 
futable, apoyándose en el sentir de los Padres, entre 
otros, de San Agustín, San Efrén, diácono de Edesa, 
San Cirilo de Jerusalén, San Germán de Constantino- 
pla, San Juan Damasceno, San Anselmo, San Bernar- 
do, San Bernardino, Santo Tomás y San Buenaven- 
tura, que la devoción a la Santísima Virgen es tan 
necesaria para la salvación, que, al decir del mismo 
Ecolampadio y de algunos otros herejes, el no tener 
estima y amor a la Santísima Virgen es una señal 
de reprobación, así como por el contrario es un 
signo infalible de predestinación el entregúrsele y serle 
devoto entera y verdaderamente. 

Las figuras y las palabras del antiguo y del nuevo 
testamento prueban esto mismo, los sentimientos y 


31 


ejemplos de los santos lo confirman, la razón y la 
experiencia lo enseñan y demuestran, los mismos dia- 
blos y sus secuaces, obligados por la fuerza de la 
verdad, han tenido, a pesar suyo, que confesarlo así. 
De todos los pasajes de los santos Padres y Doctores 
que he reunido para probar esta verdad, sólo traeré 
uno, para no ser más difuso: Tibi devotum esse, est 
salutis quoe Deus dat his quos vult 
«El ser devoto tuyo, oh María, dice 
Jamasceno, es un arma de salvación que 
Dios concede a aquellos que quiere salvar.» También 
podía aquí referir algunas historias que confirman 
esto mismo, entre otras: 1. la que se refiere en las 
Crónicas de San Francisco, el cual vió en éxtasis una 
gran escalera que llegaba al cielo, al fin de la cual 
estaba la Santísima Virgen, y por la cual, Dios le in- 
dicó que era preciso que subiéramos si queríamos 
llegar al cielo; 22, la que se menciona en las Cró- 
nicas de Santo Domingo, cuando quince mil demo- 
nios que poseían el alma de un desgraciado hereje, 
cerca de Carcasona, en donde este santo predicaba 
el Rosario, con gran confusión de ellos, se vieron 
obligados a confesar, por mandato de María, muchas 
grandes y consoladoras verdades relativas a su de- 
voción, con tal fuerza y claridad, que, por poco de- 
votos que seamos de esta Señora, no podemos leer di- 
cha historia auténtica ni el panegírico que el diablo 
hizo, a pesar suyo, de la devoción a la Santísima 
Virgen, sin derramar lágrimas de alegría. 


32 


2.2 Especialmente los que aspiran a la perfección. 


Si la devoción a la Santísima Virgen es necesaria 
a todos los hombres para conseguir su salvación, lo 
es más todavía a los que se sienten llamados a una 
perfección particular, y no creo yo que jamás per. 
sona alguna pueda adquirir una unión íntima con el 
Señor, y una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin 
una estrechísima unión con María y una gran depen- 
dencia de su socorro. 

Sólo María es la que ha hallado gracia ante Dios 
sin necesidad de ninguna otra pura criatura. Sólo 
por Ella han conseguido esta gracia los que la han 
encontrado ante Dios, y sólo por Ella la obtendrán 
cuantos en lo sucesivo la han de hallar, Ella estaba 
henchida de gracia cuando la saludó el arcángel Ga- 
briel; el Espíritu Santo la dejó sobreabundantemente 
lena de gracia cuando la cubrió con su sombra ine- 
fable, y de tal manera ha aumentado Ella, de día 
en día y de momento en momento, esta doble pleni- 
tud de la gracia, que se ha elevado a un grado de 
gracia inmensa e inconcebible; en forma que el 
Altísimo la ha hecho tesorera única de sus riquezas y 
dispensadora única de sus gracias para ennoblecer, 
levantar y enriquecer a quien Ella quiere, para hacer 
caminar por la estrecha senda del cielo a quien Ella 
quiere, para permitir, a pesar de todos los obstáculos, 
la entrada por la angosta puerta de la vida a quien 
Ella quiere, y para dar el trono, el cetro y la corona 
de rey a quien Ella quiere. Jesús en todas partes y 


33 


siempre es el fruto y el Hijo de María, y María es 
en todo lugar y tiempo el árbol verdadero que con- 
tiene el fruto de vida, y la verdadera Madre que le 
produce. 

Sólo María es a quien Dios ha confiado las llaves 
de las bodegas del amor divino, y el poder de entrar 
y de hacer entrar a los otros en las vías más sublimes 
y secretas de la perfección. Ella sola es la que per- 
mite la entrada en el paraíso terrestre a los misera- 
bles hijos de la Eva infiel, para pasear en él agrada- 
blemente con Dios; ocultarse con seguridad de sus 
enemigos, alimentarse deliciosamente, sin temer nunca 
a la muerte del fruto de los árboles de la vida y de 
la ciencia del bien y del mal, y para beber a grandes 
tragos las aguas celestes de esta hermosa fuente que 
allí salta en abundancia; o más bien, Ella misma es 
el paraíso terrestre, esa tierra virgen y bendita, de 
la cual fueron despedidos Adán y Eva pecadores: Ella 
sólo da la entrada en sí misma a aquellos y a aquellas 
a quienes le place, para hacerlos santos. 

Todos los ricos del pueblo, para servirme de la 
expresión del Espíritu Santo, según la explicación de 
San Bernardo, pedirán vuestra mirada de siglo en 
siglo, y, particularmente, al fin del mundo, es decir, 
que los más grandes santos, las almas más ricas en 
gracias y virtudes, serán las más asiduas en rogar a 
la Santísima Virgen, en tenerla siempre presente, como 
su perfecto modelo, para imitarla, y como su pode: 
rosa ayuda que las ha de socorrer. 


34 


ARTICULO IV 


Oficio que hará María especialmente en los últimos 
tiempos. 


$ 1—Miradas projéticas sobre los últimos tiempos. 


He dicho que todo lo anteriormente expuesto suce- 
derá particularmente al fin del mundo y bien pronto, 
porque el Altísimo, según ha sido revelado a un 
alma santa, cuya vida ha escrito M. de Renty, debe 
formarse en unión con su Madre, grandes santos que 
sobrepujarán en santidad a la mayor parte de los otros 
santos, como los cedros del Líbano exceden a los ar- 
bustillos. 

Estas grandes almas, llenas de gracia y de celo, se- 
rán escogidas para oponerse a los enemigos de Dios, 
que se estremecerán por todas partes, y serán de 
una manera especial, devotas de María, esclarecidas 
por su luz, alimentadas con su leche, conducidas por 
su espíritu, sostenidas por su brazo y guardadas bajo 
su protección, de modo que combatirán con una mano 
y edificarán con la otra. Con una mano lucharán, de- 
rribarán y aplastarán a los herejes con sus herejías, a 
los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus 
idolatrías y a los pecadores con sus impiedades, y con 
la otra mano edificarán el templo del verdadero Sa- 
lomón y la mística ciudad de Dios, es decir, la San- 
tísima Virgen, llamada por los Santos Padres el tem- 
plo de Salomón y la ciudad de Dios. Conducirán a 


35 


todo el mundo con sus palabras y ejemplos a la ver- 
dadera devoción de María, lo cual les acarreará mu- 
chos enemigos, pero también muchas victorias y glo- 
rias para Dios sólo. Esto es lo que Dios ha revelado 
a San Vicente Ferrer, gran apóstol de su siglo, como 
claramente lo ha indicado él en una de sus obras. 

Esto es lo que el Espíritu Santo parece haber pre- 
dicho en el Salmo LVII con estas palabras: Et scien£ 
quia Deus dominabitur Jacob ea fínium terroe; con- 
vertentur, ad vesperam, et famem patientur ut canes, 
et circuibunt civitatem... «El Señor dominará en Ja- 
cob y en toda la tierra, ellos se convertirán al atar- 
decer y sufrirán hambre como perros e irán alrededor 
de la ciudad buscando que comer.» Esta ciudad que 
los hombres buscarán al final del mundo, para con- 
vertirse y saciar el hambre que tendrán de la justicia, 
es la Santísima Virgen, a quien el Espíritu Santo llama 
pueblo y ciudad de Dios. 

Por María se comenzó la salvación del mundo y 
por María se debe consumar. María apenas se dejó 
ver en la primera venida de Jesucristo, con el fin de 
que los hombres, todavía poco instruídos e ilustrados 
sobre la persona de su Hijo, no se separasen de 
El aficionándose fuerte y violentamente a Ella, lo que 
sin duda alguna hubiera sucedido si Ella hubiese sido 
conocida, a causa de los admirables atractivos que el 
Altísimo puso aun en su exterior; y esto es tanta 
verdad, que San Dionisio Areopagita nos dejó escrito 
que, cuando la vió, la hubiera tenido por una divi- 
nidad, en vista de sus secretos atractivos y de su be- 
lleza incomparable, si la fe que él profesaba no le 


36 


dijera lo contrario. Pero en la segunda venida de Je- 
sucristo, debe ser conocida y revelada por el Espíritu 
Santo, a fin de hacer por medio de Ella que los hom- 
bres conozcan, amen y sirvan a Jesucristo; pues en- 
tonces ya no subsistirán aquellas razones que obliga- 
ron al Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante 
su vida y a manifestarla sólo raras veces desde que 
se predicó el Evangelio. 

Dios quiere, pues, revelar y descubrir a María, la 
obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos. 

1. Porque Ella se ocultó en este mundo y se colo- 
có más baja que el polvo por su propia humildad, 
habiendo conseguido de Dios, de sus Apóstoles y Evan- 
gelistas que apenas la manifestaran. 

2. Porque, siendo la obra maestra de las manos 
de Dios, tanto aquí abajo por la gracia como en 
el cielo por la gloria, El quiere ser en Ella glorificado 
y alabado en la tierra por los mortales 

3. Como Ella es la aurora que precede y descubre 
al Sol de justicia, que es Jesucristo, debe ser conocida 
y vista a fin de que lo sea Jesucristo. 

4.” Como es el camino por donde Jesucristo ha 
venido a nosotros la primera vez, lo será también 
cuando Este venga la segunda, aunque de diferente 
Manera. 

5.2 Siendo el medio seguro y la vía recta e in- 
maculada para ir a Jesucristo y encontrarle perfec- 
tamente, por Ella le deben también hallar las almas 
santas que han de resplandecer en santidad. El que 
encuentre a María encontrará la vida, es decir, a Je- 
sucristo, que es el camino, la verdad y la vida; pero 


37 


no se puede encontrar a María si no se la busca; 
no se la puede buscar si no se la conoce, pues jamás 
se busca ni se desea el objeto que no se conoce; 
por tanto, es necesario que, para llegar al exacto co- 
nocimiento y gloria de la Santísima Trinidad, sea 
María conocida como nunca. 

6. María debe brillar más que nunca en miseri- 
cordia, en fuerza y en gracia en estos últimos tiempos; 
en misericordia, para atraer y recibir amorosamente 
a los pobres pecadores y desviados que se converti- 
rán y volverán al seno de la Iglesia Católica; en fuer- 
za contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismá- 
ticos, mahometanos, judíos impíos obstinados que se 
revolverán terriblemente para seducir y hacer caer, 
por medio de promesas y amenazas, a todos los que 
les serán contrarios; y por último, debe resplandecer 
en gracia, para animar y sostener a los valientes sol- 
dados y fieles servidores de Cristo, que combatirán 
por sus intereses. 

7: En fin, María debe ser terrible al demonio y 
a sus secuaces como un ejército colocado en orden 
de batalla, principalmente en estos últimos tiempos, 
porque el diablo, sabiendo que tiene poco tiempo y 
menos que nunca para perder las almas, redobla todos 
los días sus esfuerzos y sus ataques; suscitará en 
breve nuevas persecuciones y armará terribles embos- 
cadas a los servidores fieles y a los verdaderos hijos 
de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que 
a los otros. 


38 


$ M.—Lucha de María y de los suyos contra Satanás 
y sus secuaces. 


De estas últimas y crueles persecuciones del dia- 
blo, que irán aumentando de día en día hasta que 
venga el reinado del Anticristo, es de las que prin- 
cipalmente se ha de entender aquella primera y cé- 
lebre predicción y maldición de Dios, fulminada en 
el paraíso terrenal contra la serpiente. Aprovechare- 
mos la oportunidad de explicarla aquí, para gloria 
de María, consuelo de sus hijos y confusión de los 
demonios. 

Inimicitias ponam inter te et mulierem, et semen 
tuum et semen illius; ipsa conteret caput tuum, et tu 
insidiaberis calcaneo ejus (Gen., 11. 5): «Crearé ene- 
mistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y 
la suya; ella misma te aplastará la cabeza y tú pon- 
drás asechanzas contra su talón.» 

Dios no ha hecho ni formado nunca más que una 
sola enemistad, pero irreconciliable, que durará y 
aumentará sin fin, y es entre María, su digna Madre, 
y el diablo; entre los hijos y servidores de la San- 
tísima Virgen, y los hijos y secuaces de Lucifer, de 
manera que el más terrible de los enemigos que Dios 
ha creado contra el demonio es María, a quien dió 
desde el paraíso terrestre, a pesar de que Ella sólo 
existía entonces en la mente divina, tal odio contra 
ese maldito enemigo de Dios, tanta industria para 
descubrir la malicia de aquella antigua serpiente, tan- 
ta fuerza para vencer, aterrar y aplastar a ese orgu- 


39 


lloso impío, que él la teme, no sólo más que a todos 
los ángeles y hombres, sino, hasta cierto punto, más 
que al mismo Dios; y esto no porque la ira, el odio 
y el poder de Dios no sean infinitamente mayores que 
los de la Santísima Virgen, cuyas perfecciones son li- 
mitadas, sino, primero, porque Satanás, dado su or- 
gullo, sufre infinitamente más al ser vencido y casti- 
gado de wna pequeña y humilde esclava de Dios, y 
Ta humildad de ésta le humilla más que el poder di- 
vino; segundo, porque Dios ha otorgado a María un 
poder tan grande contra los demonios, que más temen 
ellos, según muchas veces han declarado a su pesar 
por la boca de los posesos, uno sólo de los suspiros 
de María en favor de algún alma, que las oraciones de 
todos los santos, y una sola de sus amenazas más 
que todos los otros tormentos. 

Lo que Lucifer perdió por orgullo, ganólo María 
por humildad; lo que Eva condenó y perdió por su 
desobediencia, salvólo María por su obediencia. Eva, 
obedeciendo la voz de la serpiente, perdió consigo a 
todos sus hijos y los entregó al poder de Satanás. Ma- 
ría, conservándose perfectamente fiel a Dios, ha sal- 
vado con Ella a todos sus hijos y servidores, y los 
ha consagrado a la Majestad divina. 

Dios no sólo ha creado una enemistad, sino enemis- 
tades, y no sólo entre María y el demonio, sino entre 
la descendencia de la Santísima Virgen y la del dia- 
blo: es decir, Dios ha levantado enemistades, antipa- 
tías y odios secretos entre los verdaderos hijos y 
servidores de su Madre y los hijos y esclavos del 
demonio; por eso no se aman mutuamente ni tienen 


40 


correspondencia interior unos con otros. Los hijos de 
Belial, los esclavos de Satanás, los amigos del mundo 
(pues estos distintos nombres significan una misma 
cosa), han perseguido incesantemente hasta aquí y per- 
seguirán todavía como nunca a aquellos y aquellas 
que pertenezcan a la Santísima Virgen, así como en 
otro tiempo Caín persiguió a su hermano Abel, y Esaú 
a su hermano Jacob, que son las figuras de los ré- 
probos y de los predestinados. Pero la humilde María 
triunfará siempre del orgulloso demonio y la victoria 
será tan grande, que llegará a aplastarle la cabeza, 
en donde reside su orgullo: Ella descubrirá siempre 
su malicia de serpiente; Ella hará manifiestas sus tra- 
mas infernales; Ella disipará sus consejos diabólicos, 
y a sus fieles servidores los librará hasta el fin de los 
tiempos de las garras de esta fiera cruel. 


$ HL.—Los apóstoles de los últimos tiempos. 


Pero el poder de María sobre todos los diablos bri- 
llará particularmente en los últimos tiempos en que 
Satanás pondrá asechanzas a su talón, es decir, a 8us 
humildes esclavos y a sus pobres hijos, que Ella sus- 
citará para que le hagan guerra. Serán pequeños y 
pobres según el mundo, y rebajados ante los otros 
como el talón, hollados y oprimidos como el talón lo 
es respecto de los demás miembros del cuerpo; pero, 
en cambio, serán ricos de la gracia de Dios, que Ma- 
ría les distribuirá abundantemente, grandes y exal- 
tados en santidad delante de Dios, superiores a toda 


4 


criatura por su celo inflamado, y tan fuertemente apo- 
yados en el socorro divino, que con la humildad de 
su talón, en unión de María, aplastarán la cabeza del 
diablo y harán triunfar a Jesucristo. 

En fin, Dios quiere que su Santísima Madre sea 
ahora más conocida, amada y honrada que nunca, 
lo cual se conseguirá, sin duda, si los predestinados 
entran con la gracia y la luz del Espíritu Santo en 
la práctica interior y perfecta que les descubriré a 
continuación. Entonces verán claramente, en cuanto 
se lo permite la fe, a esa estrella del mar, guiados por 
la cual, arribarán seguros al puerto, a pesar de las 
tempestades y de los piratas; conocerán las grande- 
zas de esta Soberana, y se consagrarán enteramente 
a su servicio, como sus súbditos y esclavos de amor; 
experimentarán sus dulzuras y sus bondades materna- 
los, y la amarán tiernamente, como sus hijos predi- 
lectos; conocerán las misericordias de que está llena, 
y las necesidades en que se encuentran de su ayuda, 
y recurrirán a Ella, en todas las cosas como a su 
querida abogada y medianera ante Jesucristo; sabrán 
que Ella es el medio más seguro, el más fácil, el más 
corto y el más perfecto para ir a Jesucristo, y le en- 
tregarán el cuerpo y el alma, sin reserva, para perte- 
necer igualmente a Jesucristo. 

Pero ¿qué es lo que serán estos servidores, escla- 
vos e hijos de María? Serán un fuego abrasador de 
los ministros del Señor, que prenderán el fuego del 
amor divino por todas partes, serán sicul sagitoe in 
manu potentis, como flechas agudas en la mano de 
esta Virgen poderosa, para atravesar a sus enemigos. 


ES 
5 


Serán los hijos de Leví. bien purificados por el 
fuego de grandes tribulaciones y bien unidos a Dios, 
los cuales llevarán el oro del amor en el corazón. 
el incienso de la oración en el espíritu y la mirra 
de la mortificación en el cuerpo, y por todas partes 
serán buen olor de Jesucristo a los pobres y a los 
pequeños, mientras que serán olor de muerte para 
los grandes, para los ricos y para los orgullosos del 
mundo. 

Serán tronadoras nubes que volarán por los aires 
al menor soplo del Espíritu Santo, y que, sin ape- 
garse a nada, ni extrañarse de nada, ni preocuparse 
de cosa alguna, descargarán la lluvia de la palabra 
de Dios, y de la vida eterna; tronarán contra el 
pecado, retumbarán contra el mundo, herirán al dia- 
blo y a los suyos, y atravesarán de parte a parte, 
para la vida o para la muerte, con el cuchillo de 
dos filos de la palabra de Dios, todos aquellos a 
quienes serán enviados de parte del Altísimo. 

Serán los apóstoles verdaderos de los últimos tiem- 
pos, a quienes el Señor de las virtudes dará la pa- 
labra y la fuerza para obrar maravillas y obtener 
gloriosos trofeos sobre sus enemigos; dormirán sin 
oro ni plata y, lo que es más, sin cuidados en medio 
de los sacerdotes, eclesiásticos y clérigos inter medios 
cleros (1), y. sin embargo, tendrán alas plateadas de 
paloma para volar con la pura intención de la gloria 
de Dios y de la salvación de las almas a donde los 
Mama el Espíritu Santo, y no dejarán detrás de ellos. 


(1 Ps, LXVIL 14. 


43 
en los lugares donde habrán predicado. más que el 
oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda 
ley. En fin, sabemos que serán verdaderos discípu- 
los de Jesucristo, que, caminando sobre las huellas 
de su pobreza, humildad, desprecio del mundo y ca- 
ridad, enseñarán el camino de Dios en la verdad pura, 
según el santo Evangelio y no según las máximas del 
mundo, sin preocuparse ni hacer acepción de nadie, 
sin perdonar, escuchar ni temer a ningún mortal, por 
poderoso que sea. 

En su boca tendrán el cuchillo de dos filos de la 
palabra de Dios, sobre sus espaldas llevarán el es- 
tandarte ensangrentado de la Cruz, en la mano de- 
recha el crucifijo, en la izquierda el rosario, en su 
corazón los sagrados nombres de Jesús y de María, 
en toda su conducta la modestia y mortificación de 
Jesucristo. He aquí los grandes hombres que han de 
venir, pero a quienes María formará por orden del 
Altísimo, para extender su imperio sobre el de los 
impíos, idólatras y mahometanos. Mas ¿cuándo y cómo 
será esto?... Sólo Dios lo sabe; a nosotros sólo toca 
callar, rogar, suspirar y esperar: Expectans expec- 
tavi (1). 


(1) Ps, XXXIX, L 


CAPITULO 11 


Discernimiento de la verdadera devoción 
a la Santísima Virgen. 


ARTICULO 1 


VERDADES FUNDAMENTALES 


Habiendo tratado hasta aquí de la necesidad que 
tenemos de la devoción a la Santísima Virgen, debo 
ahora decir en qué consiste esta devoción, lo cual 
haré, con la ayuda de Dios, después de dejar senta- 
das algunas verdades fundamentales que darán luz 
sobre esta grande y sólida devoción que intento des- 
cubrir. 


$ 1.—Primera verdad: Jesucristo, nuestro fin último. 


El fin último de todas nuestras demás devociones no 
debe ser otro que Jesucristo nuestro salvador, ver- 
dadero Dios y verdadero hombre; de lo contrario, 
estas devociones serían falsas e ilusorias. Jesucristo 
es el alpha y la omega, el principio y fin de todas 
las cosas. Si trabajamos, sólo es, como dice el Após- 
tol, para hacer a todo hombre perfecto en Jesucristo, 
porque sólo en El habitan toda la plenitud de la 
divinidad y todas las demás plenitudes de gracias, de 
virtudes y de perfecciones; porque sólo en El hemos 
sido bendecidos con toda suerte de bendición espi- 


45 
ritual, porque El es el único Maestro que debe ense- 
ñarnos, el único Señor de quien debemos depender, 
la única Cabeza a quien debemos estar unidos, el 
único Modelo a quien debemos conformarnos, el 
único Médico que debe curarnos, el único Pastor que 
nos debe alimentar, el único camino que debe con- 
ducirnos, la única Verdad que debemos creer, la 
única Vida que nos debe vivificar, y nuestro únic 
Todo que en todas las cosas nos debe bastar. Debajo 
del cielo ningún otro nombre se nos ha dado, para 
que por él seamos salvos, más que el Nombre de 
Jesús. Dios no nos ha dado otro fundamento para 
nuestra salvación, para nuestra perfección y para 
nuestra gloria más que a Jesucristo; todo edificio 
que no descanse sobre esta piedra firme está fundado 
sobre arena movediza y caerá infaliblemente, tarde 
o temprano. Todo fiel que no esté unido a El. como 
un sarmiento a la cepa de la vid, caerá, se secará y 
sólo servirá para ser echado al fuego. Fuera de El 
sólo hay extravío, mentira, iniquidad, inutilidad, muer- 
te y condenación. Pero si permanecemos en Jesucristo 
y Jesucristo en nosotros, no temeremos ninguna con- 
denación. porque ni los ángeles del cielo, ni los hom- 
bres de la tierra, ni los demonios del infierno, ni 
criatura alguna nos puede dañar, pues ella jamás 
nos puede separar de la caridad de Dios, que está 
en Cristo Jesús. Por Jesucristo, con Jesucristo, en Je- 
sucristo todo lo podemos: tributar todo honor y glo- 
ria al Padre en unidad del Espíritu Santo, hacernos 
perfectos y ser a nuestro prójimo un buen olor de 
vida eterna. 


Si _ nosotros, pues, establecemos la sólida devoción 
a la Santísima Virgen, sólo es para establecer más 
perfectamente la de Jesucristo. para ofrecer un medio 
ácil y seguro de encontrar a Jesucristo. Si la devo- 
ción a la Santísima Virgen alejase de Jesucristo, sería 
necesario rechazarla como una ilusión del diablo; pero 
tan lejos está esto de ser así que, muy al contrario, 
como ya hemos demostrado y haré ver todavía a 
continuación, esta devoción nos es necesaria para en- 
contrar perfectamente a Jesucristo, para amarle con 
ternura y para servirle con fidelidad. 

A Vos me dirijo yo en estos momentos, amabilí- 
simo Jesús, para quejarme amorosamente a vuestra 
Majestad de que la mayor parte de los cristianos, aun 
los más instruídos, no conocen el enlace necesario 
que existe entre Vos y vuestra Santísima Madre. Vos, 
Señor, estáis siempre con María y María está siem- 
pre con Vos y no puede estar sin Vos, pues, de lo 
contrario, dejaría de ser lo que es; Ella está de tal 
manera transformada en Vos por la gracia, que ni 
vive ni es nada en realidad, sino que Vos, Jesús 
mío, sois quien vive y reina en Ella más perfecta- 
mente que en todos los ángeles y bienaventurados. 
¡Ah! si los hombres conocieran la gloria y el amor 
que Vos recibís en esta criatura admirable, tendrían 
hacia Vos y Ella muy distintos sentimientos de los 
que al presente abrigan. Tan íntimamente unida está 
Ella a Vos, que, antes se separaría la luz del sol y 
el calor del fuego: digo más, antes se separaría de 
Vos a los ángeles y a los santos, que a esta divina 


47 


Señora; porque Ella os ama más ardientemente que 
todas las demás criaturas juntas. 

Según esto, amable Señor. ¿no es una cosa que 
causa admiración y lástima ver la ignorancia y las 
tinieblas que embargan a los hombres de este mundo 
con respecto a vuestra Santísima Madre? Y ahora no 
hablo de tantos idólatras y paganos, que, no cono- 
ciéndoos a Vos, menos hacen por conocer a Ella; 
no hablo tampoco de los herejes y cismáticos que, 
como están separados de Vos y de vuestra santa Igle- 
sia, no cuidan para nada de ser devotos de vuestra 
Santísima Madre; hablo, sí, de los católicos que, ha- 
ciendo profesión de enseñar a los otros las verdades, 
ni os conocen a Vos ni a vuestra Santísima Madre 
más que de una manera especulativa, seca, estéril e 
indiferente. Hablan rarísimas veces de vuestra San- 
tísima Madre y de la devoción que se le debe pro: 
lesar, porque temen, dicen ellos, que se abuse de 
esta devoción y que honrando a vuestra Madre San- 
tísima se infiera injuria a Vos. Si ven u oyen a algún 
devoto de María hablar con frecuencia de la devoción 
a esta Madre bondadosa de una manera tierna, fuer- 
te y persuasiva, como de un medio seguro sin ¡lusio- 
nes, de un camino corto sin peligros, de una senda 
inmaculada sin imperfección y de un secreto mara- 
villoso para encontraros y amaros perfectamente, cla- 
man contra él y le arguyen con mil razones falsas 
para probarle que no es conveniente que hable tanto 
de la Santísima Virgen, que hay grandes abusos en 
esta devoción, que es necesario trabajar con empeño 
para destruirlos, y hablar de Vos antes que propagar 


48 


en los pueblos la devoción a María, a quien ya aman 
bastante. 

A veces se les oye hablar de la devoción a vuestra 
Santísima Madre, pero no es para establecerla ni 
inculcarla, sino para destruir los abusos que de ella 
se cometen, mientras que carecen de piedad y de de- 
voción tierna para con Vos, porque no la tienen para 
con María, y consideran el Rosario y el Escapulario 
como devociones de mujercillas, propias para los ig- 
norantes, de las cuales nadie tiene necesidad para 
salvarse; y si tropiezan con algún devoto de María, 
que reza el Rosario o practica hacia Ella alguna otra 
devoción, trabajan pronto por que desista de la afi- 
ción a estas cosas, y en lugar del Rosario, le aconsejan 
los siete salmos, y en vez de la devoción a la Santí- 
sima Virgen le aconsejan la devoción a Jesucristo. 

¿Estos tales tienen, amable Jesús mío, vuestro Es- 
píritu? ¿Os agradan obrando de esta manera? ¿Es 
agradaros no hacer todos los esfuerzos posibles para 
agradar a vuestra Madre, por miedo de disgustaros 
a Vos? ¿La devoción a vuestra Santísima Madre se 
opone a la vuestra? ¿Es que Ella se atribuye el ho- 
nor que se la tributa? ¿Es que Ella forma bando 
aparte? ¿Es Ella una extraña, que no tiene con Vos 
ninguna relación? ¿Es desagradar a Vos el agradar 
a Ella? ¿Es separarse o alejarse de vuestro amor 
el entregarse a Ella y amarla? Sin embargo, mi ama- 
ble Maestro, la mayor parte de los sabios, en cas- 
tigo de su orgullo, no se alejarían más de la devo- 
ción a vuestra Santísima Madre, ni se mostrarían 
más indiferentes de lo que ahora son para con Ella, 


49 


si fuera verdad lo que acabo de decir. Guardadme, 
Soñox, guardadme de sus sentimientos y de sus prác. 
ticas, y comunicadme alguna parte de los sentimien- 
tos de reconocimiento, de estima, de respeto y de amor 
que Vos abrigáis hacia vuestra Santísima Madre, a 
fin de que os ame y glorifique cuanto más os imite y 
cuanto más de cerca os siga. 

Permilidme que, como si hasta aquí no hubiera aun 
dicho nada en honor de vuestra Santísima Madre, la 
alabe ahora dignamente: Fac me digne tuam Matrem 
collaudure, a pesar de todos sus enemigos, que son los 
vuestros, y que yo les diga en alta voz con los santos: 
Non proesumat aliquis Deum se habere propitium, qui 
benedictam Matrem offensam habuerit...: «No pre- 
suma obtener de Dios misericordia aquel que ofende 
a su Santísima Madre.» Para obtener de vuestra mi- 
sericordia una verdadera devoción a vuestra Santí- 
sima Madre e inspirarla a toda la tierra, haced que 
os ame ardientemente, y aceptad, a este fin, la ora- 
ción abrasada que os hago con San Agustín y vues- 
tros más fieles amigos. 


t 


«Tu es Christus, pater meus sanctus, Deus meus 
pius, rex meus magnus, pastor meus bonus, magister 
meus unus, adjutor meus optimus, dilectus meus pul- 
cherrimus, panis meux vivus, sacerdos meus in aeter- 
num, dux meus ad patriam, lux mea vera, duicedo mea 
sancta, via mea recta, sapientia mea praeclara, sim- 


50 


plicitas mea pura, concordia mea pacifica, custodia 
mea tota, portio mea bona salum mea sempiterna. 

»Christe Jesu, amabilis Domine, cur amavi, quare 
concupivi omni vita mea quidquam pracier te, Jesum 
Deum meum? Ubi eram quando tecum mente non 
eram? Jam ex hoc nunc, omnia desideria mea, inca- 
lescite et effluite in Dominum Jesum; currite, satis 
hactenus tardatis; properate quo pergitis, quaerite 
quem quaeritis. Jesu, qui non amat te, anaihema sit; 
qui te non amat, amaritudinibus repleatur... O dulcis 
Jesu, te amet, in te delectetur, te admiretur omnis 
sensus bonus tuae conveniens laudi. Deus cordis mei 
el pars mea, Christe Jesu, deficiat cor meum spiritu 
suo, el vivas lu inme, et comcalescat spiritu meo vivus 
carbo amoris tui, te excrescat in ignem perícctum; 
ardeat jugiter in ara cordis mei, ferveat in medullis 
meis, flagret in absconditis animae meae; in die con- 
summationis mese consummatus inveniar apud te... 
Amen» (1). 

He querido poner en latín esta admirable oración 
de San Agustín, para que las personas que entienden 
este idioma la reciten todos los días pidiendo el amor 
de Jesús, que es el que buscamos por medio de María 
Santísima (2). 


«Vos sois Cristo, mi Padre santo, mi Dios piadoso, 
mi rey grande, mi pastor bueno, mi maestro único, 
(1D) Tomo 1X, Operum medita!... 


(2) Creyendo prevenir el deseo de los fieles que no entien- 
den el latín, damos una traducción de esta oración. 


51 


mi ayuda óptima, mi amado bellísimo; mi pan vivo, 
mi sacerdote eterno, mi guía para la patria, mi luz 
verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi sa- 
biduría preclara, mi simplicidad pura, mi concordia 
pacífica, mi custodia competa, mi porción preciosa, 
mi salvación eterna, 

¡Oh Jesucristo!, ¡»ni amable Señor, ¿por qué habré 
yo amado y descado en toda mi vida algo fuera de 
Vos, Jesús, que sois mi Dios? ¿En dónde estaba cuan- 
do no pensaba en Vos? Infiumaos desde este momen- 
Lo, deseos todos de mi corazón, precipitaos hacia Je- 
sús, mi Señor; corred, que mucho habéis tardado 
hasta ahora; apresuraos adonde vais; buscad a quien 
buscáis; Jesús, anatema contra aquel que no os ama, 
que se le liene el corazón de amargura a aquel que 
no cifra su amor en Vos... Oh dulce Jesús, que os 
ame, que se deleite en Vos y que os admire todo 
buen corazón preparado para vuestra gloria. Dios de 
mi corazón y porción mía, Cristo Jesús, que desfa- 
llezcan los alientos de mi pecho, y viváis Vos en mí 
y se enciendan en mi espíritu las brasas vivas de 
vuestro amor, que éste se dilate hasta transformarse 
en un fuego perfectisimo, que arda en las aras de 
mi corazón, que hierva en mis entrañas, que abrase 
el fondo de mi alma; para que en el día de mi muerte 
me halle consumado en vuestro amor. Amén» (1). 


(1) Esta sublime oración la hemos traducido directamente 
del latín y no de la que con mucha elegancia, pero también 
con alguna libertad, hizo al francés nuestro Beato.—(W. del 7.) 


52 


' M.—>Segunda verdad: Nosotros pertenecemos a Jesucristo 
y a María. 


De lo que Jesucristo es para nosotros debemos 
concluir que nosotros en nada nos pertenecemos, como 
dice el Apóstol, sino a El totalmente, como sus miem- 
bros y sus esclavos, a quienes El ha comprado con el 
precio infinito de su sangre. Antes del Bautismo perte- 
necíamos al diablo, como sus esclavos; y el Bautismo 
nos ha hecho ios verdaderos esclavos de Jesucristo, 
que no debemos vivir, trabajar ni morir más que a 
Án de fructificar para este Dios-Hombre, glorificarle 
en nuestro cuerpo y darle el reinado de nuestra alma, 
porque somos su Conquista, su pueblo de adquisición 
y su herencia. Por esta misma razón el Espiritu Santo 
hos compara; 1., a árboles plantados en la corriente 
de las aguas de la gracia, en el campo de la Iglesia, 
que en tiempo oportuno deben dar su fruto; 
los sarmientos de una vid, cuya cepa es Jesucristo, y 
los cuales deben dar buenas uvas; 3.” a un rebaño 
que tiene a Jesucristo por pastor y que se debe mul- 
tiplicar y dar leche; 4%, a una tierra buena cuyo 
labrador es Dios y en la cual la semilla se multiplica 
y reporta fruto al treinta, al sesenta, al ciento por 
uno. Jesucristo dió su maldición a la higuera infruc- 
tuosa y fulminó la condenación contra el siervo in- 
útil que no hizo valer su talento. Todo esto prueba 
que Jesucristo quiere recibir algunos frutos de nues- 
tras pobres personas, 2 saber: nuestras buenas obras, 
porque estas buenas obras pertenecen a El única- 


53 


mente. Creati in operibus bonis in Christo Jesu (1): 
«Creados para las buenas obras en Cristo Jesús.» 
Las cuales palabras del Espíritu Santo muestran que 
Jesucristo es el único principio y debe ser el único 
fin de todas nuestras buenas obras, y que le debemos 
sen no sólo como siervos asalariados, sino como 
esclavos de amor. Me explicaré. 


En la tierra hay dos maneras de pertenecer a otro 
y de depender de su autoridad, es, a saber: la simple 
servidumbre y la esclavitud, las cuales producen lo 
que todos llamamos un siervo y un esclavo. 

Por la servidumbre común, entre los cristianos, un 
hombre se obliza a servir a otro cierto tiempo me- 
diante cierto salario o cierta recompensa. 

Por la esclavitud un hombre depende totalmente de 
otro, durante toda su vida, y debe servir a su señor, 
sin esperar de él retribución ni recompensa alguna, 
lo mismo «que un irracional sobre quien tenemos de- 
recho de vida y muerte. 

Hay tros clases de esclavitudes: la natural, la for- 
zada y Ja voluntaria. De la primera manera, son 
esclavos de Dios todas las criaturas: Domini est terra 
“t plenitudo ejus (2): de la segunda, lo son los demo- 
nios y los condenados; de la tercera, los justos y 
los santos. La esclavitud voluntaria es la más per- 
fecta y la más gloriosa para Dios, el cual mira el 
corazón y nos le pide para sí, y El mismo se llama 


(1) Epis. a los Efes., IL, 10. 
(2) Ps. XX, L 


54 


Dios del corazón o de la voluntad amorosa, pues, 
por medio de esta esclavitud, posponemos todas las 
cosas a Dios y a su servicio, aun cuando la naturaleza 
a ello no nos obligue. 


Existe una diferencia completa entre un siervo y 
un esclavo. 

12 Un siervo no da a su amo todo lo que es 
ni todo lo que posee ni todo lo que puede por sí o 
por otro adquirir; mas el esclavo se da todo entero 
a su dueño. con todo lo que posee y todo lo que puede 
adquirir, sin excepción ninguna. 

2. El siervo exige retribución por los servicios 
que presta a su amo; el esclavo no tiene derecho a 
exigir nada de esto, por mucha que sea la asiduidad, 
la industria y la fuerza que despliegue en sus trabaios. 

3.2 El siervo puede dejar a su amo cuando le 
plazca, o al menos cuando expire el tiempo de su 
servicio; pero el esclavo no puede, a voluntad. aban- 
donar a su señor. 

4.2 El amo no tiene sobre el siervo ningún derecho 
de vida y muerte; de manera que, si le matara como 
a una bestia de carga, cometería un homicidio injusto: 
en cambio, las leyes conceden a los señores derecho 
de vida y muerte sobre los esclavos. de modo que 
pueden venderle a quien quieran, o matarle, lo mis- 
mo que podrían hacer con su caballo. 

5.2 Por último. el siervo sólo temporalmente está 
bajo las órdenes de su amo, pero el esclavo lo está 
para siempre. 


55 


Nada hay entre los hombres que tanto nos haga 
pertenecer a otro como la esclavitud; nada hay tam- 
poco entre los cristianos que nos haga más absolu- 
tamente pertenecer Jesncristo y a su Santísima 
Madre que la esclavitud voluntaria, según el ejem- 
plo del mismo Jesucristo, que tomó la forma de es- 
clavo por amor nuestro: Forman servi accipiens (1), 
v de la Santísima Virzen. que se ha lMlamado la sierva 
y esclava del Señor. El Apóstol se honra en llamarse 
servus Christi (2). Los cristianos son amados muchas 
veces en la sagrada Escritura servi Christi; y con 
esta palabra de servus, sesún lo ha hecho notar con 
verdad un hombre insiene, desianábase en otro tiem- 
po a un esclavo, porque entonces aun no existían los 
siervos, tales como los conocemos hoy, pues que los 
señores sólo se hacíar servir de esclavos o libertos: 
todo lo cual, el santo Concilio Tridentino, para no 
dejar duda aleuna de que somos esclavos de Jesu- 
cristo. expresa con un término que no tiene nada de 
equívoco. lamándonos mancipia Christi, «esclavos de 
Jesucristo». Según esto: 


Digo que debemos ser de Jesucristo y servirle, no 
sólo como siervos mercenarios, sino como esclavos 
amorosos que por efecto de un intenso amor, se dan 
y entregan a su servicio, en calidad de esclavos, por 
sólo el honor de pertenecerle. Antes del Bautismo éra- 
mos esclavos del demonio: el Bautismo nos ha hecho 


(1) Epis. a los Felip., IL 7. 
(2) Epist. a los Gá., I, 10. 


56 


esclavos de Jesucristo; luego. o el cristiano ha de 
ser esclavo del diablo o esclavo de Jesucristo. 

Lo que digo. hablando en términos absolutos de 
Jesucristo, lo digo relativamente de la Santísima Vir- 
gen, Habiéndola escogido Jesucristo por compañera 
inseparable de su vida, de su muerte. de su glori 
de su poder en el cielo y en la tierra, le ha otorgado 
por gracia, relativamente a su Majestad, todos los 
derechos y privilegios que El posce por naturalez. 
Quidquid Deo convenit per naturam, Maríae convenit 
per gratiam... «Lo que a Dios conviene por natura- 
loza, dicen los santos, conviene a María por gracia.» 
que, según ellos. como Dios y María tienen la 
misma voluntad y el mismo poder. tienen también 
los dos los mismos súbditos, siervos y esclavos. 


Podemos, pues, según el sentir de los santos y de 
otros muchos varones insignes. llamarnos y hacernos 
esclavos de amor de la Santísima Virgen. a fin de ser 
de esta manera más perfectamente esclavos de Jesu- 
cristo. María es el medio de que el Señor se ha 
servido para venir a nosotros, y es también el medio 
que nosotros debemos emplear para iv a El. María no 
es como las otras criaturas, las cuales, si a ellas nos 
adherimos, pueden más bien separarnos que acercar- 
nos a Dios; antes al contrario, su inclinación más 
irresistible es wmirnos a Jesucristo. su Hijo, así como 
ia más irresistible inclinación de Jesús es unirnos a 
El por medio de su Santísima Madre. lo cual es 
hacer a El gran honor y proporcionarle mucho placer, 
como sería honrar y agradar a un rey, si, para ser 


57 


más perfectamente súbditos y esclavos suyos, nos hi- 
ciéramos esclavos de la reina. 

Ho aquí por qué los santos Padres y San Buenaven- 
tura con ellos, dicen que María es el camino para ir 
a Cristo: Via veniendi ad Christa mest appropinquare 
ad ¡llum (ln Psalte.-min.) 

Demás de esto. sj, como lo he dicho ya. la Santísima 
Virgen es la reina y soberana del cielo y de la tierra 
Ecce imperio Dei omnia subjicinntur et Virgo; ecce 
imperio Virginis omnia subjiciuntur et Deus, dicen 
San Anselmo, San Bernardo, San Bernardino, San 
Buenaventura. ¿por qué no ha de tener Ella tantos 
subditos y esclavos como criaturas hay en el mundo? 
Y entre tantos esclavos por fuerza. ¿no será razón 
admitir algunos de amor que, por su propia voluntad, 
la escojan en calidad de esclavos, como a su sobe- 
rana? ¡Pues qué! si los hombres y los mismos de- 
monios tienen sus esclavos voluntarios, ¿había de ca- 
recer de ellos sólo María? Más aún: si un rey se 
honra con que la reina, su compañera. posea escla- 
vos sobre los cuales tenga ella derecho de vida y 
muerte. porque el peder y el honor de uno forman 
una misma cosa con el honor y el poder del otro, 
¿nos atreveremos a creer que el Señor. que. como el 
mejor de todos los hijos. ha comunicado a María todo 
su poder, verá mal que su Santísima Madre tenga 
también sus esclavos? ¿Tiene acaso Jesús menos res- 
peto y amor para con su Madre Santísima que Asuero 
le tuvo para Ester y que Salomón le tuvo para Bet- 
sabé? ¿Quién será tan osado que llegue mo sólo a 
decir, sino a pensar cosa semejante? 


58 


Pero ¿a dónde me ha conducido mi phima? ¿Por 
«mé detenerme aquí a probar wa cosa tan visibl»? 
Si no quiere alemo que nos llamemos esclavos de 
la Santísima Vireen, ¿qué importa? Hamámonos y 
llamémonos esclavos de Jesucristo, que lo seremos de 
María, porque Jesús es el fruto y la gloria de en 
Santísima Madre, Esto es lo que se consigue perfec- 
tamente por la devoción de que me voy a ocupar en 
seguida. 


$ TIL.—Tercera verdad: Debemos despojarnos de todo lo malo 
que hay en nosotros. 


Nuestras mejores acciones auedan de ordinario man- 
chadas y corromvidas por el fondo de mal que 
hay en nosotros. Cuando se vierte agua limpia y ela. 
ra en un vaso que huele mal, o se echa vino en una 
pipa (1) cuyo interior está deteriorado por otro vino 
que contuvo, el agua clara y el vino bueno se echan 
a perder y toman fácilmente el mal olor del vaso 
o de la pipa. De la misma manera, cuando Dios arro- 
ja en el vaso de nuestra alma, maleada por el pecado 
original y actual. sus gracias y rocíos celestiales. o 
el vino delicioso de su amor, sus dones se corrompen 
y averían. ordinariamente, por la mala levadura y 
el mal fondo que el pecado dejó en nosotros; nues- 
tras acciones. aun las virtudes más sublimes. se re- 
sienten de ello. Es, pues, de gran importancia, para 


(1) Pipa, medida antigua de capacidad muy variable, em- 
pleada en el comercio de líquidos. 


59 


adquirir la perfección, que sólo se consigue por la 
unión a Jesucristo, vaciarnos a nosotros mismos de 
cuanto haya de malo en nosotros: si no es así. el 
Señor, que es infinitamente santo y detesta la menor 
mancha en el alma, nos arrojará de sus divinos ojos 


y jamás se unirá a nosotros. 


Para vaciarnos de nosotros mismos se requiere: 
1.7% Conocer bien, con la luz del Espíritu Santo. 
nuestro mal fondo, nuestra incapacidad para todo lo 
bueno, nuestra debilidad en todas las cosas, nuestra 
inconstancia en todos los tiemnos, nuestra indignidad 
para toda gracia y nuestra iniquidad en todo lugar. 
El pecado de nuestro primer padre a todos nos ha 
dañado, asriado, levantado y corrompido, como la le- 
vadura agria levanta y corrompe toda la masa en 
que se pone. Los pecados actuales que hemos come- 
tido, ya mortales, ya veniales, por perdonados que 
estén, han aumentado nuestra concupiscencia, nues- 
tra debilidad, nuestra inconstancia y nuestra corrup- 
ción. y han dejado restos de maldad en nuestra alma. 
Nuestros cuerpos están tan corrompidos que el Es- 
píritu Santo los llama cuerpos de pecado, concebidos 
en el pecado, alimentados en el pecado y sólo capa- 
cos de pecado, cuerpos sujetos a mil y mil enferme- 
dades que se corrompen de día en día y que no 
engendrar más que sarna, gusanos y corrupción. 
Nuestra alma, unida a este cuerpo, se ha hecho 
tan carnal que se llama carne: Habiendo toda carne 


60 


corrompido su camino (1). Por herencia sólo tenemos 
orgullo y ceguedad en el espíritu. endurecimiento en 
el corazón, debilidad e inconstancia en el alma, con- 
cupiscencia, pasiones revueltas y enfermedades en el 
cuerpo. Por naturaleza somos más orgullosos que los 
pavos reales, más pegados a la tierra que los sapos, 
más viles que los machos tíos, más envidiosos que 
las serpientes. más plotones que los cerdos (2), más 
coléricos que los tigres, más perezosos que las tor 
sas, más debiles que los carrizos y más volubles que 
las veletas. En nuestro fondo no abrigamos más que 
la nada y el pecado, y no merecemos otra cosa que 
la ira (3% de Dios y la eternidad del infierno. 

En vista de esto, ¿será de maravillar, si el Señor 
ha dicho que el que quiera seguirle debe renunciarse 
a sí mismo y odiar a su alma, y que el que ama 
a su alma la perderá. v el que la odia la salvará? (4). 
Esta infinita Sabiduría, que no da mandato alguno 
sin razón, no nos ordena el odio a nosotros mismos. 
sino porque somos sumamente dignos de odio: nada 
es tan digno de amor como Dios. y nada tan dieno 
de odio como nosotros mismos. 


(1) Gén, VE, 12 

(2) No se ofenda la delicadeza de los lectores de lo crudo 
de estas expresiones, las ev 1 sido inspiradas por la 
realidad de las cosas; además, en tiempo del Beato no serían 
tan mal sonantes como hoy. Pues si le hubieran sido, nada 
más natural que emplear aleunos sinónimos que atenuasen las 
expresiones, dejando intacto el pensamiento. 

(3) Ira, sinónimo poético de cólera. 

(4) San Juan, XIL 25. 


61 


2. Para vaciarnos de nosotros mismos es preciso 
que todos los días muramos a nosolros mismos; es 
decir, que se necesita renunciar a las operaciones de 
las potencias de nuestra alma y de los sentidos de 
nuesiro cuerpo; que debemos ver como si no vié: 
os, oír como si no oyésemos, servirnos de las 
cosas de este mundo como si no nos sirviéramos de 
ellas, lo cual llama San Pablo morir todos los días: 
Quotidie morior (1). Si el grano de trigo. al caer 
en tierra, no muere, permanece solo y no produce buen 
fruto: Ñisi granum jrumenti cadens in terram mor- 
Juum feurit, ipsum solum manet (2). Si no morimos 
a nosoiros mismos, y si nuestras más santas devocio- 
nes no nos conducen a esta muerte necesaria y fe- 
cunda, no produciremos fruto que valga, y nuestras 
devociones nos serán inútiles; todas nuestras obras 
de justificación quedarán manchadas por nuestro amor 
propio y nuestra propia voluntad, lo cual hará que 
Dios abomine los mayores sacrificios y las mejores 
acciones que realicemos, que en nuestra muerte nos 
encontremos con las manos vacias de virtudes y mé- 
zitos, y que no tengamos ni una chispa del puro amor 
que sólo se comunica a las almas que mueren a sí 
mismas y cuya vida está oculta con Jesucristo en 
Dios. 


Es necesario escoger, entre todas las devociones a 
la Santísima Virgen, la que mejor nos lleve 2 esta 


(1) £ Cor. XV, 2L. 
(2) San Juan, XUL, 24. 


62 


muerte de nosotros mismos, como la mejor y más 
elicaz para nuestra santificación; porque no hay que 
Creer que todo lo que reluce es oro, que todo lo duice 
es miel y que todo lo fácil de hacer y que practica 
el mayor número es lo que más conduce a la santifi- 
cación, Así como hay en la naturaleza secretos para 
hacer en poco tiempo, con pocos gastos y con faci- 
lidad ciertas operaciones naturales, hay también en 
el orden de la gracia secretos para hacer en poco tiem- 
po, con dulzura y facilidad, operaciones sobrenatura. 
le», vaciarse de sí mismo, llenarse de Dios y hacerso 
períecto. 

La práctica que intento manifestar es uno de esos 
secretos de gracia, desconocido de la mayoría de los 
cristianos, conocido de pocas personas devotas, prac- 
ticado y gustado de un número todavía mucho más 
pequeño. Para comenzar a descubrir esta práctica ex- 
pongamos antes esta cuarta verdad que es una con- 
secuencia de Ja tercera. 


$ 1V.—Cuarta verdad: Necesidad de un mediador para con 
el Mediador Jesucristo. 


Es más perfecto, porque es más humilde, no acer- 
carnos a Dios por nosotros misinos, sin tomar un 
mediador. Estando tan corrompido nuestro fondo, 
como acabo de mostrar, si nos apoyamos en nuestros 
propios trabajos, industrias y preparaciones para ir 
a Dios y agradarle, ciertamente las obras de nues- 
tra justificación quedarán manchadas o pesarán poco 
ante Dios para obligarle a que se una a nosotros y 


03 
nos atienda. Por esto, no sin razón nos ha dado Dios 
mediadores ante su Majestad. El ha visto nuestra 
indignidad e incapacidad; ha tenido piedad de nos- 
otros, y para hacernos capaces de sus misericordia, 
nos ha provisto de poderosos intercesores para con 
su grandeza: de modo que prescindir de estos me: 
diadores y acexcarse directamente a su santidad, sin 
recomendación alguna, es carecer de humildad, care- 
cer de respeto hacia un Dios tan alto y tan santo; 
es hacer menos caso de este Rey de reyes que el 
que se haria de un rey o de un príncipe de la tierra, 
al cual nadie querria acercarse sin algún amigo que 
hable por él. 

Li señor es nuestro abogado y medianero de re- 
dención para con el Padre; por medio de El debemos 
rogar con toda la iglesia triunfante y militante; por 
Ll es por quien tendremos acceso ante su Majestad, 
y sólo apoyados y revestidos de sus méritos es como 
úebemos presentarnos ante Dios, de la manera que 
el mio Jacob, cubierto con las pieles de cabritos, 
aparecio ante su padre Ísaac para recibir su ben- 
dición. 

Pero, ¿es que no tenemos necesidad de un me- 
diador para con el mismo Mediador? ¿Es nuestra 
pureza bastante grande para unirnos directamente a 
ki por medio de nosotros mismos? ¿No es El acaso 
Dios, igual en todas las cosas a su Padre, y por con- 
siguiente, el Santo de los santos, tan digno de res- 
peto como el Padre? Si, por su caridad infinita, El 
se ha hecho nuestro fiador y medianero ante Dios su 
Padre, para apaciguarle y pagarle lo que nosotros le 


64 


debemos, ¿será esto motivo para que tengamos menos 
tespeio y temor hacia su majestad y santidad? 
Digamos, pues. sin encogimiento, con San Bernardo, 
«ue tenemos necesidad de un mediador ante el mis- 
mo Mediador, y que María Santísima es la más 
capaz de cumplir este oficio caritativo; por Ella vino 
Jesucristo al mundo y por Ella debemos acercarnos 
a El Si tememos ir directamente a Jesucristo nues- 
tro Dios, a causa de su grandeza infinita, de nuestra 
bajeza o de nuestros pecados, imploremos con santa 
osadía la ayuda y la intercesión de María nuestra 
Madre, que Ella es buena y tierna, y no tiene nada 
de austero mi repulsivo, mi aun de muy sublime y 
brillante, y, al veria, no vemos otra cosa que nues- 
tra pura naturaleza. Ella no es el sol que, por la 
viveza de sus rayos, pudiera ofuscarnos a causa de 
nuestra debilidad, sino que es belia y dulce como la 
luna, que recibe su luz del sol y la templa para 
acomodarla a lo que nuestra pequeñez puede re- 
sistir; Ella es tan caritativa, que no rechaza a nadie 
de los que acuden a su intercesión, por muy peca: 
dores que sean, porque, como dicen los santos, jamás 
se ha oído decir, desde que el mundo es mundo, que 
haya alguno recurrido a la Santísima Virgen con 
confianza y perseverancia, y haya sido desechado. Ella 
es tan poderosa que nunca han sido rehusadas sus 
peticiones; basta que María se presente ante su Hijo 
:ogándole, para que Jesús, vencido amorosamente por 
los pechos, por las entrañas y por las súplicas de su 
queridísima Madre, al punto le otorgue lo que Esta 


65 


le pide, o reciba lo que Ella, en nombre nuestro, 
le ofrece 

Todo esto está sacado de San Bernardo y San Bue: 
haventura; por manera que, según ellos, tenemos to- 
dos, para ir a Dios, que subir tres escalones: el 
primero, que es el más cercano a nosotros y el más 
conforme a nuestra capacidad, es María; el segundo 
es Jesucristo, y el tercero es el Padre Eterno. Para 
ir a Jesús es preciso ir a María, que es nuestra me- 
dianera por intercesión, y para ir al Padre Eterno 
es necesario ir a Jesús, que es muestro mediador por 
redención. Este es el orden que se guarda perfecta- 
mente en la devoción que voy en seguida a indicar. 


$ V.—Quinta verdad: Nuestros bienes espirituales están 
expuestos a perderse en nuestras manos. 


Es muy difícil, dada nuestra debilidad y nuestra 
Iragilidad, que conservemos en nosotros las gracias 
y los tesoros que hemos recibido de Dios. 1., porque 
ese tesoro, que vale más que el cielo y la tierra, le 
conservamos en vasos frágiles: Habemus thesaurum 
istud in vasis fictilibus (1); en un cuerpo corruptible, 
en un alma débil e inconstante que por una nonada 
se turba y abate; 2.”, porque los demonios, que son 
ladrones muy astutos, quieren sorprendernos de im- 
proviso para robarnos y despojarnos: espían de día 
y de noche el momento favorable; a este fin incesante- 
mente dan vueltas alrededor de nosotros para devo- 


(1) I Cor, IV, 7. 


66 


rarnos y quitarnos en un momento, por el pecado, 
todas las gracias y méritos que en muchos años hemos 
podido ganar. Su malicia, su experiencia, sus estucias 
y su muchedumbre deben hacernos temer infinitamen- 
tc esta desgracia, ya que personas más llenas de gra- 
cias, más ricas en virtudes, más experimentadas y 
más crecidas en santidad, han sido sorprendidas, ro- 
badas y saqueadas lastimosamente. ¡Ah! ¡cuántos ce- 
dros del Líbano y estrellas del firmamento se han vis- 
to caer miserablemente y perder su elevación y su 
claridad en poco tiempo! ¿De dónde se ha originado 
este cambio tan extraño? Sin duda no ha sido por 
falta de gracia, de la cual nadie carece, sino por 
la falta de humildad. Creyéronse más fuertes y pode- 
rosos de lo que eran; creyéronse capaces de guardar 
su tesoro; se fiaron y apoyaron en sí mismos; cre- 
yeron que su casa estaba hastante segura y que sus 
cofres eran bastante fuertes para guardar el precioso 
tesoro de la gracia, y por este apoyo imperceptible 
que tuvieron en sí mismos, aunque les parecía que 
únicamente se apoyaban en la gracia de Dios, es 
por lo que el Señor, en justicia, ha permitido que 
sean robados, abandonándolos a ellos mismos. ¡Ah! si 
hubiesen conocido la admirable devoción que les voy 
a mostrar a continuación, habrían confiado su teso- 
ro a una Virgen poderosa y fiel que se lo habría 
guardado como sus propios bienes, llegando a obli- 
garse a ello como en justicia; 3. es difícil perse- 
verar en la gracia a causa de la extraña corrupción 
del mundo. El mundo está al presente tan corrompido 
que se hace como necesario que las almas piadosas 


67 


queden afeadas, si no por su cieno, al menos por su 
polvo: hasta el punte que es una especie de milagro 
e una persona permanezca firme en medio de este 
torrente impetuoso sin ser arrastrada por su corrien- 
le, en medio de este mar tempestuoso sin ser ane: 
gada o saqueada por los piratas y corsarios, en me: 
dio de esta atmósfera viciada sin quedar en ella con- 
tagiada; sólo la Virgen, que ha permanecido siempre 
fiel, de la cual jamás ha obtenido nada la serpiente, 
es la que hace este milagro en favor de aquellos y 
aquellas que la sirven (1) lo mejor que pueden. 


ARTICULO 11 


Las falsas devociones a la Santísima Virgen. 


Presupuestas estas cinco verdades, se necesita, aho- 
ra más que nunca, hacer una buena elección de la 
verdadera devoción a la Santísima Virgen; pues hoy, 
como nunca, hay un sinnúmero de falsas devociones 
a la Santísima Virgen que fácilmente podríamos to- 
mar por verdaderas. El demonio lo mismo que un 
monedero falso y un ladrón astuto y experimentado, 
ha engañado y condenado a tantas almas, por las 
devociones falsas a María, que todos los días se sirve 
de su experiencia diabólica para condenar a otras 
muchas, entreteniéndolas y haciéndolas dormir en el 


(1), Estas tres palabras "que la sirven” no están en el ma- 
mubcrito, pero parecen necesarias para poner de manifiesto 
el pensamiento del Beato. 


68 


pecado, so pretexto de algunas oraciones mal dichas 
y de algunas prácticas exteriores que les inspira. Así 
como un falso acuñador de moneda no falsifica or- 
dinariamente más que el oro y la plata, y muy ra- 
ras veces los otros metales, porque no valen la pe- 
na, del mismo modo el maligno espíritu no falsifica 
las otras devociones tanto como las de Jesús y Ma- 
ría, la devoción a la Sagrada Comunión y la devoción 
a la Santísima Virgen, porque éstas son, entre las de- 
más devociones, lo que el oro y la plata entre los 
metales. 

Importa mucho, pues, conocer: 1. las falsas devo- 
ciones a María, para evitarlas, y la verdadera, para 
abrazarla; 2.” cuál es, entre las muchas y diferentes 
prácticas de la verdadera devoción a la Santísima Vir- 
gen, la más perfecta, la más agradable a María, la 
más gloriosa para Dios y la más eficaz para nuestra 
santificación, a fin de entregarnos a ellas. 


Siete son las clases de falsos devotos y de falsas 
devociones a la Santísima Virgen, es a saber: 1. los 
devotos críticos; 2.? los devotos escrupulosos; 3.” los 
devotos exteriores; 4. los devotos presuntuosos; 

.2 los devotos inconstantes; 6. los devotos hipócri- 
tas; 7.2 los devotos interesados. 


$ L—Los devotos críticos. 


Los devotos críticos son, por lo común, los sabios 
orgullosos, espíritus fuertes y pagados de sí mismos, 
que en el fondo tienen alguna devoción a María, 
pero que critican casi todas las prácticas de devo- 
ción a la Santísima Virgen con que las personas sen- 
cillas honran sencilla y santamente a esta tierna Ma- 
dre, sólo porque no se acomodan a su orgullo. Po: 
nen en duda todos los milagros e historias referidos 
por autores fidedignos, o sacados de crónicas de las 
Ordenes religiosas, que dan fe de la misericordia y 
del poder de la Santísima Virgen. No saben ver sin 
pena a las gentes sencillas y humildes arrodilladas 
ante un altar o una imagen de la Santísima Virgen, 
a veces en el ángulo de una calle, rogando a Dios, 
y hasta los acusan de idolatría, cual si adorasen la 
inadera o la piedra; dicen que ellos no pueden apro- 
bar esas devociones exteriores, y que no son de es- 
víritu tan cálido que vayan a creer tantos cuentos e 
historias como se atribuyen a la Santísima Virgen. Si 
se les refieren las alabanzas admirables que los San- 
tos Padres han tributado a María, o responden que 
al hacerlo así hablaban como oradores, exagerando 
las cosas. o dan una mala interpretación a sus pala- 
bras. Todos estos falsos devotos y gentes orgullosas 
y mundanas son mucho de temer y hacen gran daño 
» la devoción a la Santísima Virgen, alejando de ella 
a los pueblos de una manera eficaz, bajo pretexto de 
destruir sus abusos. 


7 


$ IL.—Los devotos escrupulosos. 


Los devotos escrupulosos son gente que temo des- 
honrar al Hijo, honrando a la Madre, rebajar al uno, 
mientras se ensalza a la otra. No pueden tolerar que 
a la Santísima Virgen se la den las justísimas alaban- 
zas que le han tributado los santos Padres; ven con 
pena que haya más gente de rodillas ante un altar de 
María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como 
si aquello se opusiera a esto, como si los que ruegan 
a la Santísima Virgen no rogasen a Jesucristo por 
medio de Ella! No quieren que se hable con tanta 
frecuencia y que se acudz tantas veces a Ella. Sus más 
ordinarias sentencias son éstas, entre otras: ¿Para qué 
tantos rosarios, tantas cofradías y tantas devociones 
exteriores a la Santísima Virgen? ¡En esto hay mucha 
ignorancia! Esto es hacer de la religión una mojigan- 
ga. Habladme de los devotos de Jesucristo (y al pro- 
nunciar esta palabra. lo digo entre paréntesis. dejan 
con mucha frecuencia de descubrirse): a Jesucristo es 
a quien hay que recurrir, como a nuestro mediador 
único; a Jesnoristo es a quien se debe predicar. 
to es lo verdaderamente sólido! Y todo cuanto dicen 
es verdad en un sentido pero. atendido el fin de sus 
palabras, que es impedir la devoción a la Santísima 
Virgen, es muy peligroso y una fina red que. con pre- 
texto de un bien mayor, les tiende el demonio, pues 
jamás se honra a Jesucristo como cuando se honra a 
María, ya que si a ésta se la honra, es sólo con el 
fin de honrar más perfectamente a Jesucristo. en cuan- 


71 


to que sólo se va a Ella como al camino para encon- 
trar el término adonde se va, que es Jesucristo. 

La Iglesia, con el Espíritu Santo, bendice primero 
a la Santísima Virgen y luego a Jesucristo: Benedicta 
tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, Je- 
sus. Y esto no porque la Santísima Virgen sea más 
que Jesucristo o igual a El, lo cual sería una herejía 
que deheríamos abominar, sino porque, para bende- 
cir más perfectamente a Jesucristo, es necesario ben- 
decir antes a María. Digamos, pues. con todos los 
verdaderos devotos de la Virgen, contra estos falsos 
devotos escrupulosos: ¡Oh María!, Vos sois bendita 
entre todas las mujeres y bendito es el fruto de vues- 
tro vientre, Jesús. 


$ IL.-—Los devotos exteriores. 


Devotos exteriores son las personas que hacen com 
sistir toda la devoción a María en algunas prácticas 
exteriores; que no gustan más que del exterior de la 
devoción a esta Virgen bendita, porque carecen de 
espíritu interior; que rezarán muchos rosarios, pero 
precipitadamente; oirán muchas misas, mas sin aten- 
ción; acudirán a las procesiones, mas sin devoción; 
se inscribirán en todas las cofradías, pero sin enmen- 
dar jamás su vida, sin hacer violencia a sus pasiones, 
sin imitar las virtudes de la Santísima Virgen. Si algo 
estiman de esta devoción es sólo la parte sensible, sin 
gustar lo que tiene de sólido; si les falta la sensiblería 
en sus prácticas, creen que ya no hacen nada, se des- 
alientan, todo lo abandonan y ya todo lo hacen ato- 


7 


londradamente, de cualquier manera. El mundo está 
lleno de esta clase de devotos exteriores y no encon- 
traremos jamás quien, como ellos, tanto critique a las 
personas de oración que ponen sus esfuerzos en con- 
seguir el interior de esta devoción, como lo verdade- 
ramente esencial, aunque sin menospreciar la exterio- 
ridad de la modestia de que siempre va acompañada 
la verdadera oración. 


$ IV.—Los devotos presuntuosos. 


Devotos presuntuosos son los pecadores que viven 
abandonados a las pasiones. o amadores del mundo 
que, bajo el hermoso nombre de cristianos y de de- 
votos de la Santísima Virgen, ocultan el orgullo o la 
avaricia, o la impureza, o la embriaguez, o la cólera, 
o el perjurio, o la maledicencia, o la injusticia, et- 
cétera; que duermen tranquilos en sus malos hábitos, 
sin hacerse mucha violencia para corregirse, con el 
pretexto de que son devotos de María; que esperan 
que Dios los perdonará, que no morirán sin confe- 
sión, y que no se condenarán, porque rezan el Rosa. 
rio, porque ayunan los sábados, porque pertenecen a 
la cofradía del Santísimo Rosario, porque llevan el 
Escapulario o ingresan en alguna congregación ma: 
riana; porque llevan el hábito o la cadenilla de la 
Santísima Virgen, ete. Si alguien les dice que su de- 
voción es una ilusión del demonio y una perniciosa 
presunción, capaz de perderlos, no le creen; dicen 
que Dios es bueno y misericordioso; que no nos ha 
criado para condenarnos; que no hay hombre que 


LE] 


no peque; que no morirán sin confesión; que un 
buen peccavi en la hora de la muerte les basta; de- 
más de esto, que ya son devotos de la Santísima Vir- 
gen, que llevan el Escapulario; que rezan todos los 
días, y esto sin que sea ostentación y vanidad, siete 
Padrenuestros y Avemarías en su honor; que hasta 
rezan algunas veces el Rosario y el oficio de la Vir- 
gen; que ayunan, etc. Para confirmar lo que dicen y 
obstinarse más en su ceguedad, refieren algunas his- 
torias, verdaderas o falsas, que para ellos es lo mis- 
mo, las cuales han oído o leyeron en libros, en don- 
de se atestigua, que personas muertas en pecado mor- 
tal, sin confesarse, en atención a que durante su vida 
rezaban algunas oraciones o practicaban algunas de- 
vociones a la Santísima Virgen, o han resucitado pa- 
ra confesarse, o ha permanecido su alma milagrosa- 
mente en el cuerpo hasta alcanzar la confesión, o por 
la misericordia de María han obtenido de Dios, en 
la hora de la muerte, la contrición y el perdón de sus 
pecados y. por tanto, su salvación, esperando ellos que 
les suceda otro tanto. Nada hay en el cristianismo que 
sea tan dañoso a las almas como esta presunción dia- 
bólica; porque, ¿podría acaso decir con verdad que 
honra y ama a la Santísima Virgen quien con sus 
pecados hiere, atraviesa, crucifica y ultraja sin piedad 
a Jesucristo su Hijo? Si María tuviera que salvar por 
su misericordia a esta clase de gentes, autorizaría el 
crimen, ayudaría a crucificar y ultrajar a su divino 
Hijo, y esto. ¿quién se atreverá jamás a pensarlo? 
Abusar así de la devoción a María, la cual después 
de la devoción al Santísimo Sacramento es la más 


7 


santa y sólida, es, a mi juicio, cometer un horrible 
sacrilegio, que, después del de una Comunión recibida 
en pecado mortal, es el mayor y menos digno de per- 
dón. 

Confieso que, para ser verdaderamente devoto de la 
Santísima Virgen, no es absolutamente necesario te- 
ner tal santidad que se evite todo pecado, aunque es- 
to sería lo más deseable; sino que se necesita por lo 
menos (y nótese bien lo que voy a decir): 1. Vivir en 
una resolución sincera de evitar, por lo menos, todo 
pecado mortal, que ultraja a la Madre lo mismo que 
al Hijo. 2.? Hacerse violencia para no cometer el pe- 
cado. 3.? Ingresar en las cofradías, rezar el Rosario, 
los quince misterios u otras oraciones, ayunar los sá- 
bados, etc. Esto es de una maravillosa eficacia para 
conseguir la conversión de un pecador. por más en- 
durecido que esté; y si tal fuese mi lector, aun cuan: 
do se encontrase ya con un pie en el abismo, que siga 
ini consejo, pero a condición de que las obras bue: 
nas que practique, las haga sólo con la intención de 
obtener de Dios, por la intercesión de María, la gra- 
cia de la contrición y del perdón de sus pecados, y 
de vencer sus malos hábitos, y no para permanecer 
pacíficamente en el estado de la culpa, resistiendo a 
los remordimientos de su conciencia, al ejemplo de 
Jesucristo y de los santos, y a las máximas del san- 
to Evangelio. 


75 


V.-—Los devotos inconstantes. 


Los devotos inconstantes son aquellos que sólo tie- 
nen arranques e intervalos de devoción a la Santí- 
sima Virgen: tan pronto están fervorosos como ti- 
bios; en un instante parecen estar dispuestos a hacer- 
lo todo por su servicio, y un momento después ya no 
son los mismos. Les cuesta poco abrazar todas las de- 
vociones de la Virgen, y alistarse en todas las co- 
fradías, pero luego no practican ninguna de sus re- 
glas con fidelidad; cambian como la luna, y por eso, 
al igual de la media luna que ostenta bajo sus plan- 
tas María, la divina Señora, pisa con sus pies, en se- 
ñal de desprecio, esos sus deyotos inconstantes, indig- 
nos de ser contados entre los servidores de esta Vir- 
gen fiel, los cuales tienen por patrimonio la fidelidad 
y la constancia, Más vale no cargarse con tantas ora- 
ciones y prácticas de devoción y cumplir pocas con 
amor y fidelidad, a pesar de cuanto digan el mundo, 
el demonio y la carne. 


$ VI—Los devotos hipócritas. 


Hay aún otra clase de falsos devotos de María, que 
son los devotos hipórritas, los cuales cubren sus pe- 
cados y malos hábitos bajo el manto de esta Virgen 
fidelísima. a fin de pasar a los ojos de los hombres 
por lo que no son. 


76 


$ VIL—Los devotos interesados. 


Finalmente, existe una última categoría de devotos, 
llamados interesados, que sólo recurren a la Santísima 
Virgen para ganar algún pleito, para escapar de al- 
gún peligro, para curar de una enfermedad o para 
cualquiera necesidad semejante, fuera de la cual se 
olvidarían de Ella; y así unos como otros son de- 
votos falsos, que nada valen ni para Dios ni para su 
Santísima Madre. 


Guardémonos, pues de pertenecer al número de los 
devotos críticos, que nada creen y todo lo censuran; 
al de los devotos escrupulosos, que temen ser dema: 
siado devotos de María, por respeto a Jesucristo; al 
de los devotos exteriores, que hacen consistir toda su 
devoción en las prácticas exteriores; al de los devo- 
tos presuntuosos, que, bajo el pretexto de su falsa de- 
voción a la Virgen, se encenagan en sus pecados; al 
de los devotos inconstantes, que, por ligereza, cambian 
sus prácticas de devoción o las abandonan apenas 
sienten la menor tentación; al de los devotos hipócri- 
las, que ingresan en las cofradías y visten la librea 
de María para ser tenidos por buenos; y, en fin, al 
de los devotos interesados. que, si recurren a la San- 
tísima Virgen, es sólo para que los libre de los males 
del cuerpo y les conceda otros bienes temporales. 


n 


ARTICULO UL 


La verdadera devoción a la Santísima Virgen. 
Sus caracteres. 


Después de descubrir y reprobar las falsas devocio- 
nes a María, es preciso establecer en pocas pala- 
bras la verdadera. Esta es: 1.”, interior; 2.%, tierna; 
3." santa; 4.” constante; 5.2, desinteresada. 


$ L-—Primer carácter: Devoción interior. 


17 La verdadera devoción a la Santísima Virgen 
es interior, esto es, nace del espíritu y del corazón; y 
proviene de la estima que se hace de la Santísima Vir- 
gen, de la alta idea que uno se forma de su grandeza 
y del amor que la profesamos. 


$ IL—Segundo carácter: Devoción tierna. 


2." Es tierna, es decir, llena de confianza en la 
Santísima Virgen, como la de un niño en su cariñosa 
madre. Ella hace que un alma recurra a María en 
todas sus necesidades de cuerpo y de espíritu, con 
mucha sencillez, confianza y ternura; que implore la 
ayuda de su celestial Madre en todo tiempo. lugar y 
cosa: en las dudas, para que la esclarezca; en los ex- 
travíos, para que la vuelva al buen camino; en las 
tentaciones, para que la sostenga; en las debilidades, 
para que la fortifique; en las caídas. para que la 


78 


levante; en los desalientos, para que la infunda áni. 
inos; en los escrúpulos, para que la libre de ellos; 
en las cruces, trabajos y contratiempos de la vida, 
para que la consuele. Por último, en todos sus ma. 
les de cuerpo y de espíritu, halla en María su ordi. 
nario socorro, sin temor de importunar a esta tierna 
Madre y desagradar a Jesucristo, 


$ HL 


3 La verdadera devoción a la Santísima Virgen 
es santa, esto es, hace que el alma evite el pecado e 
imite las virtudes de la Santísima Virgen, pero de 
un modo particular su humildad profunda, su fe viva, 
su obediencia ciega, su oración continua, su mortif. 
cación total, su pureza divina, su caridad ardiente, su 
paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabidu- 
ría divina, que son las diez principales virtudes de la 
Santísima Virgen. 


Tercer carácter: Devoción santa. 


$ IV.—Cuarto carácter: Devoción constante, 


4%.” La verdadera devoción a la Santísima Virgen 
es constante; consolida a un alma en el bien y hace 
que no abandone fácilmente sus prácticas de deyo. 
ción; le da ánimo para que se oponga al mundo en 
sus modas y en sus máximas; a la carne en los dis. 
gustos y embates de sus pasiones; al diablo en sus 
tentaciones; de modo que una persona verdaderamen- 
te devota de la Virgen no es inconstante, melancólica, 
escrupulosa o temerosa. Y no quiere esto decir que 
no caiga, ni experimente algún cambio en lo sensible 
de su devoción; sino que, si cae, se levanta tendiendo 


red 


la mano a su bondadosa Madre, y, si carece de gusto 
o devoción sensible, no se preocupa por ello, porque 
el justo y el devoto fiel de María viven de la fe de 
Jesús y de María y no de los sentimientos del cuerpo. 


$ V.—Quinto carácter: Devoción desinteresada. 


5.2 Finalmente, la verdadera devoción a la San- 
tísima Virgen es desinteresada, es decir, que inspira 
al alma que no se busque a sí propia, sino sólo a Dios 
en su Santísima Madre. El verdadero devoto de Ma- 
ría no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lu- 
cro o de interés, ni por su bien, ya temporal, ya 
cterno, ya del cuerpo, ya del alma, sino únicamente 
porque Ella merece ser servida y Dios sólo en Ella; 
si ama a María, no es por los favores que ésta le 
concede o por los que de ella espera recibir, sino 
porque Ella es amable, He aquí por qué la ama y la 
sirve con la misma fidelidad en sus contratiempos y 
sequedades como en las dulzuras y favores sensibles; 
igual amor la profesa en el Calvario que en las bodas 
de Caná. ¡Ah! ¡Cuán agradable y precioso a los ojos 
de Dios y de su Santísima Madre ha de ser aquel de- 
voto de María que no se busca a sí mismo en ningu- 
no de los servicios que le presta! Pero, ¡cuán raro 
es encontrar un devoto así! Para conseguir que no 
sea tan exigua esta clase de devotos es para lo que yo 
he echado mano de la pluma y he escrito en el pa- 
pel lo que ya en las misiones he enseñado así pública 
como privadamente, durante muchos años, con no pe- 
queño fruto. 


ARTICULO 1Y 


Anuncios proféticos acerca de esta perfecta devoción. 


He dicho muchas cosas ya de la Santísima Virgen, 
pero aun tengo muchas más que decir y en número 
infinitamente superior son todavía las que omitiré, ya 
por ignorancia, ya por insuficiencia o ya por falta de 
tiempo para realizar cl designio que me he propues- 
to de formar un verdadero devoto de María y un ver- 
dadero discípulo de Jesucristo. 

¡Oh!, por cuán bien empleado daría yo mi tra: 
bajo, si este humilde escrito, cayendo en las manos 
de un alma bien nacida, nacida de Dios y de María 
y no de la sangre ni de la voluntad del hombre, le 
descubriera e inspirase, por la gracia del Espíritu 
Santo, la excelencia y el precio de la verdadera y só 
lida devoción a la Santísima Virgen, que ahora mis- 
mo voy a describir. Si yo supiese que mi sangre cri. 
minal pudiera servir para que en los corazones entra- 
sen las verdades que escribo en honor de mi queri- 
da Madre y soberana Señora, el último de cuyos hijos 
y esclavos soy, con ella, en lugar de tinta, escribiría 
estas líneas, confiando encontrar almas generosas que, 
por su fidelidad a la práctica que enseño, resarcirían 
a mi querida Madre y Señora las pérdidas que Ella 
experimenta poz mi ingratitud y mis infidelidades. 
Ahora me siento, más que nunca, animado a creer 
y esperar todo lo que tengo profundamente grabado 
en el corazón y que, muchos años ha, vengo pidien- 


31 


do a Dios, a saber: que tarde o temprano, la Santí- 
sima Virgen tendrá más hijos servidores y esclavos 
de amor que nunca, y que, por este medio, Jesucristo, 
mi amado Dueño, reinará más que nunca en los co- 
razones. 

Claramente preveo que saldrán fieras espantosas 
que enfurecidas intentarán destrozar con sus dientes 
diabólicos este humilde escrito y a aquél de quien 
el Espíritu Santo se ha servido para escribirle, o que 
cuando menos pretenderán encerrarle en las tinieblas 
y en el silencio de un cofre, a fin de que no aparezca; 
y hasta atacarán y perseguirán a aquéllos y aquéllas 
que le lean y le pongan en práctica. Pero, ¡no impor- 
ta! ¡Mejor todavía! Esto mismo me alienta y me 
hace esperar un gran éxito, es decir, un gran escua- 
drón de bravos y valientes soldados de Jesús y de Ma- 
ría de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, 
al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiem- 
pos de peligro que vendrán como jamás los hemos 
visto. Qui legit, intelligat (1). Qui potest capere, ca- 
pias (2). 


(1) S. Mateo, XXIV, 15. 
42) Ibid, XIX, 12. 


82 


SEGUNDA PARTE 


CAPITULO PRIMERO 


Elección de la práctica más perfecta de devoción 
hacia la Santísima Virgen. 


Existen varias prácticas interiores de la verdadera 
devoción a la Santísima Virgen; he aquí en resumen 
las principales: 

1." Honrarla como 4 Madre digna de Dios, con 
el culto de hiperdulía, es decir, estimarla y reveren- 
ciarla más que a todos los santos, como la obra maes- 
tra de la gracia y la primera después de Jesucristo, 
verdadero Dios y verdadero hombre. 2.” Meditar sus 
virtudes, sus privilegios y sus acciones. 3.2 Contem- 
plar sus grandezas. 4." Hacerla actos de amor, de ala- 
banza y de reconocimiento. 5.” Invocarla cordialmen- 
te. 6. Ofrecerse y unirse a Ella. 7.2 Hacer las cosas 
con el fin de agradarla. 8." Comenzar, continuar y 
concluir todas las acciones por Ella, en Ella, con Ella 
y para Ella, a fin de hacerlas por Jesucristo, en Jesu- 
cristo, con Jesucristo y para Jesucristo. nuestro fin 
último. Explicaremos esta última práctica. 

La verdadera devoción a la Santísima Virgen tie- 
ne también varias prácticas exteriores, entre las cua- 


83 


les las principales son: 1.? Alistarse en sus cofradías 
y entrar en sus congregaciones. 2. Ingresar en las 
órdenes religiosas establecidas en su honor. 3.2 Pu- 
blicar sus alabanzas. 4” Hacer limosnas, ayunos y 
mortificaciones, tanto de espíritu como de cuerpo, pa- 
ra honrarla. 5.” Llevar encima sus libreas, como el 
santo Rosario, el escapulario o la cadenilla. 6.7 Rezar 
con atención, devoción y modestia el santo Rosario. 
compuesto de quince decenas de Avemarías en honor 
de los quince principales misterios de Jesucristo; o 
el Rosario de cinco decenas, que es la tercera parte de 
aquél, o en honor de los cinco misterios gozosos, que 
son: la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de 
Jesucristo, la Purificación y el Hallazgo de Jesucristo 
en el templo; o en honor de los cinco misterios dolo- 
rosos, que son: la Agonía de Jesucristo en el huerto 
de los Olivos, la Flagelación, su Coronación de Espi- 
nas, la Cruz a cuestas y la Crucifixión; o en honor de 
los cinco misterios gloriosos, que son: la Resurrec- 
ción de Jesucristo, su Ascensión, la Venida del Espí- 
ritu Santo en Pentecostés, la Asunción de la Santísima 
Virgen en cuerpo y alma al cielo, y su coronación por 
las Tres Personas de la Santísima Trinidad. También 
se puede rezar un Rosario de seis a siete decenas en 
honor de los años que se cree vivió sobre la tierra la 
Santísima Virgen; o la coronilla de la Virgen, com- 
puesta de tres Padrenuestros y doce Avemarías, en 
honor de su corona de doce estrellas o privilegios; o 
el Oficio de la Santísima Virgen, tan universalmente 
aceptado y rezado en la Iglesia; o el pequeño Salte- 
sio de María. que San Buenaventura compuso en su 


84 


honor, y que es tan tierno y tan devoto. que no se 
puede rezar sin enternecerse; o catorce Padrenuestros 
y Avemarías en honor de sus catorce alegrías; o algu- 
nas otras oraciones, himnos y cánticos de la Iglesia, 
como la Salve Regina, el Alma, el Ave, Regina coelo- 
rum, o el Regina coeli, según los distintos tiempos; 
o el Ave, maris stella, O gloriosa Domina, etc., o el 
Magnificat, o algunas prácticas de devoción de que 
están llenos los libros. 7. Cantar o hacer cantar en 

honor algunos cánticos espirituales. 8.2 Hacerla 
cierto número de genuflexiones o reverencias. dicién- 
dola, por ejemplo, todas las mañanas sesenta o cien 
veces: Ave María, Virgo fidelis, para que Dios nos 
conceda, por medio de Ella, que seamos fieles a la di- 
vina gracia durante el día; y por la noche: 4ve Ma- 
ría, Mater misericordiae, para impetrar de Dios, por 
medio de Ella, el perdón de los pecados que hemos 
cometido en el día. 9.” Esmerarse en cumplir con los 
deberes de sus cofradías, adornar sus altares, coronar 
y embellecer sus imágenes. 10. Llevar y hacer llevar 
en procesiones sus imágenes, y llevar encima de sí 
¿na, como poderosa arma contra el demonio. 11. Man- 
dar hacer sus imágenes o su nombre y colocarlos o 
en las iglesias, o en las puertas y entradas de las ciu- 
dades, de las iglesias y de las casas. 12, Consagrarse 
a Ella de una manera especial y solemne. 

Hay un gran número de otras prácticas de verd 
dera devoción a la Santísima Virgen, que el Espíritu 
Santo ha inspirado a las almas santas, y las cuales 
<on muy eficaces para nuestra santificación. Muchas 
de ellas podrán verse en Le Paradis ouvert a Philagie, 


85 


compuesto por el R. P. Pablo Barry, de la Compañía 
de Jesús, que en él ha reunido un gran número de de- 
vociones practicadas por los santos en honor de la 
Santísima Virgen, las cuales sirven maravillosamen- 
te para santificar a las almas, con tal que se practi- 
quen como es debido, esto es: 1.2 Con una buena y 
recta intención de agradar a Dios solo, de unirse a 
Jesucristo, como a su fin último, y de edificar al pró- 
jimo. 2." Con atención, sin distracciones voluntarias. 
3. Con devoción, sin apresuramiento ni negligen- 
cia. 4.7 Con modestia y compostura de cuerpo, respe- 
tuosa y edificante. 

Después de todo, protesto enérgicamente que, aun- 
que he leído casi todos los libros que tratan de la de- 
voción a la Madre de Dios y he conversado familiar- 
mente con las personas más sabias y santas de estos 
últimos tiempos, no he conocido ni aprendido prácti- 
ca de devoción a María, semejante a la que voy a ex- 
plicar, la cual exija de una alma más sacrificios por 
Dios. la vacíe de un modo más completo de sí misma 
y de su amor propio, la conserve más fielmente en 
la gracia y a la gracia en ella, la una más perfecta y 
fácilmente a Jesucristo y sea más gloriosa a Dios, 
más santificante para el alma y más útil al prójimo. 

Como lo esencial de esta devoción consiste en el 
interior, que ella debe formar, no será comprendida 
igualmente por todos: algunos se coneretarán a lo 
que tiene de exterior y no irán más adelante, y éstos 
serán el mayor número; algunos, en número reduci- 
do. penetrarán su interior pero quedarán en el primer 
arado. ¿Quién subirá al segundo? ¿Quién llegará has- 


86 


ta el tercero? ¿Quién, en fin, vivirá en él habitualmen- 
te? Sólo aquél a quien el espíritu de Jesucristo reye. 
le este secreto, y cuya alma fidelísima conduzca al; 
por sí mismo, para progresar de virtud en virtud, de 
gracia en gracia y de luz en luz, a fin de llegar hasta 
la transformación de sí mismo en Jesucristo y a la ple- 
nitud de su edad sobre la tierra y de su gloria en el 
cielo. 


Naturaleza de la perfecta devoción 
a la Santísima Virgen. 


ARTICULO 1 


Esta devoción consiste en una perfecta consagración 
a Jesucristo por María. 


Como toda nuestra perfección consiste en estar con- 
lormes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más per- 
fecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la 
que nos conforma, nos une y nos consagra lo más 
perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo 
María, de todas las criaturas, la más conforme a Je- 
sueristo, se sigue que, de todas las devociones, la que 
más conforma y consagra un alma a Jesucristo es la 
devoción a María, su Santísima Madre, y que cuan- 
to más consagrada esté un alma a la Santísima Y: 
gen, tanto más lo estará a Jesucristo; he aquí por qué 
la más perfecta consagración a Jesucristo no es otra 
cosa «que una perfecta y entera consagración de sí 


mismo a la Santísima Virgen, que es la devoción que 
yo enseño, o con otras palabras, una perfecta renova- 
ción de los votos y promesas del santo Bautismo. 

Esta devoción, pues, consiste en darse todo entero 
a la Santísima Virgen para estar totalmente unido a 
Jesucristo por Ella. Debemos darle: 1.” Nuestro cuer- 
po con todos sus sentidos y miembros. 2. Nuestra al- 
ma con todas sus potencias. 3.” Todos los bienes nues- 
tros de fortuna que poseamos al presente o en lo ve- 
nidero. 4.” Nuestros bienes interiores y exteriores, o 
sea, nuestros méritos, nuestras virtudes, nuestras bue- 
nas obras pasadas, presentes y futuras; en una pala- 
bra: todo lo que tenemos en el orden de la naturale- 
za y en el de la gracia, y todo lo que podemos tener 
en lo venidero y en el orden de la naturaleza, de la 
gracia o de la gloria, sin reservarnos nada, ni un cén- 
timo, ni un cabello, ni la más pequeña acción, y esto 
por toda la eternidad y sin pretender ni esperar nin 
guna recompensa de su ofrecimiento y servicio más 
que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en 
la, aun cuando esta amabilísima Señora no fuese. 
como en realidad lo es, la más liberal y agradecida 
de las criaturas. 

Aquí debemos notar que en las obras buenas que 
hacemos hay dos cosas, a saber: la satisfacción y el 
mérito, o en otros términos: el valor satisfactorio o 
impetratorio y el valor meritorio. El valor satisfac- 
torio o impetratorio de una buena obra es una buena 
acción en cuanto satisface a la pena que se debe al 
pecado u obtiene alguna nueva gracia; el valor meri- 
torio o el mérito es una buena acción en cuanto me- 


88 


rece la gracia y la gloria eterna. De consiguiente, en 
esta consagración de nosotros mismos a la Santísima 
Virgen, le damos todo el valor satisfactorio, impetra- 
torio y meritorio; de otra manera; las satisfacciones 
y méritos de todas nuestras buenas obras; le damos 
nuestros méritos, nuestras gracias y nuestras virtudes, 
no para comunicarla a otros (pues nuestros méritos, 
gracias y virtudes son, hablando con propiedad, inco- 
municables y no ha habido otro más que Jesucristo 
que, haciéndose nuestro fiador ante su Padre, nos 
haya podido comunicar sus méritos), sino para con- 
servárnoslos, aumentárnoslos y embellecérnoslos, se- 
gún diremos luego: le damos nuestras satisfacciones 
para que las comunique a quien le plazca y pora la 
mayor gloria de Dios. 

Síguese de aquí que: 1. Por esta devoción damos 
a Jesucristo, de la manera más perfecta, pues es por 
las manos de María, todo lo que se le puede dar y 
mucho más que por las otras devociones con las cua- 
les le damos una parte del tiempo o una parte de nues- 
tras buenas obras. o una parte de nuestras satisfaccio- 
nes y mortificaciones. Por Ella lo entregamos y consa- 
gramos todo, hasta el derecho de disponer de los hie- 
nes interiores y hasta de las satisfacciones que gana- 
mos de día en día por nuestras buenas obras, cosa 
que ni aun en las órdenes religiosas se hace. En és- 
tas se dan a Dios los bienes de fortuna por el voto de 
pobreza, los bienes del cuerpo por el voto de casti- 
dad, la propia voluntad por el voto de obediencia, y 
algunas veces la libertad del cuerpo por el voto de 
clausura; pero no se da la libertad o el derecho que 


39 


se tiene a disponer del valoz de sus buenas obras, y no 
se despoja el alma cuanto puede de lo que el cristiano 
tiene de más precioso y más caro, que son sus méritos 
y sus satisfacciones. 

2.2 Despréndese igualmente que una persona que 
voluntariamente así se ha consagrado y sacrificado a 
Jesucristo por María, no puede disponer ya del valor 
de ninguna de sus buenas acciones; todo lo que sutre, 
todo lo que piensa, dice y hace de bueno pertenece a 
María, para que Ella disponga de todo, según la vo- 
luntad de su Hijo, y para su mayor gloria, sin que, 
a pesar de esto, dicha dependencia perjudique en ma- 
nera alguna a las obligaciones del estado en que al 
presente se esté, o en el que se pueda en lo sucesivo 
vivir: por ejemplo, a las obligaciones de un sacerdo- 
te, que, por su oficio o por cualquier otra razón, debe 
aplicar el valor satisfactorio e impetratorio de la santa 
Misa a un particular; porque no se hace esta ofrenda 
sino según la orden de Dios y los deberes del estado. 

3." Por último, se deduce de lo expuesto que la 
consagración se hace a un mismo tiempo a la Santí- 
sima Virgen y a Jesucristo: a la Santísima Virgen, 
como el medio perfecto que Jesucristo ha escogido pa- 
ra unirse a nosotros y unirnos a nosotros mismos con 
El; y al Señor como a nuestro fin último al cual de- 
bemos todo lo que somos como a nuestro Redentor y 
a nuestro Dios. 


90 


ARTICULO 1H 


La consagración de la perfecta devoción 
consiste en una perfecta renovación de las promesas 
del Bautismo. 


He dicho que esta devoción podía muy bien lla- 
marse una perfecta renovación de los votos o prome- 
sas del santo Bautismo, porque todo cristiano antes 
del Bautismo era esclavo del demonio, en cuanto le 
pertenecía, y por su propia boca y la de su padrino y 
su madrina renunció en el Bautismo solemnemente a 
Satanás. a sus pompas y a sus obras, tomando a Je- 
sucristo por Dueño y soberano Señor, a fin de estarle 
sujeto en calidad de esclavo de amor. Y esto mismo 
es lo que hace por la presente devoción: se renun- 
cia (según se advierte en la fórmula de la consagra- 
ción) al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo, 
y se entrega uno totalmente a Jesucristo por las ma- 
nos de María. Y hasta podemos decir que se hace algo 
más, porque en el Bautismo hablamos ordinariamente 
por la boca de otro, esto es, por el padrino y la ma- 
drina y. si nos damos a Jesucristo, es por medio de 
procurador, pero en esta devoción lo hacemos por nos- 
otros mismos, voluntariamente, con conocimiento de 
causa. En el santo Bautismo no nos damos a Jesucris- 
to por las manos de María, al menos de una manera 
expresa, y no le damos el valor de nuestras buenas ac- 
ciones, quedando después de él enteramente libres pa- 
za aplicarle a quien queramos o conservarle para nos- 


9% 


otros mismos; pero por esta devoción nos damos ex- 
presamente al Señor por las manos de María y le con- 
sagramos el valor de todas nuestras acciones. 

Los hombres, dice Santo Tomás, hacen voto en el 
Bautismo de renunciar al diablo y a sus pompas: /n 
Baptismo vovent homines abrenuntiare diabolo et pom- 
pis ejus. Y este voto, dice San Agustín, es el más gran- 
de y el más indispensable: Votum maximum nostrun 
quo vovimus nos in Chrito esse mansuros (1). lo cual 
confirman los canonistas diciendo: Proecipuum votum 
est quod in baptismate facimus. Sin embargo, ¿quién 
es el que guarda este gran voto? ¿Quién es el que 
cumple fielmente las promesas del santo Bautismo? 
¿Acaso no violan casi todos los cristianos la fideli- 
dad que en su Bautismo prometieron a Jesucristo? ¿De 
dónde puede originarse este desarreglo tan universal, 
sino es del olvido en que se vive de las promesas y 
obligaciones del santo Bautismo, y de que casi nadie 
ratifica por sí mismo el contrato de alianza que ha 
hecho con Dios por su padrino o madrina? Tan ver- 
dadero es esto que el Concilio de Sens, convocado por 
orden de Ludovico Pío, para remediar los desórde- 
nes de los cristianos, que eran grandes, juzgó que la 
causa principal de esta corrupción en las costumbres 
procedía del olvido y de la ignorancia en que vivían 
acerca de las promesas del santo Bautismo: y no halló 
medio más eficaz para contrarrestar mal tan grande, 
que inducir a los cristianos a que renovasen los votos 
y promesas del santo Bautismo. 


(1) Epístola 49 ad Paulin. 


El Catecismo del Concilio de Trento, fiel intérpre- 
te de las intenciones de este santo Concilio, exhorta a 
los párrocos a que hagan lo mismo e inculquen a sus 
pueblos que se acuerden y crean que están ligados y 
consagrados a Jesucristo, como esclavos a su Reden- 
tor y Señor. He aquí sus palabras: Parochus fidelem 
populum ad eam rationem cohortabitur ut sciat oe- 
puum esse... non ipsos, nos secus ac mancipia, Re- 
demptori nostro et Domino in perpetuum addicere et 
consecrare. (Cat. Conc. Trid., part. 1, art. 2. $ 19.) 

Ahora bien, si los Concilios, los Padres y la expe- 
riencia misma nos enseñan que el mejor medio para 
remediar los desarreglos de los cristianos es hacerles 
recordar las obligaciones del Bautismo y renovar los 
votos que entonces hicieron, ¿no será razón que lo ha- 
gamos ahora de una manera perfecta, mediante esta 
devoción y consagración al Señor por medio de su 
Santísima Madre? Y digo de una manera perfecta 
porque, para consagrarnos a Jesucristo, nos servimos 
del más perfecto de todos los medios, que es la Santí- 
sima Virgen. 


ARTICULO 111 


Objeciones y respuestas. 


Nadie puede objetar que esta devoción sea nueva 
o indiferente. No es nueva, porque los Concilios, los 
Padres y muchos autores antiguos y modernos hablan 
de esta consagración al Señor o renovación de los vo- 


93 


tos del santo Bautismo, como una cosa practicada des- 
de antiguo y que aconsejan a todos los cristianos: no 
es indiferente, porque la principal fuente de los des- 
órdenes, y, por consiguiente, de la condenación de los 
cristianos, procede del olvido y de la indiferencia de 
esta práctica. 


Alguno tal vez diga que, haciéndonos esta devoción 
entregar a Jesucristo, por las manos de la Santísima 
Virgen, el valor de todas nuestras buenas obras, ora: 
ciones, mortificaciones y limosnas, nos deja incapa- 
ces para socorrer a las almas de nuestros parientes, 
amigos y bienhechores. 

A éstos les respondo: 1. No podemos creer que 
nuestros amigos, parientes o bienhechores sufran da- 
ño alguno, porque nosotros nos entreguemos y consa- 
giemos a nosotros mismos sin reserva al Servicio del 
Señor y de su Santísima Madre, sin hacer injuria al 
poder y a la bondad de Jesús y de María, los cuales 
sabrán muy bien socorrer a nuestros parientes, ami- 
gos y bienhechores, ya del pequeño caudal espiritual 
nuestro, ya de otros cualesquiera modos. 2.* Esta prác- 
tica no impide que roguemos por los otros, tanto muer- 
tos como vivos, aunque la aplicación de nuestras bue- 
nas obras dependa de la voluntad de la Santísima Vir- 
gen; sino que, por el contrario, ella nos permitirá ro- 
gar con más confianza, bien así como si una persona 
rica hiciera donación de todos sus bienes a un gran 
príncipe para honrarle mejor, rogaría con más con- 
fianza a este príncipe que diese una limosna a cual- 


94 


quiera de sus amigos que se la pidiera. Este príncipe, 
en tal caso, quedaría complacido de que se le propor- 
cionase ocasión de testificar su reconocimiento hacia 
una persona que se ha despojado de todo para vestir- 
le, que se ha empobrecido para honrarle, Otro tanto 
debemos decir de Jesucristo y de la Santísima Virgen, 
los cuales jamás se dejarán vencer por nadie en cuan- 
to a gratitud. 


Quizá alguno diga: Si doy a la Santísima Virgen 
todo el valor de mis acciones para aplicarle a quien 
Ella quiera, tal vez sea preciso que yo pase mucho 
tiempo en el Purgatorio. Esta objeción, nacida del 
amor propio y de la ignorancia acerca de la liberali- 
dad de Dios y de la de su Santísima Madre, se des- 
truye por sí misma: un alma ferviente y generosa, 
que se cuida más de los intereses de Dios que de los 
suyos. que da a Dios todo lo que tiene, sin reserva, en 
forma que ya no le puede dar más, non plus ultra, que 
no suspira más que por la gloria y el reinado de Je- 
sucristo por medio de su Santísima Madre, y que se 
sacrifica toda entera por hacerse de ello digna, esta 
alma generosa y liberal, digo, ¿será acaso más cas- 
tigada en la otra vida por haber sido más liberal y 
desinteresada que las otras? Tan lejos está de ser así, 
que con esta alma es. como veremos a continuación, 
con quien el Señor y su Santísima Madre se muestran 
más liberales en este mundo y en el otro, en el orden 
de la naturaleza, de la gracia y de la gloria. 


95 


Precisa que veamos ahora lo más brevemente po- 
sible los motivos que nos deben hacer recomendable 
esta devoción, los efectos maravillosos que produce en 
las almas fieles, y las distintas prácticas de la misma. 


CAPITULO HI 


Motivos de esta perfecta consagración. 


ARTICULO 1 

Primer motivo.—Excelencias de la perfecta 
consagración. 

Primer motivo, que nos muestra la excelencia de 


esta consagración de sí mismo a Jesucristo por las ma- 
nos de María. 

Si en la tierra no se puede concebir empleo más 
alto que el servicio de Dios; si el menor siervo de 
Dios es más rico, más poderoso y más noble que to- 
dos los reyes y emperadores de la tierra que no sean 
siervos de Dios, ¿cuán grandes no serán las riquezas, 
el poder y la dignidad del fiel y perfecto servidor de 
Dios, que se entrega a su servicio enteramente en todo 
cuanto puede? Tal es un fiel y amoroso esclavo de Je- 
sús en María. que se ha dado totalmente al servicio de 
este Rey de reyes, por las manos de su Santísima Ma- 
dre, y que nada ha reservado para sí mismo: el oro 
todo de la tierra y las bellezas de los cielos son insig- 
nificantes para pagar tan gran servicio. 


96 


Las otras congregaciones, asociaciones y cofradías 
exigidas en honor del Señor y su Santísima Madre, 
que producen tan grandes bienes en el cristianiemo, 
no obligan a darlo todo sin reserva, no prescriben a 
sus asociados más que algunas prácticas y actos para 
satisfecer sus deberes, dejándoles libres todas las otras 
acciones y todo el tiempo restante de su vida; mas 


esta devoción de que nos ocupamos, nos hace dar sin 


reserva a Je y María todos nuestros pensamientos, 
palabras, acciones y sufrimientos y todos los momen- 
tos de nuestra vida, de modo que ya velemos, ya dur- 
mamos, ora bebamos, ora comamos, bien realicemos 
las más grandes acciones, bien hagamos las más pe- 
queñas, siempre podremos decir con verdad que lo 
que hacemos, aun cuando en ello no pensemos, es siem- 
pre de Jesús y de María, en virtud de nuestro ofreci- 
miento. a menos que lo hayamos expresamente retrac- 
tado. ¡Qué consuelo! 

Además de esto, según ya llevamos dicho, no hay 
práctica alguna, fuera de ésta, por la cual nos veamos 
libres fácilmente de cierta propiedad que se mezcla 
imperceptiblemente a las mejores acciones; y nuestro 
buen Jesús concede esta gracia verdaderamente gran- 
de en recompensa de la acción heroica y desinteresa- 
da que realiza quien, por las manos de su Santísima 
Madre, le hace cesión de todo el valor de sus buenas 
obras. Y si da El el ciento por uno en este mundo a 
los que por su amor abandonan los bienes exteriores, 
temporales y perecederos, ¿a qué grado no elevará la 
recompensa que dé a los que le han sacrificado has- 
ta los bienes interiores y espirituales? 


97 


Jesús, nuestro gran amigo, se ha dado a nosotros 
sin reserva, entregándonos su cuerpo y su alma, virtu- 
des, gracias y méritos: Se toto totum me comparavil, 
dice san Bernardo: «Me ha ganado iotalmente dándo- 
se todo entero a mi.» ¿No deberemos, pues, por jus- 
licia y gratitud, darle todo lo que le podemos dar? El 
ba sido el primero en mostrarse liberal con nosotros. 
Seámosio nosotros con El también y le encontraremos 
todavía más liberal durante la vida, en la muerte y por 
toda la eternidad. Cum liberali liberalis erit, 


ARTICULO U 


Segundo motivo. — Conveniencia y ventaja de esta 
consagración. 


Segundo motivo, que nos dice ser justo de por sí y 
ventajoso al cristiano consagrarse todo entero a la 
Santísima Virgen por medio de esta práctica, a fin de 
consagrarse más perfectamente a Jesucristo. 

Este buen Maestro no ha encontrado indigno de El 
encerrarse en el seno de la Santísima Virgen, como 
un cautivo y esclavo de amor, y de estarle sometido 
y obedecerle durante treinta años. Aquí es, repito, 
donde la mente humana se confunde, apenas intenta 
reflexionar seriamente en esta conducta de la Sabidu- 
ría encarnada, que no ha querido, a pesar de que lo 
podía hacer, darse directamente a los hombres, sino 
por la Santísima Virgen; que no ha querido venir al 
mundo a la edad de un hombre perfecto, independien- 


98 


te de los otros, sino como un pobre y tierno niño que 
necesita de los cuidados y de la manutención de su 
Santísima Madre. Ésta Sabiduría infinita, que tenía 
un desco inmenso de glorificar a Dios su Padre, y de 
salvar a los hombres, no ha encontrado medio más 
perfecto y fácil de hacerlo que someterse en todas las 
cosas a la Santísima Virgen, no sólo durante los ocho, 
diez o quince primeros años de su vida, como los de- 
más niños, sino durante treinta años; y durante este 
tiempo de sumisión y dependencia de la Santísima 
Virgen, ha dado más gloria a Dios su Padre, que si 
hubiese empleado estos treintas años en hacer prodi- 
gios, en predicar por toda la tierra y en convertir a 
todos los hombres; que si hubiera creído lo otro más 
perfecto, lo hubiera realizado. 

¡Ah!, ¡ah!, y ¡cuán altamente glorificamos a Dios 
cuando, a ejemplo de Jesús, nos sometemos a María! 

Teniendo ante los ojos un ejemplo tan visible y co- 
nocido de todo el mundo, ¿seremos acaso tan insen- 
satos que creamos hallar un medio más perfecto y más 
fácil para glorificar a Dios que imitar la conducta 
de su Hijo, sometiéndonos a María? 

Traigamos a la memoria, como prueba de la de- 
pendencia que debemos tener de la Santísima Virgen, 
lo que ya dije arriba refiriendo los ejemplos que nos 
dan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de la de- 
pendencia que debemos guardar con respecto de la 
Santísima Virgen. El Padre no ha dado ni da a su 
Hijo si no es por Ella, no se forma hijos más que 
por Ella, y no comunica sus gracias sino por medio 
de Ella; el Hijo no ha sido formado para todo el 


99 


mundo en general más que por Ella, no se forma y 
se engendra todos los días más que por Ella en la 
unión con el Espíritu Santo, y no nos comunica 
sus méritos y sus virtudes más que por Ella; el 
Espíritu Santo no ha formado a Jesucristo sino por 
kila, no forma los miembros de su cuerpo místico 
más que por Ella y no dispensa sus dones y favores 
más que por kia. Después de tantos y tan apremian- 
tes ejemplos de la Santísima Trinidad, ¿podremos, 
si no estamos completamente ciegos, prescindir de 
María, no consagramos a Ella y no someternos a Ella 
para ir a Dios y para sacrificarnos a Dios? 

Veamos algunos pasajes latinos de los Padres, que 
he recogido con el fin de probar lo que acabo de 
decil 

«Duo filii Marise sunt, homo Deus et homo purus; 
unius corporaliter, et alterius spiritualiter Mater est 
Maria». (S. Bon, et Orig.) 

«Hec est voluntas Dei, qui totum nos voluit ha- 
bere per Mariam; ac proinde si quid spei, si quid 
grati, si quid salutis, ab ca noverimus redundare». 
(5, Bernar.) 

«Omnia dona, virtutes et gratiw ipsius Spiritus 
Sancti, quibus vult. quando vult, quomodo vult et 
quantum  vult, per ipsius manus administrantur». 
(S. Bernard.) 

«Qui indignus eras cui daretur datum est Marie, 
ut per cam acciperes quidquid haberes». (S. Ber. 
nard.) 

Dios, viendo que somos indignos de recibir sus 
gracias inmediatamente de sus manos, dice S. Ber- 


100 


nardo, las da a María, para que por Ella tengamos 
todo lo que El nos quiere dar. y halla El también 
su gloria en recibir por las manos de María la gra 
titud, el respeto y el amor que nosotros le debemos 
por sus beneficios. Es, pues, muy justo que imitemos 
esta conducta de Dios, a fin, dice el mismo San Ber- 
nardo, de que la gracia vuelva a su Autor por el 
mismo canal por donde ha venido: Ut eodem alveo 
ad Largitorem gratia redeat quo fluxit. Esto hace- 
mos por nuestra devoción; ofrecemos y consagramos 
todo lo que somos y poseemos a la Santísima Vir- 
gen, a fin de que el Señor reciba, por su mediación, 
la gloria y la gratitud que le debemos. Nos reconoce- 
mos indignos e incapaces de acercarnos a su Majes- 
tad infinita por nosotros mismos; y he aquí por qué 
nos servimos de la intercesión de la Santísima Virgen. 

Además, con esta práctica ejercitamos en alto gra- 
do la virtud de la humildad, que Dios estima más 
que las otras virtudes. Un alma que se eleva rebaja 
a Dios, y un alma que se humilla ensalza a Dios. 
Dios resiste a los soberbios y da su gracia a Jos hu- 
mildes; si os abajáis, creyéndoos indignos de pare- 
cer ante El y de acercaros a El, desciende y se abaja 
para venir a vosotros, para complacerse en vosotros 
y para levantaros, a pesar de vuestra voluntad; pero 
todo lo contrario ocurre cuando alguien osa acer- 
carse a Dios sin mediador. Dios entonces huye, y no 
se le puede alcanzar. ¡Oh, cuánto aprecia £l la hu- 
mildad de corazón! A esta humildad es a la que nos 
lleva dicha práctica de devoción, puesto que enseña 
que no nos acerquemos jamás por nosotros mismos 


101 


al Señor, por dulce y misericordioso que sea, sino 
que siempre nos sirvamos de la intercesión de Ma- 
ría, para presentarnos ante Dios, para hablarle, para 
acercarnos a El, para ofrecerle algo, para unirnos y 
consagrarnos a El. 


ARTICULO 111 


Tercer motivo.—Maravillosos efectos de esta 
perfecta consagración. 


$ L—María se da a su esclavo. 


La Santísima Virgen, que es Madre de dulzura y 
de misericordia, y que jamás se deja vencer en amor 
y liberalidad, viendo que alguien se da del todo a 
Ella, para honrarla y servirla, despojándose de cuan- 
to tiene de más querido para adornarla a Ella, se da 
también totalmente y de una manera inefable a aquel 
que se le entrega todo. Ella le hace sumergirse en el 
abismo de sus gracias, le adorna con sus méritos, le 
apoya con su poder, le esclarece con su luz, le abra- 
sa con su amor, le comunica sus virtudes: su humil- 
dad, su fe, su pureza, etc.; se hace su fiadora, su 
suplemento y su todo para con Jesús. Por último, co- 
mo esta persona consagrada es toda de María, María 
también se hace toda suya, de modo que de este per- 
fecto siervo e hijo de María podemos decir lo que 
San Juan Evangelista dijo de sí: que tomó a la San- 


102 


tísima Virgen por todos sus bienes: Accepit eam dis- 
cipulus in sua (1). 

Esto es lo que produce en su alma, si es fiel, una 
gren desconfianza, desprecio y aborrecimiento de sí 
mismo, y una gran confianza y gran abandono en la 
Santísima Virgen, su Señora, y hace que ya no se apo- 
ye como antes en sus disposiciones, intenciones, mé- 
ritos, virtudes y buenas obras, porque, habiendo he- 
cho un entero sacrificio a Jesucristo por esta amo- 
rosa Madre, no le resta más que un tesoro en donde 
están todos sus bienes, el cual no le tiene en sí. y este 
tesoro es María. Esto es lo que le hace acercasre al 
Señor sin temor servil y escrupuloso w rogarle con 
mucha confianza; esto es lo que le hace entrar en 
los sentimientos del devoto y sabio abad Ruverto, 
sue. aludiendo a la victoria obtenida por Jacob so- 
bre un ángel, dijo a la Santísima Vireen estas pala- 
bras: ¡Oh María!, Princesa mía y Madre inmacula- 
da de un Dios-Hombre. Jesucristo: vo deseo luchar 
con este hombre, a saber: el Verbo divino. armado 
no con mis provios méritos, sino con los tivos: O 
Domina. Dei Genitrix, Maria, et incorrupta Mater 
Dei et hominis. non meis. sed tuis armatus meritis, 
cum isto Viro, scilicer Verbo Dei. luctari eupio. 
(Rup.. proloz. in Cantic) ¡Oh. enán poderosos y 
fuertes «quedamos ante Jesucristo cuando nos hemos 
armado con los méritos y la intercesión de la díena 
Madre de Dios que, como dice San Agustín. ha ven- 
cido amorosamente al Todopoderoso! 


(1) San Juan, XIX, 27. 


103 


$ U.—Ella purifica sus buenas obras, las hermosea y hace 
que su Hijo las acepte. 


Como mediante esta práctica damos al Señor por 
las manos de su Santísima Madre, todas nuestras hue- 
nas obras, esta tierna Señora las purifica. las her- 
mosea y hace que su Hijo las acepte. 


12 Ella las pnrifica de toda mancha de amor pro- 
pio y del apezo imperceptible a la criatura, que se 
desliza insensiblemente en las mejores acciones. Des- 
de que estas nuestras obras las ponemos en sus ma- 
nos purísimas y fecundas, Ella, con estas mismas ma- 
nos, que nunca han sido estériles y ociosas y que 
todo lo que tocan lo purifican. quita del obsequio que 
lo hacemos todo lo que en él puede haber de dañado 
e imperfecto. 

2. Ella las embellece, adornándolas con sus mé- 
ritos y sus virtudes. Es como si, queriendo un labra- 
dor ganar le amistad y la benevolencia del rev, acu- 
diera a la reina y la presentase una manzana, que es 
todo lo que él posee. para que ella la ofreciese al rey. 
La reina. después de acepter este humilde obsequio, 
colocaría esta manzana en medio de un grande y her- 
moso plato de oro, y de esta forma la presentaría al 
rey, en nombre del labrador, y así esta manzana. que 
por sí sola no merecía ser ofrecida al rey. se conver- 
tirá en un regalo divino de su Majestad, en atención 
2% plato de oro en que va y a la persona que la en- 
trega. 


104 


3. Ella presenta a Jesucristo estas buenas obras, 
porque, en último fin, no guarda para sí nada de lo 
que se la presenta. sino que lo envía todo a Jesucris- 
to con fidelidad. Si algo la damos, lo damos a Jesús: 
si la alabamos, si la glorificamos, inmediatamente Ella 
alaba y glorifica a Jesucristo. Ahora, lo mismo que 
en otro tiempo cuando Santa Isabel la alabó, canta 
cuando se la alaba y bendice: Magnificat anima mea 
Dominum (1). 


Ella hace que Jesús acepte estas buenas obras, por 
pequeño y pobre que sea el obsequio para este Santo 
de los santos y este Rey de reyes. Cuando presenta- 
mos alguna cosa a Jesús por nosotros mismos, apo- 
yados en nuestra propia industria y disposición, Je- 
sús examina el presente y no pocas veces lo rechaza 
por la mancha que le hace contraer el amor propio. 
lo mismo que en otro tiempo rechazó los sacrificios 
de los Judíos, porque estaban totalmente Menos de su 
propia voluntad. Pero cuando le damos alguna cosa 
por las manos puras y virginales de su muy amada, 
le tomamos por su flaco, si se me permite vsar este 
término; entonces El no atiende tanto a la cosa que 
le damos como a la cariñosa Madre que se la pre- 
senta; no considera tanto de dónde viene este presen- 
te como Aquella por la cual le viene. Así. pues. María, 
que jamás ha sido rechazada y siempre bien recibida 
por su Hijo, hace que su Majestad acepte con agrado 
todo cuanto Ella le presente. pequeño o grande: basta 


(1) 5. Luc, T, 46, 


105 


que María lo presente, para que Jesús lo reciba y lo 
apruebe, Este es el gran consejo que San Bernardo da- 
ha a todos aquellos y aquellas que conducía a la per- 
fección: «Cuando queráis ofrecer algo a Dios, procu- 
rad ofrecerlo por las manos agradabilísimas y dignísi- 
mas de María. si no queréis ser rechazados.» Modi- 
cum quid offerre desideras. manibus Mariae offeren- 
dum tradere cura, si non vis sustinere repulsam (1). 


+ 


¿Acaso no es esto lo que la misma naturaleza ins- 
pira a los pequeños para con los grandes, según he- 
mos visto? ¿Por qué la gracia no nos hará que ob- 
servemos idéntica conducta con Dios, que es infini- 
tamente superior a nosotros y delante del cual somos 
menos que un simple átomo, teniendo, por otra parte, 
una abogada tan poderosa, que jamás es desatendida; 
tan ingeniosa. que conoce todos los secretos para ga- 
nar el corazón de Dios; tan buena y caritativa, que 
a nadie desecha, por pequeño y perverso que sea? 

A continuación expondré la figura verdadera de to- 
das estas cosas que digo, en la historia de Jacob y 
Reheca. 


(1) S. Bernardo. Lib. de Aquaed. 


106 


ARTICULO IV 


Cuarto motivo.—Esta devoción es un medio 
excelente para procurar la mayor gloria de Dios. 


Esta devoción. practicada con fidelidad, es un me- 
dio excelente para obrar de manera, que el valor de 
todas nuestras buenas obras sea empleado 
yor gloria de Dios. Casi nadie obra por 
noble, a pesar de que a ello estamos obligados. bien 
porque no sabemos dónde está la mayor gloria de 
Dios, bien porque no la deseamos. Pero como la San- 
tísima Virgen. a quien cedemos el valor y el mérito 
de nuestras buenas obras, conoce perfectísimamente 
dónde está la mayor eloria de Dios y no hace otra 
cosa más «ue procurarla, el perfecto siervo de esta 
Señora, :1ue totalmente se ha consagrado a Ella. se- 
gún ya hemos dicho, puede decir sin temor «ue cl 
valor de todas sus acciones, pensamientos y palabras 
se emplea en la mayor gloria de Dios, si va no es 
que revoca expresamente su ofrenda. ¿Se puede ha- 
Mar algo más consolador para un alma que ama a 
Dios con amor pnro y desinteresado y que antepone 
la gloria e intereses del Señor a los suyos propios? 


107 


ARTICULO V 


Quinto motivo.—Esta devoción conduce 
a la unión con Dios. 


Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y 
seguro para llegar a la unión con Nuestro Señor, que 
es en lo que consiste la perfección del cristiano. 


$ L—Es camino fácil. 


Es camino fácil: es un camino que Jesucristo ha 
abierto, viniendo a nosotros, y en donde no hay obs- 
táculo alguno para llegar a El. Se puede, en verdad, 
Negar a la unión divina por otros caminos; pero en 
éstos se encuentran muchas más cruces y muertes ex- 
trañas, y se tropieza con más obstáculos que apenas 
se vencen con mucha dificultad. Para ello es nece- 
sario pasar por noches oscuras, por combates y ago- 
nías espantosos, por escarpados montes, sobre espi- 
nas muy punzantes y a través de horribles desier- 
tos. Mas por el camino de María se va mucho más 
dulce y tranquilamente. Es verdad que en él encon- 
tramos rudos combates que sostener y grandes dificnl- 
tades que vencer; pero esta cariñosa Madre y Seño- 
ra está tan cerca y tan presente a sus fieles servido- 
res para alumbrarlos en sus tinieblas, para esclare- 
cerlos en sus dudas, para afirmarlos en sus temores. 
para sostenerlos en sus combates y dificultades. que 
en verdad este camino virginal para encontrar a Je- 


108 


sucristo, en comparación de los demás, es un camino 
de rosas y de miel, Ha habido algwnos santos, pero 
en corto número, como San Efrén. San Juan Damas- 
ceno, San Bernardo. San Bernardino, San Buenaven- 
tura, San Francisco de Sales, etc., que han pasado 
por este camino dulcz para ir a Jesucristo, porque el 
Espíritu Santo. Esposo fiel de María, se lo ha ense- 
ñado por una gracia sineular: pero los otros santos, 
que son en mayor número. aunque todos hayan teni- 
do devoción a la Santísima Virgen, no por e<o han 
entrado, o, si han entrado, ha sido muy poco, en este 
camino, y esta es la causa de haber tenido que pasar 
pruebas más rudas y peligrosas. 


4 


¿Cómo se explica, me dirá algún fiel servidor de 
María, que los siervos fieles de esta bondadosa Ma- 
dre tienen tantas ocasiones de sufrir y más que los 
otros que no le son tan devotos? Se los contradice. 
persigue y calumnia y no se los puede tolerar. o bien 
caminan en tinieblas interiores y por desiertos en 
donde no se ve la menor gota de rocío del cielo: si 
esta devoción a la Santísima Virgen facilita el ca- 
mino para llegar a Jesucristo, ¿cómo es ame los que 
van por él son los más crucificados? A éste le res- 
pondo que ciertamente los fieles servidores de la San- 
tísima Virgen, como sus más grandes favoritos, reci- 
ben de Ella las mayores eracias y favores celestiales, 
que son las cruces; pero sostengo también que los 


109 


servidores de María son los que llevan estas cruces 
con más facilidad, mérito y gloria, y que lo que a 
utro deteudría mil veces o le haría caer, a ellos no 
les detiene ni una sola vez y ies hace adelantar, por- 
que esta cariñosa Madre, toda llena de gracias y de 
la unción del Espíritu Santo, endulza todas estas cru- 
ces que les prepara con el azúcar de su dulzura ma- 
ternal y con la unción del puro amor; por manera 
que ellos las comen alegremente como nueces conti- 
tadas, aunque de por sí sean muy amargas. 1 creo que 
una persona que quiera ser devota y vivir piadosamen- 
te en Jesucristo y, por tanto, suírir persecución y lle- 
var todos los días su cruz, no podrá llevar grandes 
cruces o no las ilevará alegremente, ni hasta el fin, si 
no profesa una tierna devoción a la Santísima Virgen, 
que es la que enduiza las cruces; de la misma mane- 
ra que una persona no podría comer sin grandísima 
violencia, que apenas sería duradera, nueces verdes 
que no estuviesen confitadas con azúcar. 


$ 11.—£Es camino corto. 


Esta devoción a la Santísima Virgen es camino cor- 
to para encontrar a Jesucristo, ya sea porque en él 
ho se extravía nadie, ya porque, como acabo de decir, 
por él se marcha con más alegría y facilidad y, por 
consiguiente, con más prontitud. Más se adelanta en 
poco tiempo que estemos sumisos y obedientes a Ma- 
ría, que en años enteros que hagamos nuestra volun- 
tad propia y nos apoyemos en nosotros mismos; por- 
que un hombre obediente y sumiso a esta divina Se- 


110 


hora cantará victorias muy señaladas sobre todos sus 
cvemigos. Es verdad que éstos le querrán impedir que 
siga la marcha, hacerlo retroceder o caer; pero con 
el apoyo, ayuda y conducción de María, sin caer, re- 
troceder y aun retardarse, caminará a paso de gigan- 
te hacia Jesucristo, por el mismo camino por donde 
está escrito que Jesús ha venido a nosotros, a pasos 
agigantados y en poco tiempo. 

¿Por qué creéis que Jesucristo ha vivido tan poco 
liempo sobre la tierra, y que durante los pocos años 
que ha vivido, casi toda su vida la ha pasado en la 
sumisión y obediencia a su Madre? ¡Ah!, es porque, 
habiéndose consumado pronto su carrera, ha vivido 
mucho tiempo y muchísimo más todavía que Adán, 
cuyas pérdidas venía El a reparar, a pesar de que 
éste vivió más de novecientos años; y la razón de ha- 
ber vivido Jesucristo más que Adán fué el haber vi- 
vido muy sometido y unido a su Santísima Madre, pa- 
ra obedecer a su Eterno Padre; porque; 1. El que 
honra a su madre es semejante a un hombre que ate. 
sora, dice el Espíritu Santo; es decir: que el que hon- 
ra a María, su Madre, hasta sometérsele y obedecerla 
en todo, pronto se hará muy rico, porque diariamente 
atesora riquezas, por el secreto de esta piedra filosu- 
fal: Qui honorat matrem, quasi qui thesaurizat (1). 
2.” Porque, según una interpretación espiritual de es. 
tas palabras del Espíritu Santo: Senectus mea in mi- 
sericordia uberi: «Mi vejez se encuentra en la miseri- 
cordia del seno», en el seno de María que ha rodeado 


(1) Eccle., IL, 5. 


í11 


y engendrado a un hombre perfecio y que ha tenido la 
capacidad de contener a Áquel que no cabe ni es abar- 
cado por el universo; en el seno de María, digo, es 
en donde los jovencitos se convierten en ancianos por 
la uz, por la santidad, por la experiencia y por la sa- 
biduría y llegan en pocos años a la plenitud de la edad 
de Jesucristo. 


$ 1U.—Es camino perfecto. 


Esta práctica de devoción a la Santísima Virgen es 
un camino perfecto para ir a unirse con Jesucristo, 
pues esta divina Señora es la más períecta y más san- 
ta de las puras criaturas, y Jesucristo, que ha venido 
de la manera más perfecta a nosotros, no ha tomado 
otro camino en tan grande y admirable viaje. El Altí- 
simo, el incomprensible, el inaccesible, el que es ha 
querido venir a nosotros, gusanillos de la tierra, que 
nada somos. Y ¿cómo se ha verificado esto? El Altí- 
simo ha bajado perfecta y divinamente, por medio de 
esta humilde Virgen, hasta nosotros, sin perder nada 
de su divinidad y santidad; y por María es por donde 
los pequeñuelos debemos subir perfecta y divinamen- 
te al Altísimo, sin temer nada. £l Incomprensible se 
ha dejado abarcar y contener perfectamente por la hu- 
milde María, sin perder nada de su inmensidad; y 
por esta misma humilde María es por la que debemos 
dejarnos contener y conducir perfectamente sin reser- 
va alguna. El inaccesible se ha acercado, se ha unido 
estrecha, perfecta y hasta personalmente a nuestra hu- 
manidad por María, sin perder nada de su Majestad; 


112 


y por María es por quien nosotros nos hemos de acer- 
var a Dios y unirnos a su Majestad perfecta y estre- 
chamente, sin temor de ser rechazados. En fin, Aquel 
que es ha querido venir al que nada es, y hacer que 
el que nada es, se haga Dios o Aquel que es; y esto lo 
hace perfectamente, dándose y sometiéndose del todo 
a la tierna Virgen María, sin dejar de ser en el tiem- 
po Aquel que es de toda la eternidad; asimismo, aun- 
que nosotros nada scamos, por María nos podemos ha- 
cer semejantes a Dios, por la gracia y la gloria, dán- 
donos a Ella tan perfecta y enteramente, que en nos- 
vtros nada seamos y en Ella lo seamos todo, sin te- 
mor de engañarnos. 

Denme a mí un camino nuevo para ir a Jesucristo, 
el cual esté enlosado con todos los méritos de los bien- 
aventurados, adornado con todas sus virtudes heroi- 
cas, esclarecido y hermoseado con todas las luces y 
bellezas de los ángeles, y en el cual estén todos los 
ángeles y santos para conducir por él, defender y sos- 
tener a aquellos y aquellas que quisieran ir por él; en 
verdad, en verdad me atrevo a decir, y digo lo que 
siento, que, antes que ir por este camino tan per- 
fecto preferiría ir por el camino inmaculado de 
María: Posui inmaculatam viam meam (1); vía o ca- 
mino sin mancha ni falsedad, sin pecado original ni 
actual, sin sombras ni tinieblas; y si mi amable Jesús 
con toda su gloria viene otra vez al mundo (como es 
cierto que ha de venir) para reinar en él, no hará su 
venida por otro camino que por el de la Virgen Ma- 


(1) Ps. XVIL 33. 


113 


ría, por el cual tan segura y perfectamente vino a nos- 
otros la vez primera. La diferencia que habrá entre 
una y olra venida es que la primera fué secreta y ocul- 
ta; y la segunda, gloriosa y resplandeciente; pero las 
dos son perfectas, porque las dos quedarán realizadas 
por María. ¡Ah! He aquí un misterio que no se com- 
prende todavía: Hic taceat omnis lingua. 


$ 1V.—Es camino seguro. 


Esta devoción a la Santísima Virgen es camino se- 
guro para ira Jesucristo y adquirir la perfección, 
uniéndose a El. 


12 Porque esta práctica que aquí enseño no es nue- 
va, antes bien, es tan antigua que, como dice M. Bou- 
don (muerto recientemente en olor de santidad), en un 
libro que ha escrito sobre esta devoción, no se pueden 
precisar sus comienzos; es cierto, sin embargo, que 
hace más de 700 años se encuentran indicios de ella 
en la Iglesia. San Odilón, abad de Cluny, que vivió 
hacia el año 1040, fué uno de los primeros que la 
practicó públicamente en Francia, según se nota en 
su vida. El cardenal Pedro Damiano refiere que en 
el año 1076 el Beato Marín, su hermano, se hizo es- 
clavo de la Santísima Virgen, en presencia de su di- 
rector, de una manera muy edificante: porque se pu- 
so la cuerda al cuello, tomó las disciplinas y depositó 
sobre el altar una suma de dinero, en señal de su en- 
trega y consagración a la Santísima Virgen, lo cual 
continuó con tanta fidelidad durante su vida, que en 


114 


su muerte mereció ser visitado y consolado por su 
amable Señora, escuchando de sus labios la promesa 
de que, en recompensa de su servicio, entraría en el 
paraíso. Cesario Bolando hace mención de un ilus- 
tre caballero, Vautier de Birback (1), el cual, por los 
años de 1300, hizo esta consagración de sí mismo a 
la Santísima Virgen. Esta misma devoción fué prac- 
ticada por muchos particulares hasta el siglo xvH en 
que se hizo pública. 

El Padre Simón de Rojas, de la Orden de la Tri- 
nidad, llamada de redención de los cautivos, predica- 
dor del rey Felipe III, puso en boga esta devoción por 
toda España y Alemania, y obtuvo de Gregorio XV, 
a instancias de Felipe TIL, muchas indulgencias para 
los que la practicaron. El R, P. de los Ríos, de la Or- 
den de San Agustín, se dedicó con su íntimo amigo 
el P. Rojas a extender esta devoción con sus palabras 
y escritos en los mismos países; compuso un gran 
volumen intitulado Hierarchia Mariana, en el que tra- 
ta, con tanta piedad como erudición, de la antigiiedad, 
de la excelencia y de la solidez de esta devoción. Los 
RR. Padres Teatinos en el siglo último, establecieron 
esta devoción en Italia, Sicilia y Saboya; el R. P. Es- 
tanislao Phalacio, de la Compañía de Jesús, hizo ade- 
lantar maravillosamente esta devoción en Polonia. El 
Padre de los Ríos, en el libro arriba citado. refiere los 
nombres de los príncipes, princesas, duques y cardena- 
les de diferentes reinos que abrazaron esta devoción. 

El R. P. Cornelio a Lapide, tan recomendable por 


(1) Vautier de Birback era pariente próximo de los du- 
ques de Lovaina. 


115 


su piedad como por su ciencia profunda, recibió de 
muchos obispos y teólogos la comisión de examinar es- 
ta devoción, y, después de hacerlo con toda madurez, 
le tributó alabanzas dignas de su piedad, y otros mu- 
chos grandes personajes siguieron su ejemplo. Los 
RR. PP. Jesuítas, siempre celosos por el servicio de la 
Santísima Virgen, presentaron en nombre de los Con- 
gregantes de Colonia un opúsculo sobre la Santa es- 
clavitud al duque Fernando de Baviera, entonces arz- 
obispo de Colonia, el cual dió su aprobación y permi- 
so para que se imprimiera, exhortando a los párrocos 
y religiosos de su diócesis a que extendieran cuanto 
pudiesen esta sólida devoción. El cardenal de Berulle, 
cuya memoria bendice Francia entera, fué uno de los 
más celosos en extender por Francia esta devoción, a 
pesar de todas las calumnias y persecuciones que hubo 
de sufvir por parte de los críticos y libertinos. Estos 
le acusaron de novedad, de superstición; escribieron 
y publicaron contra él un libelo difamatorio, y se sir- 
vieron, o más bien el demonio por su ministerio, de 
mil astucias para poner obstáculos a la propagación 
de esta devoción en Francia; pero este santo y gran 
varón no respondió a tales calumnias más que con su 
paciencia, y a las objeciones de los adversarios, conte- 
nidas en dicho libelo, con un escrito pequeño en don- 
de los refuta poderosamente, mostrándoles que esta 
devoción esiá fundada en el ejemplo de Jesucristo, en 
las obligaciones que le debemos y en los votos que le 
hemos hecho en el santo Bautismo, y con esta última 
razón particularmente es con la que tapa la boca a sus 
adversarios, haciéndoles ver que esta consagración a 


116 


la Santísima Virgen y a Jesucristo por sus manos no 
es otra cosa que ima perfecta renovación de los votos 
o promesas del Bautismo. Muchas y bellas cosas dice 
acerca de esta práctica, las cuales podrán leerse en 
sus obras. 

Pueden leerse en los libros de M. Boudon los dife- 
sentes Papas que han aprobado esta devoción, los teó- 
logos que la han examinado, las persecuciones que ha 
sufrido y vencido, y los miles de personas que la han 
abrazado, sin que jamás Papa alguno la haya conde- 
nado, y nadie lo podrá hacer sin trastornar los fun- 
damentos del cristianismo. Consta, pues, que esta de: 
voción no es nueva, y que si no es común, es por ser 
demasiado preciosa para ser gustada y practicada por 
todo el mundo. 


2." Esta devoción es medio seguro para ir a Jesu- 
cristo, porque el oficio de María no es otro que el de 
conducirnos con toda seguridad a su Hijo, así como 
al de Este sólo es llevarnos con seguridad a su Eterno 
Padre. Y no crean falsamente los espirituales que Ma- 
ría constituye un impedimento para su unión con 
Dios; pues, ¿qué cosa más absurda que quien ha en- 
contrado gracia delante de Dios, para todo el mundo 
en general y para cada uno en particular, sea impedi- 
mento a un alma para encontrar la inapreciable gra- 
cia de la unión con El? ¿Será acaso posible que la 
que ha sido total y superabundantemente llena de gra- 
cia, tan unida y transformada en Dios, que ha sido 
necesario que Este se encarnase en Ella, sea obstácu- 


117 


lo para que un alma se una perfectamente a Dios? Ver- 
daderamente que la vista de las otras criaturas, aun- 
que santas, podría tal vez en alguna ocasión retardar 
la unión divina; pero esto no cabe tratándose de Ma- 
ría, según he dicho y nunca me cansaré de decir. Una 
de las razones por qué tan pocas almas llegan a la ple- 
nitud de la edad de Jesucristo, es que María, que aho- 
za como siempre es la Madre de Jesucristo y la Espo- 
sa fecunda del Espíritu Santo, no se ha formado bas- 
tante en los corazones. Quien desea tener el fruto ma- 
duro y bien formado debe tener el árbol que le pro- 
duce: quien desea tener fruto de vida, Jesucristo, de- 
be tener el árbol de vida, que es María. Quien desea 
tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe te- 
ner su esposa fiel e indisoluble, la Virgen María, que 
le da fertilidad y fecundidad, como he dicho ya en otro 
lugar. 


Persuadíos. pues, que cuanto más miréis a María 
en vuestras oraciones, contemplaciones, acciones y su- 
frimientos, si no de una manera clara y distinta, al 
menos general e imperceptible, más perfectamente en- 
contraréis a Jesucristo. que está siempre con María, 
grande y poderoso. activo e incomprensible, y más 
que en el cielo y en cualquiera otra criatura del uni- 
verso. Así, lejos de ser esta divina Señora, que está 
toda transformada en Dios. un obstáculo para que 
los perfectos se unan a Dios, no ha habido ni habrá 
jamás criatura que nos ayude tan eficazmente a esta 
grande obra, bien por las gracias que a este efecto 


118 


nos comunicará, ya que, como dice un santo, nadie 
se llena del pensamiento de Dios sino es por Ella: Ne- 
mo cogitationi Dei repletur nisi per te; bien por las 
ilusiones y engaños del espíritu maligno, de los cva- 
les Ella nos librará. 

Allí donde está María no puede estar el espíritu 
maligno, y una de las más infalibles señales para co- 
nocer cuándo alguien es conducido por el espíritu del 
bien, es el ser muy devoto de María, el pensar bastan- 
te en Ella y hablar de Ella con frecuencia. 

Tal es el pensamiento de un santo, quien añade que, 
así como la respiración es señal cierta de que el cuer- 
po no está muerto, el pensar con frecuencia e invocar 
amorosamente a María es señal cierta de que el alma 
ho está muerta por el pecado. 

Como sólo María es, según dice la Iglesia y el Es- 
píritu Santo que la gobierna, la que ha destruído to- 
das las herejías: Sola cunctas hoereses interemisti in 
universo mundo: a pesar de cuanto en contra preten- 
den los críticos, nunca el que sea fiel devoto de Ma- 
vía caerá en la herejía o en el error. al menos formal; 
podrá tal vez errar materialmente, tomar la mentira 
por verdad, y al ángel de las tinieblas por el ángel 
de la luz, y aun esto con menos facilidad que los otros; 
pero, tarde o temprano, conocerá su falta y su error 
material, y cuando lo conozca no se obstinará por ma- 
nera alguna en creer y sostener lo que había creído 
como verdadero. 


119 


t 


Cualquiera, pues, que quiera sin temor de ilusión, 
la cual es muy ordinaria entre personas de oración, 
avanzar en las vías de su perfección y encontrar se- 
gura y perfectamente a Jesucristo abrace con todo co- 
razón, corde magno et animo volenti, esta devoción a 
la Santísima Virgen, que tal vez no haya conocido to- 
davía; entre en este camino excelente que le era des- 
conocido y que yo ahora le muestro: Excellentiorem 
viam vobis demostro (1). Este camino ha sido abier- 
to por Jesucristo, la Sabiduría encarnada, nuestra úni. 
ca cabeza, y nosotros sus miembros, pasando por él 
no nos perderemos. Es un camino fácil, por la pleni- 
tud de la gracia y de la unción del Espíritu Santo que 
le llena; por tanto, nadie se cansa ni retrocede ja- 
más marchando por él. Es un camino corto, que, en 
poco tiempo, nos lleva a Jesucristo. Es un camino per- 
Jecto, sin lodo, sin polvo, sin la menor inmundicia del 
pecado. Es, finalmente, un camino seguro, que nos 
conduce a Jesucristo y a Ja vida eterna de una mane- 
a recta y segura, sin desviarnos a derecha ni izquier- 
da. Entremos, pues, en este camino y vayamos por él 
de noche y de día hasta que lleguemos a la plenitud 
de la edad de Jesucristo. 


(1) Cor. XM, 31. 


120 


ARTICULO VI 


Sexto motivo.—Esta devoción proporciona 
una gran libertad interior, 


Esta devoción da a las personas que la practican 
fielmente una gran libertad interior, que es la libertad 
s de Dios. Porque, como por esta devoción 
nos hacemos esclavos de Jesucristo, consagrándoselo 
todo a El, en calidad de tales, este generoso Dueño, en 
recompensa de la cautividad amorosa a que nos so- 
metemos: 1,” Quita del alma todo escrúpulo o te- 
mor servil, que sólo es capaz de estrecharla, cautivar- 
la y embrollarla. 2." Ensancha el corazón por medio 
de una segura confianza en Dios, haciendo que le mire 
como a su Padre, 3.* Le inspira un amor tierno y f- 
lial. 

Sin detenerme a probar con razones esta verdad, 
me limitaré a referir un rasgo histórico que he leído 
en la Vida de la Madre Inés de Jesús, religiosa Jaco- 
bina (1), del convento de Langeae, en Auvernia, muer- 
ta en olor de santidad en el mismo lugar, el año 1634, 
Teniendo sólo siete años apenas y sufriendo grandes 
congojas de espíritu, oyó una voz que le dijo que, si 
quería quedar libre de todas sus penas y ser protegida 
contra todos sus enemigos, se hiciera, cuanto antes, 
esclava de Jesús y de su Santísima Madre. Apenas re- 


(1) Hasta la revolución, 
Dominicos, se llamaban así. 


Dominicas, lo mismo que los 


121 


gresó a su casa, se apresuró a darse toda entera a Je- 
sús y a su Santísima Madre en esta calidad, aun cuan- 
do entonces no sabía lo que era dicha devoción, y ha- 
biendo encontrado una cadena de hierro, se la puso 
en la cintura y la llevó hasta la muerte Después de 
esta acción, cesaron todas sus congojas y escrúpulos, 
quedando con gran paz y ensanchamiento de corazón, 
lo cual la indujo a enseñar semejante devoción a al- 
gunos otros que hicieron con ella grandes progresos, 
entre otros a M. Olier, fundador del seminario de San 
Sulpicio, y muchos sacerdotes y eclesiásticos del m 
mo seminario. Un día apareciósele la Santísima Vir- 
gen, le puso en el cuello una cadena de oro para tes- 
tificarla la alegría con que la veía hecha esclava de su 
Hijo y suya, y Santa Cecilia, que acompañaba a la 
Santísima Virgen, le dijo: «Bienaventurados los fie- 
les esclavos de la Reina del cielo, porque gozarán la 
verdadera libertad»: Tibi servire libertas. 


ARTICULO VII 


Séptimo motivo.—Esta devoción procura grandes 
bienes a los prójimos. 


Hay otra razón. que nos induce a abrazar esta prác- 
tica, y es los grandes bienes que de ella reportará nues- 
tro prójimo. Por ella, en efecto, se ejerce con él la 
caridad de wna manera eminente. pues se le da, por 
las manos de María. todo lo que se tiene de más caro, 
que es el valor satisfactorio e impetratorio de todas 


122 


las buenas obras, sin exceptuar el menor pensamiento 
bueno y el más pequeño ofrecimiento, consiéntese en 
que todas las satisfacciones que se han adquirido y las 
que hasta la muerte se adquirirán se empleen, según 
la voluntad de la Santísima Virgen, en la conversión 
de los pecadores o en librar a las almas del Purgato- 
rio. ¿Y no es esto acaso amar al prójimo con la ma- 
yor perfección posible? ¿No es esto ser verdaderamen- 
te discípulo de Jesucristo, al cual se le reconoce por 
la caridad? No es ese el medio de convertir a los pe- 
cadores sin temor de envanecerse, y librar a las al- 
mas del Purgatorio, sin hacer. podemos decir, otra 
cosa que lo que cada uno está obligado a hacer según 
su estado? 

Para comprender la excelencia de este motivo, sería 
preciso conocer cuán gran bien supone el convertir 
a un pecador o librar a un alma del Purgatorio: bien 
infinito, más grande que criar el cielo y la tierra, pues 
se da a un alma la posesión de Dios. Aun cuando por 
esta práctica, en toda nuestra vida, sólo sacáramos un 
Ima del Purgatorio o sólo consiguiéramos la conver- 
sión de un pecador. ¿acaso no sería esto bastante pa- 
ra inducir a todo hombre verdaderamente caritativo 
a abrazarla? Pero debemos notar que nuestras bue- 
nas obras, al pasar por las manos de María reciben un 
aumento de pureza. y, por consiguiente, de méritc y 
de valor satisfactorio e impetratorio, por lo cual se 
hacen muchos más capaces de aliviar a las almas del 
Purgatorio y convertir a los pecadores, que si no pa- 
saran por estas manos virginales y liberales de María. 
Lo poquito que se da por medio de la Santísima Vir- 


123 


gen. sin propia voluntad y por caridad desinteresa- 
da, se convierte realmente en un bien poderoso para 
aplacar la cólera de Dios y atraer su misericordia, y 
quizá a la hora de la muerte se verá que una persona 
del todo fiel a esta práctica habrá, por este medio, li- 
brado algunas almas del Purgatorio y convertido a va- 
rios pecadores, a pesar de no hacer más que cosas 
bastante ordinarias de por sí. ¡Qué alegría para esta 
alma en el juicio! ¡Qué gloria en la eternidad! 


ARTICULO VHI 


Octavo motivo.—Esta devoción es un admirable 
medio de perseverancia. 


Por último, lo que nos induce más poderosamente, 
en cierto modo. a esta devoción de la Santísima Vir- 
gen, es el ser un medio admirable para perseverar en 
la virtud y ser fiel. Porque, ¿cuál es la causa de que 
no sean duraderas la mayor parte de las conversiones 
de pecadores? ¿Por qué se cae tan fácilmente en el 
pecado? ¿De dónde proviene el que la mayor parte 
de los justos, en vez de adelantar de virtud en virtud 
y adquirir nuevas gracias, pierden frecuentemente las 
pocas virtudes y gracias que poseen? Esta desgracia 
procede, según arriba he demostrado, de que, siendo 
el hombre tan corrompido. tan débil e inconstante, se 
fía de sí mismo, se apoya en sus propias fuerzas y se 
cree capaz de guardar el tesoro de sus gracias. de sus 
virtudes y de sus méritos. Por esta devoción se con- 


124 


fía a la Santísima Virgen, que es fiel, todo lo que se 
posee; se la toma por depositaria universal de todos 
los bienes de naturaleza y de gracia. Entonces nos fia- 
mos en su fidelidad, nos apoyamos en su poder y nos 
fundamos en su misericordia y caridad para que con- 
serve y aumente nuestras virtudes y méritos, pese al 
diablo, al mundo y a la carne, que hacen sus esfuer: 
zos para quitárnoslos. Le decimos, como un buen hi 
jo a su madre y un fiel servidor a su Señora: Deposi- 
Zum custodiz Madre y Señora mía amabilísima, reco- 
nozco que hasta ahora he recibido de Dios, por vues- 
tra intercesión, más gracias que merezco. y la expe- 
riencia me enseña, por desgracia, que llevo este teso- 
ro en un vaso muy frágil y que yo soy muy débil y 
miserable para conservarle en mí mismo; conceded- 
me la gracia de recibir en depósito todo lo que poseo, 
y conservádmelo por vuestra fidelidad y vuestro po- 
der. Si Vos me guardáis, nada perderé; si Vos me sos- 
tenéis, no caeré; si Vos me protegéis, estaré a salvo 
de mis enemigos. Esto mismo es lo que dice San Ber- 
nardo en términos formales, para inspirarnos esta 
práctica: «Si Ella te sostiene, no caes; si Ella te pro- 
tege, no temes; si Ella te conduce, no te fatigas; si 
Ella te es favorable, llegas al puerto de salvación: /p- 
sa tenente, non corruis; ipsa protegente, non metu 
ipsa duce, non fatigaris: ipsa propitia, pervenis.» (San 
Bern. Serm. 2 super Missus est.) San Buenaventura 
parece decir todavía en términos más explícitos lo mis- 
mo: «La Santísima Virgen, dice. no está solamen- 
te detenida en la plenitud de los santos, sino que tam- 
bién Ella detiene a los santos en su plenitud, para que 


125 


ésta no disminuya; detiene sus virtudes para que no 
se disipen; detiene sus méritos para que no perez- 
can; detiene sus gracias para que no se pierdan; de- 
tiene a los demonios para que no les dañen; detiene 
a su Hijo para que no les castigue cuando pecan»: 
Virgo non solum in plenitudine Sanctorum detinetur, 
sed ctiam in plenitudine sanctos detinet, ne plenitudo 
minuatur; detinet virtutes ne fugiant; detinet merita 
ne pereant; detinet gratias ne effluant; detinet doemo- 
nes ne noceant; detinet Filium ne peccatores percutial. 
(Sanc. Bonav. in Specul. B. V.) 

María es la Virgen fiel que, por su fidelidad a Dios, 
repara las pérdidas que Eva la infiel ocasionó por su 
infidelidad, y obtiene la fidelidad a Dios y la perse- 
verancia a aquellos y aquellas que se entregan a Ella. 
Esto es lo que hizo a un santo llamarla áncora firme 
que los sujeta y les impide naufragar, en el agitado 
mar del mundo, en donde tantas personas perecen, 
por no agarrarse a esta áncora firme. «Sujetamos, 
dice, las almas a vuestra esperanza, como a un áncora 
firme.» Ánimas ad spem tuam sicut ad firman ancho- 
ram alligamus. A ella se han agarrado fuertemente los 
santos que se han salvado, y a ella han sujetado a los 
otros, para perseverar en la virtud. ¡Felices, pues, y 
mil veces felices los cristianos que ahora se agarran 
fiel y enteramente a Ella, como a un áncora firme! 
Los “esfuerzos de las tempestades de este mundo no 
les harán sumergir ni perder sus tesoros celestiales. 
¡Dichosos aquellos y aquellas que están en Ella como 
en el arca de Noé! Las aguas del diluvio de pecados 
que anegan a tanta gente no les dañará porque: Qui 


126 


operantur in me non peccabunt (1): «Los que están 
en mí obrando su salvación no pecarán», dice Ella con 
la Sabiduria. Bienaventurados los hijos infieles de la 
desdichada Eva que se entregan a la Madre y Virgen 
fiel, que siempre permanece fiel y jamás se contradi- 
ce: Fidelis permanet, se ipsam negare non potest, y 
que siempre ama a aquellos que la aman: £go diligen- 
ses me diligo (2), no sólo con amor afectivo, sino con 
amor efectivo y eficaz, impidiéndoles, por una gran 
abundancia de gracias, retroceder en la virtud o caer 
en el camino, perdiendo la gracia de su Hijo. 


Esta bondadosa Madre recibe siempre, por pura 
caridad, todo cuanto se le da en depósito, y una vez 
que ella lo ha recibido en calidad de depositaria, se 
obliga por justicia, en virtud del contrato de depósito, 
a guardároslo, lo mismo que una persona a quien 
hubiese yo confiado en depósito mil escudos, queda- 
ría obligada a guardármelos, en forma que, si por 
negligencia suya se perdiesen, ella sería responsable 
de ellos con toda justicia. Pero no, jamás esta fiel 
Señora dejará que por su negligencia se pierda lo que 
se le haya confiado: el cielo y la tierra pasarán an- 
tes de que Ella se haga negligente e infiel con los que 
se fían de Ella. Pobres hijos de María, vuestra debi- 
lidad es extrema, vuestra inconstancia grande, vuestro 
fondo muy corrompido. Habéis sido formados de la 


(1) Eccl,, XXIV, 20. 
(2) Prov., VII, 17. 


127 


masa corrompida de los hijos de Adán y de Eva, pero 
no os desaniméis por esto; antes bien, consolaos, re- 
gocijaos: he aquí el secreto que yo os enseño, secre- 
to desconocido de casi todos los cristianos, aun los 
más devotos. No dejéis vuestro oro y vuestra plata 
en los cofres que han sido ya rotos por el maligno es- 
píritu que os ha robado, y los cuales son muy peque- 
ños, muy endebles y viejos para contener un tesoro 
tan grande y tan precioso. No pongáis el agua pura 
y clara de la fuente en vuestros vasos, que están co- 
rrompidos e infectados por el pecado. Si en ellos ya 
no está el pecado, queda todavía su mal olor y el agua 
se corrompe. No guardéis vuestros vinos exquisitos en 
los antiguos toneles, que estuvieron llenos de malos vi- 
nos, porque, de lo contrario, se echarán a perder y 
estarán en peligro de derramarse. 


Aunque me habréis entendido ya, almas predestina- 
das, quiero todavía hablar con más claridad. No guar- 
déis el oro de vuestra caridad, la plata de vuestra pu- 
reza, las aguas de las gracias celestiales ni los vinos 
de vuestros méritos y virtudes, en un saco agujerea- 
do, en un cofre viejo y roto, en un vaso dañado y 
corrompido como vosotros: de lo contrario, seréis 
robados por los ladrones, es decir, por los demonios, 
que buscan y espían de día y de noche el tiempo opor- 
tuno para ello, o corromperéis, por el mal olor de vos- 
otros mismos, de confianza en vosotros y de propia 
voluntad, todo lo que Dios os da de más puro. Poned, 
verted en el seno y el corazón de María todos vuestros 


128 


tesoros, todas vuestras gracias y virtudes, pues él es 
un vaso espiritual, un vaso de honor y un vaso insig- 
ne de devoción: Vas spiritale, vas honorabile, vas in- 
signe devotionis. Desde que el mismo Dios en persona 
se encerró con todas sus perfecciones en este vaso, se 
ha hecho todo espiritual y la morada espiritual de las 
almas más espirituales; se ha hecho honorífico y el 
trono de amor de los más grandes príncipes de la eter- 
vidad; se ha hecho insigne en devoción y la mansión 
más ilustre en dulzura, en gracias y en virtudes; se 
ha hecho, finalmente, rico como una casa de oro, fuer- 
te como la torre de David y puro como una torre de 
marfil. 


¡Cuán dichoso es el hombre que todo lo ha dado a 
María, que se confía y se pierde en todo y por todo 
en María! Es todo de María y María toda de él. El 
puede decir osadamente con David: Haec facta est 
vihi (1): «María ha sido hecha para mí», o con el dis- 
cípulo amado: Accepi eam in mea (2): «La he toma- 
do por todos mis bienes», o con Jesucristo: Omnia 
mea tua sunt, et omnia tua mea sunt (3): «Todo lo 
que yo tengo es vuestro y todo lo que Vos tenéis es 
mío.» 

Si algún crítico que esto lea, cree que hablo por 
exageración excesiva, ¡ay!, es que no me entiende, 
ya porque es hombre carnal, que no gusta las cosas 
del espíritu; ya porque es del mundo, que no puede 

(1) Ps. CXVIIL 56, 

(2) S. Juan, XIX, 27. 

(3) S. Juan, XVIL 10. 


129 


recibir el Espíritu Santo; ya porque es orgulloso y 
crítico, que condena y desprecia todo lo que no en- 
tiende. Pero las almas que no han nacido de la san- 
gre ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad 
del hombre, sino de Dios y de María me compren- 
den y me gustan, y para ellas es para quien escribo 
esto. Sin embargo, para unos y para otros digo, vol- 
viendo al asunto que he interrumpido, que siendo esta 
divina Señora la más buena y liberal de todas las 
puras criaturas, jamás se deja vencer en amor y li- 
beralidad, y, como dice un devoto, por un huevo da 
un buey, es decir, por poco que se le dé, da Ella mu- 
cho de lo que ha recibido de Dios, y, por consiguien- 
te, si un alma se da a Ella sin reserva, y pone en Ella 
toda su confianza sin presunción. trabajando cuanto 
esté de su parte para adquirir las virtudes y domar las 
pasiones, María se entrega también sin género alguno 
de reserva a esta alma. 

Digan, pues, osadamente con San Juan Damasceno 
los fieles servidores de la Santísima Virgen: «Si con- 
fío en Vos, ¡oh Madre de Dios!, seré salvo; defen- 
dido por Vos, nada temeré; con vuestra protección y 
auxilio perseguiré y pondré en fuga a mis enemigos, 
porque vuestra devoción es un arma de salvación que 
Dios da a aquellos que quiere que se salven»: Spem. 
tuam habens, o Deipara, servabor, defensionem tuam 
possidens, non timebo; perseguar inimicos meos el in 
fugam vertam, habens protectionem et auxilium tuum, 
nam tibi devotum esse est arma quaedam salutis quae 
Deus his dat quos vule salvos fieri. (S. Juan Damas- 
ceno. Ser. de Anun.) 


130 


CAPITULO IV 


Rebeca y Jacob; la Santísima Virgen 
y sus esclavos de amor 


ARTICULO I 
REBECA Y JACOB 


De todas las verdades que acabo de exponer con res- 
pecto a la Santísima Virgen y a sus hijos servidores, 
el Espíritu Santo nos da en la Sagrada Escritura una 
figura admirable en la historia de Jacob, que recibió 
la bendición de su padre, Isaac, por los cuidados y 
la industria de su madre Rebeca. Hela aquí tal como 
la cuenta el Espíritu Santo, y luego añadiré yo su ex- 
plicación. 


$ L—Historia de Jacob. 


Habiendo Esaú vendido a su hermano Jacob el de- 
recho de primogenitura, Rebeca, madre de los dos her- 
manos, que amaba tiernamente a Jacob. aseguróle 
esta ventajosa adquisición, algunos años después, me- 
diante una estratagema santa y llena de misterios. Por- 
que Isaac, sintiéndose ya muy viejo y queriendo ben- 
decir a sus hijos antes de morir, llamó a su hijo Esaú, 
a quien amaba, encargándole que fuese a la caza para 
traerle algo de comer, a fin de bendecirle luego. Re- 


131 


beca avisó pronto a Jacob lo que ocurría y le mandó 
tomar dos cabritos del rebaño. Cuando éste los hubo 
entregado a su madre, preparó ésta a Isaac lo que s 
bía le agradaba; puso a Jacob los vestidos de Esaú 
que ella guardaba, y cubrió sus manos y cuello con 
la piel de los cabritos, a fin de que su padre, que no 
yeía, al escuchar la voz de Jacob, pudiera por lo me- 
nos creer, tocando el pelo de sus manos, que era su 
hermano Esaú. Sorprendido, en efecto, Isaac de la voz 
que creía ser de Jacob, hizo que éste se le acercase y, 
torándole el pelo de las pieles con que se había cubier- 
to las manos, dijo que la voz era ciertamente la de 
Jacob, pero que las manos eran de Esaú. Después que 
hubo comido y percibió, al besar a Jacob, el olor de 
s vestidos perfumados, le bendijo, deseándole el 
rocío del cielo y la fecundidad de la tierra; consti- 
lo señor de todos sus hermanos, y acabó su ben- 
dición con estas palabras: «El que te maldiga sea él 
mismo maldito, y el que te bendiga sea colmado de 
bendiciones.» Apenas había Isaac concluido estas pa- 
labras, entró Esaú y presentó a su padre, para que 
comiera lo que él había cogido en la caza, a fin de 
que luego le bendijera. El santo Patriarca quedó sor- 
prendido con increíble asombro, al comprender lo que 
había ocurrido; pero, lejos de retractar lo que había 
hecho, lo confirmó. por el contrario, porque veía sen- 
siblemente el dedo de Dios en toda esta conducta. Esaú 
entonces lanzó bramidos, como nota la Sagrada Es- 
critura, y acusando en voz alta de engañador « su 
hermano, preguntó a su padre si es que sólo tenía una 
bendición: figurando de esta manera, como dicen los 


132 


santos Padres, a aquellos que, cuidando bien de jun- 
tar a Dios con el mundo, quieren gozar a un tiempo 
de los consuelos del cielo y de los de la tierra. Isaac, 
movido por los lamentos de Esaú, le bendijo por fin, 
pero con una bendición de la tierra, sujetándole a su 
hermano, lo cual le hizo concebir un odio tan encar- 
pizado contra Jacob, que sólo esperaba la muerte de 
su padre para matarle; y no hubiese podido Jacob 
evitar la muerte, si su querida madre Rebeca no le 
hubiese librado por sus industrias y los buenos con- 
sejos que le dió y que él siguió. 


$ IL—Esaú, figura de los réprobos. 


Antes de explicar esta bellísima historia, es preci- 
so hacer notar que, según los santos Padres y los in- 
térpretes de la Sagrada Escritura, Jacob es la figura 
de Jesucristo y de los predestinados, y Esaú la de los 
réprobos; basta, pues, examinar sólo las acciones y 
conducta de uno y otro para pensarlo así. 


1.2 Esaú, el primogénito, era fuerte y robusto de 
cuerpo, aficionado a manejar el arco, y diestro para 
hacer una caza abundante. 2." Apenas permanecía en 
su casa y, confiando sólo en su destreza, trabajaba 
siempre fuera. 3." No se esforzaba mucho por agra- 
dar a su madre Rebeca, de la cual bien poco caso 
hacía. 4.” Era tan glotón y tan dado a los regalos de 
la comida, que por un plato de lentejas vendió su 


133 


derecho de primogenitura. 5 Estaba, al igual de Caín, 
lleno de envidia contra su hermano Jacob, persiguién- 
dolo cuanto podía. 

He aquí la conducta que observan siempre los ré- 
probos: 1. Fían en su fuerza e industria para los ne- 
gocios temporales; son muy fuertes, muy hábiles e 
ingeniosos para las cosas de la tierra, pero muy dé- 
biles y muy ignorantes en las cosas del cielo: In 
terrenis fortes, in coelestibus debiles. He aquí por qué: 


1 


No permanecen o apenas permanecen en su propia 
casa, esto es, en su interior, que es la casa interior y 
sencial que Dios ha dado a cada hombre, para mo- 
rar allí. a ejemplo suyo, porque Dios siempre perma- 
pece en sí. Los réprobos no aprecian el retiro, ni las 
cosas espirituales, ni la devoción interior, y tratan de 
espíritus débiles, beatos y huraños a los que hacen 
vida interior, retirada del mundo, trabajando más en 
sas de dentro que en las de fuera. 


las e 


Tn 


Los réprobos apenas se cuidan de la devoción a la 
Santísima Virgen, Madre de los predestinados; es ver- 
dad que no la odian formalmente; que algunas veces 
le tributan alabanzas; dicen que la aman. y hasta 
practican alguna devoción en su honor; pero, por lo 
demás. no pueden ver que se la ame tiernamente, por- 
que carecen con respecto a Ella de la ternura de Ja- 


134 


cob; encuentran censurable las prácticas de devoción 
a las cuales sus buenos hijos y servidores permanecen 
fieles para ganar su afecto, porque creen que esta de- 
voción no les es necesaria para su salvación y que, 
con tal que no odien formalmente a la Santísima Vir. 
gen y no desprecien abiertamente su devoción, hacen 
bastante y que se hacen acreedores a las bondades y 
gracias de María, y son sus servidores, porque rezan 
y dicen entre dientes algunas oraciones en su honor, 
sin ternura para con Élla y sin enmienda para sí 
mismos. 


IV 


Estos réprobos venden su derecho de primogenitu- 
ra, o sea, los placeres del Paraíso, por un plato de 
lentejas, esto es, por los placeres de la tierra. Ríen, 


beben, comen, se divierten, juegan, bailan, sin afa. 
narse, como Esaú, por hacerse dignos de la bendición 
del Padre celestial. En pocas palabras: sólo piensan 
en la tierra, sólo aman las cosas de la tierra, sólo ha 
blan y tratan de las cosas de la tierra y de Sus place. 
res, vendiendo por un momento de placer, por el hu. 
mo vano del honor y por un pedazo de tierra dura, 
amarilla o blanca, la gracia bautismal, su vestido de 
inocencia, su herencia celestial. 


v 


Por último, los réprobos odian y persiguen en to- 
dos los momentos a los predestinados, abierta o se. 


135 


cretamente; los tienen como una carga; los despre- 
cian, los critican, los engañan, los empobrecen, los 
desechan, los reducen hasta la miseria, mientras ellos 
hacen fortuna, se entregan a los placeres, viven es- 
pléndidamente, se enriquecen. se engrandecen y tie- 
nen toda suerte de comodidades. 


$ HI.—Jacob, figura de los predestinados. 
1 


Jacob, el hijo menor, era de una complexión dé- 
bil, dulce y pacífica, y permanecía ordinariamente en 
la casa, para granjearse las bondades y las gracias 
de su madre Rebeca, a quien amaba tiernamente; 
si salía afuera, no era por propia voluntad ni por la 
confianza que tenía en su industria, sino por obedecer 
a su madre. 


n 


Amaba y honraba a su madre. Por esto permane- 
cía en casa cerca de ella; nunca estaba lan contento 
como cuando la veía; evitaba cuanto la pudiese des- 
agradar; y hacía todo lo que creía que la complacía; 
todo lo cual aumentaba en Rebeca el amor que le 
prolesaba. 


mI 


Estaba sometido en todo a su querida madre; la 
obedecía enteramente en todas las cosas, pronto, sin 


136 


tardar, y amorosamente, sin quejarse. Al menor in- 
dicio de su voluntad. el niño Jacob corría y traba- 
jaba; creía todo lo que Rebeca le decía, sin indagar las 
razones: por ejemplo, cuando ella le dijo que fuese 
a buscar dos cabritos y que se los trajera para adere- 
zar la comida a su padre Isaac, Jacob no le replicó 
diciéndola que, para comer una sola vez un hombre, 
había bastante com un cabrito, sino que, sin discu- 
tir, hizo cuanto ella le ordenó. 


1 


Tenía una gran confianza en su querida madre; 
como para ninguna cosa se apoyaba en su habili- 
dad, se apoyó únicamente en los cuidados y en la 
protección de su madre; la llamaba en todas sus ne- 
cesidades y la consultaba en todas sus dudas: por 
ejemplo, cuando le preguntó si acaso en vez de ben- 
dición recibiría la maldición de su padre, creyó en 
ella y en ella confió cuando Rebeca le dijo que ella 
tomaría sobre sí esta maldición. 


V 


Por último, imitaba. según sus fuerzas, las virtu- 
des que veía en su madre, y una de las razones por 
las cuales permanecía sedentario en casa parece ser 
la de querer imitar a su madre, que era virtuosa, y 
se alejaba de las malas compañías, que corrompen 
las costumbres. Por este medio se hizo digno de re- 
cibir la doble bendición de su padre. 


137 


ARTICULO Il 
Los predestinados y la Santísima Virgen. 
$ L—Conducta de los predestinados. 


He aquí la conducta que observan siempre los pre- 
destinados. 


I 


Permanecen sedentarios en la casa con su Ma- 
dre; es decir, aman el retiro, son interiores, se dedi- 
can a la oración, pero a ejemplo y en la compañía 
de su Madre, la Santísima Virgen, cuya gloria está 
toda en el interior y la cual durante toda la vida 
amó tanto el retiro y la oración. Es verdad que al- 
gunas veces aparecen exteriormente en el mundo, 
pero es por obediencia a la voluntad de Dios y a la 
de su querida Madre, por cumplir con los deberes de 
su estado. Por grandes que sean en apariencia las co- 
sas que hagan al exterior, estiman todavía mucho más 
las que hacen dentro de si mismos, en su interior, en 
la compañía de la Santísima Virgen, porque allí ha- 
cen la gran obra de su perfección, en comparación 
de la cual las demás no son sino juegos infantiles. 
He aquí por qué, mientras algunas veces sus herma- 
nos y hermanas trabajan por de fuera con mucha 
fuerza, industria y éxito, en la alabanza y aprobación 
del mundo, conocen por la luz del Espíritu Santo que 
se disfruta más gloria y más placer viviendo ocultos 


138 


en el retiro con Jesucristo, su modelo, en una entera 
y perfecta sumisión a su Madre, que haciendo por sí 
mismos maravillas de naturaleza y de gracia en el 
mundo, a semejanza de los muchos Esaús y réprobos 
que en él hay. Gloria et divitiae in domo ejus (1): la 
gloria para Dios y las riquezas para el hombre se ha- 
lan en la casa de María. 

¡Cuán amables son vuestros tabernáculos, oh Se: 
ñor! El pajarillo ha encontrado una casa para alber- 
garse y la tortolilla un nido para colocar sus hijue- 
los.¡Oh, cuán dichoso es el hombre que mora en la 
casa de María, en donde Vos, primero que nadie, ha- 
béis hecho vuestra morada! En esta casa de los pre- 
destinados es en donde él recibe su socorro de Vos 
solo, y en donde ha dispuesto las subidas y grados de 
todas las virtudes, en su corazón, para elevarse a la 
perfección en este valle de lágrimas. Quam dilecta ta- 
bernacula, etc. (2). 


H 


Aman tiernamente y honran con verdad a la San- 
tísima Virgen, como a su bondadosa Madre y Seño- 
ra. La aman no sólo de palabra, sino en verdad; la 
honran no sólo al exterior, sino en el fondo del co- 
razón; evitan, como Jacob, todo lo que puede des- 
agradarla, y practican con fervor todo lo que creen 
les puede granjear su benevolencia. La llevan y la en- 
tregan no dos cabritos como Jacob a Rebeca, sino 


(1) Ps. CXI 3. 
(2) Ps. XXXIII 2 


139 


su cuerpo y su alma, con todo lo que de ellos depen- 
de, figurados por los dos cabritos de Jacob. con el 
fin: 12 De que Ella los reciba como cosa que le per- 
tenece. 2.* Que los mate y los haga morir al pecado 
y a sí mismos, desollándolos y despojándolos de su 
propia piel y de su amor propio, para agradar a Ja- 
cob, su Hijo, que quiere que sus amigos y discípu- 
los estén muertos a sí mismos. 3." Que Ella los ade- 
rece al gusto del Padre celestial y a su mayor gloria, 
la cual Ella conoce mejor que ninguna criatura. 
4.2 Que, por sus cuidados e intercesión, este cuerpo y 
esta alma, bien purificados de toda mancha, muertos, 
despojados y bien aderezados, sean un manjar deli- 
cado, digno de la boca y de la bendición del Padre 
celestial. ¿Y mo es esto acaso lo que harán los pre- 
destinados, que gustarán y practicarán la perfecta 
consagración a Jesús por las manos de María, que 
yo les enseño, para testificar a Jesús y a María su 
amor efectivo e intrépido? 

Los réprobos dicen constantemente que aman a Je- 
sús y que aman y honran a María; pero no lo hacen 
con todas las fuerzas de su ser, sacrificándoles el 
cuerpo con sus sentidos y el alma con sus pasiones 
como los predestinados. Estos están sumisos y obe- 
dientes a la Santísima Virgen, como a su cariñosa Ma- 
dre, a ejemplo de Jesucristo, que de treinta y tres años 
que ha vivido sobre la tierra, empleó treinta en glorifi- 
car a Dios su Padre, mediante una perfecta y entera 
sumisión a su Santísima Madre. 


In 


La obedecen siguiendo exactamente sus consejos, 
como el niño Jacob los de Rebeca, a quien ella di- 
jo: Acquiesce consiliis meis (1): «Hijo mío, sigue 
mis consejos»; o como los convidados de las bodas 
de Caná, a quienes la Santísima Virgen dijo: Quod- 
cumque dixerit vobis, facite (2): «Haced todo lo que 
mi Hijo os diga.» Jacob, por haber obedecido a su 
madre, recibió la bendición como por milagro, aun- 
que naturalmente no la debió tener; los convidados 
a las bodas de Caná, por haber seguido el consejo de 
la Santísima Virgen, fueron honrados con el primer 
milagro de Jesucristo, que allí convirtió el agua en 
vino a las súplicas de su Santísima Madre. Igualmen- 
te, todos aquellos que hasta el fin de los siglos reci- 
ban la bendición del Padre celestial y sean honrados 
con las maravillas de Dios. no recibirán sus gracias 
sino como consecuencia de su perfecta obediencia a 
María; los Esaús, por el contrario, pierden su bendi- 
ción, por falta de sumisión a la Santísima Virgen. 


IV 


Tienen una gran confianza en la bondad y en el po- 
der de la Santísima Virgen, su cariñosa Madre; re- 
claman sin cesar su socorro; la miran como su es- 


(y Céx YH, 
(23 S. Juan, IL 5. 


141 


trella polar, para llegar al puerto de felicidad; le 
manifiestan sus penas y necesidades, con todo el de 
ahogo de su corazón; se abrazan a sus pechos de mi- 
sericordia y de dulzura, para obtener el perdón de 
sus pecados por su intercesión, o para gustar sus dul- 
zuras maternales en sus penas y agobios. Hasta se 
arrojan, se ocultan y se pierden, de una manera admi- 
rable, en su amoroso y virginal pecho, para estar allí 
abrasados de puro amor, para ser allí purificados de 
las menores manchas y para encontrar plenamente a 
Jesús, el cual reside allí como en su más glorioso tro- 
no. ¡Oh qué dicha! No creas, dice el abad Guerrico, 
que es más feliz el que está en el seno de Abraham 
que el que está en el seno de María, puesto que en és- 
te puso el Señor su trono: Ne credideris majoris esse 
felicitatis habitare in sinu Abrahae quam in sinu Ma- 
riae, cum in eo Dominus posuerit thronum suum. 

Los réprobos, por el contrario, como ponen toda su 
confianza en sí mismos, al igual del hijo pródigo, só- 
lo comen lo que los cerdos, no se alimentan más que 
de tierra, a semejanza de los sapos, y, cual los mun- 
danos, sólo aman las cosas visibles y exteriores; no 
gustan jamás las dulzuras del seno y de los pechos de 
María; no sienten, como los predestinados, cierto 
apoyo y cierta confianza en la Santísima Virgen, su 
bondadosa Madre. Quieren, por desgracia, tener ham- 
bre sólo de las cosas de fuera, según dice San Grego- 
rio, porque no quieren gustar la dulzura que siempre 
está preparada dentro de sí mismos y en el interior 
de Jesús y de María. 


V 


En fin, los predestinados guardan los caminos de 
la Santísima Virgen, su bondadosa Madre, es decir, 
la imitan y por esto es por lo que son verdaderamen- 
te felices y devotos, y llevan la señal infalible de su 
predestinación, como se lo dice su cariñosa Madre: 
Beati qui custodiunt vias meas (1), es decir, bienaven- 
turados aquellos que practican mis virtudes y que ca- 
minan sobre las huellas de mi vida, con el socorro de 
la gracia divina. Son dichosos en este mundo, duran- 
te su vida, por la abundancia de las gracias y dulzu- 
ras que les comunico de mi plenitud, más abundan- 
temente que a los otros que no me imitan tan de cer- 
ca; son dichosos en su muerte, la cual es dulce y 
tranquila y a la cual ordinariamente asisto yo para 
conducirlos por mí misma a las alegrías de la eterni- 
dad; por último, son dichosos en la eternidad, por- 
que ninguno de mis servidores, que ha imitado mis 
virtudes durante su vida, se ha perdido jamás. Los ré- 
probos, por el contrario, son desgraciados durante su 
vida, en su muerte y en la eternidad, porque no imi- 
tan a la Santísima Virgen en sus virtudes, contentán- 
dose con ingresar a veces en sus cofradías, rezar al- 
gunas oraciones en su honor y practicar alguna otra 
deyoción exterior, 

¡Oh Virgen Santísima, bondadosa Madre mía, 
cuán felices son aquellos, lo repito con los transpor- 
tes de mi corazón, cuán felices son aquellos y aque- 


(1) Prov., VII, 32, 


143 


llas que, no dejándose seducir por una falsa devoción 
hacia Vos, guardan fielmente vuestros caminos, vues- 
tros consejos y vuestros mandatos! Pero, ¡cuán des- 
graciados y malditos aquellos que, abusando de vues- 
tra devoción, no guardan los mandamientos de vues- 
tro Hijo! Maledicti omnes qui declinant a mandatis 
tuis (1D. 


3 U.—Conducte de María con los predestinados. 


Veamos ahora los caritativos oficios que la Santísi- 
ma Virgen, como la mejor de todas las madres, ejerce 
con sus fieles servidores que se han dado a Ella de la 
manera que acabo de decir y según la figura de Ja- 
cob. 


1.—Ella los ama. 


Ego diligentes me diligo (2): «Yo amo a los que 
me aman.» 12 Ella los ama porque es su Madre ver- 
dadera, y una madre siempre ama a su hijo, fruto 
de sus entrañas. 27 Los ama por reconocimiento, 
porque, efectivamente, ellos la aman como a su ca- 
ríñosa Madre. 3. Los ama porque, estando predesti- 
nados, son amados de Dios: Jacob dilexi, Esau au- 
¡em odio habui (3). 4? Los ama porque se han con- 
sagrado del todo a Ella y son su porción y su heren- 


cia: ln Israel hocreditare (4). Los ama tiernamente, 
(1 Ps. CXVIR, 
(2> Prov, XIM, 1 
(3) Rom., 1X 


(2) Eccle, XXIV, 18, 


144 


y más tiernamente que todas las madres juntas. Po- 
ned, si podéis, todo el amor natural que todas las ma- 
dres del mundo tienen para sus hijos en un mismo 
corazón de una madre para un hijo único: ciertamen- 
te esta madre amaría mucho a este hijo; sin embar- 
go, es muy cierto que María ama aún con más ter- 
nura a sus hijos, que esta madre amaría al suyo. 
Ella no los ama sólo con afecto sino con eficacia. 
Su amor hacia ellos es activo y efectivo, como el de 
Rebeca para con Jacob y más todavía. He aquí lo que 
esta bondadosa Madre, de la cual Rebeca es una fi- 
gura, hace con el fin de obtener para sus hijos la ben- 
dición del Padre celestial. 1.” Ella espía, como Rebe- 
ca, las ocasiones favorables para hacerles bien, para 
engrandecerlos y enriquecerlos. Como Ella ve clara- 
mente en Dios todos los bienes y males, los buenos 
y malos negocios, las bendiciones y las maldiciones 
de Dios, dispone de lejos las cosas para librar de to- 
da suerte de males a sus servidores, y colmarlos de 
toda suerte de bienes; de modo que, si se tiene que 
realizar ante Dios algún gran negocio, por la fideli- 
dad de una criatura a cualquier empleo importante, 
es seguro que María procurará este buen negocio a 
alguno de sus buenos hijos y servidores, y le dará la 
gracia que necesita para llegar al fin con fidelidad. 
Tpsu procurat negotia nostra, ha dicho un santo. 


2. Ella les da buenos consejos, como Rebeca a 
Jacob: Fili mi, acquiesce consiliis meis: «Hijo mío, 


145 


sigue mis consejos.» Y entre otros consejos les ins- 
pira que le lleven dos cabritos, es decir, su cuerpo y 
su alma, que se los consagren, para aderezar con ellos 
un manjar agradable a Dios, y hacer todo lo que Je- 
sucristo, su Hijo, ha enseñado con sus palabras y 
ejemplos. Y si no les da por sí misma otros conse- 
jos, lo hace por ministerio de los ángeles, los cuales 
jamás se honran tanto ni experimentan mayor placer 
que cuando obedecen a alguna de sus órdenes, bajan- 
do a la tierra y socorriendo a algún servidor suyo. 


3." ¿Y qué es lo que hace esta bondadosa Madre, 
cuando se la ha llevado y consagrado el cuerpo y el 
alma y todo cuanto de ellos depende sin excepción de 
cosa alguna? Lo que hizo en otro tiempo Rebeca con 
los cabritos que le llevó Jacob. 1.” Los mata, hacién- 
dolos morir a la vida del viejo Adán. 2.” Los desue- 
lla y los despoja de su piel natural, de sus inclinacio- 
nes naturales, de su amor propio y propia voluntad y 
de todo apego a las criaturas. 3.” Los purifica de sus 
manchas, suciedades y pecados. 4? Los adereza al 
gusto de Dios y a su mayor gloria. Y como sólo María 
es la que conoce perfectamente este gusto divino y 
esta mayor gloria del Altísimo, sólo Ella es la que 
sin engañarse puede acomodar y aderezar nuestro 
cuerpo y nuestra alma a este gusto infinitamente ex- 
quisito y a esta gloria infinitamente oculta. 


146 


47 Esta tierna Madre. después de recibir la ofren- 
da perfecta que le hemos hecho de nosotros mismos 
y de nuestros propios méritos y satisfacciones, por la 
devoción de que he hablado, y después de habernos 
despojado de nuestros antiguos vestidos, nos engala- 
na y nos hace dignos de presentarnos delante de nues- 
tro Padre celestial. 1." Nos reviste de los vestidos lim- 
pios, nuevos, preciosos y perfumados de Esaú el pri- 
mogénito, es decir, de Jesucristo su Hijo, que Ella 
guarda en su casa, esto es, que Ella tiene en su poder, 
siendo la tesorera y la dispensadora universal y eter- 
na de las virtudes y de los méritos de su Hijo, 
Jesucristo, al cual Ella da y comunica a quien Ella 
quiere, cuando Ella quiere, como Ella quiere y tanto 
cuanto Ella quiere, según vimos arriba. 2. Ella cue 
bre el cuello y las manos de sus servidores con las pie- 
les de los cabritos muertos y desollados, es decir, los 
adorna con los méritos y el valor de sus propias ac- 
ciones. Ella mata y mortifica, en verdad, todo lo que 
hay de impuro e imperfecto en sus personas, pero 
no pierde y disipa todo lo bueno que la gracia ha he- 
cho allí, sino que lo guarda y aumenta, para hacer 
con ello el ornato y la fuerza de su cuello y de sus 
manos, es decir, para fortificarlos a fin de que puedan 
resistir el yugo del Señor, que se lleva en el cuello, y 
de que realicen grandes cosas para la gloria de Dios 
y la salvación de sus pobres hermanos. 3.? Ella da nue- 
vo perfume y nueva gracia a estos vestidos y orna- 
mentos, comunicándoles sus propios vstidos, sus mé- 
ritos y sus virtudes, que Ella les ha legado en su tes- 


147 


tamento, al morir, como dice una santa religiosa del 
último siglo, muerta en olor de santidad, y que lo ha 
sabido por revelación. De modo, que todos sus domés- 
ticos, sus fieles servidores y esclavos están doblemen- 
te cubiertos con los vestidos de su Hijo y con los 
suyos propios: Omnes domestici ejus vestiti sunt du- 
plicibus (1); por eso ellos nada tienen que temer del 
frío de Jesucristo, blanco como la nieve, que los ré- 
probos, completamente desnudos y despojados de los 
méritos de Jesucristo y de la Santísima Virgen, no 
podrán soportar. 

5." Ella les hace, finalmente, obtener la bendición 
del Padre celestial, por más que, siendo sólo sus hi- 
jos segundos adoptivos, no debieran naturalmente te- 
nerla. Con estos vestidos completamente nuevos, pre- 
ciosísimos y olorosos, y con su cuerpo y alma bien 
preparados y aderezados, se acerca confiadamente al 
lecho de reposo de su Padre celestial. El oye y distin- 
gue su voz, que es la del pecador; toca sus manos cu- 
biertas de pieles; percibe el buen olor de sus vesti- 
dos; come con regocijo lo que María, Madre de ellos, 
le ha preparado, y, reconociendo en ellos los méritos 
y el buen olor de su Hijo y de su Santísima Madre: 
1.* Les da su doble bendición, bendición del rocío del 
cielo: De rore coeli (2), es decir, de la gracia divi- 
na, que es la semilla de la gloria: Benedixit non in 
omni benedictione spirituali in Christo Jesu (3); ben- 
dición de la fertilidad de la tierra: De pinguedine te- 

(1) Prov. XI, 21. 

(2) Gén., XXVI 28. 

(2) Ephe. L 3. 


148 


rrae (1), es decir, que este amoroso Padre les da su 
pan de cada día y una suficiente abundancia de bienes 
de este mundo. 2.? Les hace los señores de sus herma- 
nos, los réprobos, lo cual no quiere decir que esta 
primacía aparezca siempre en este mundo, que pasa 
en un instante, en donde frecuentemente dominan los 
réprobos: Peccatores effabuntur et gloriabuntur (2)... 
vidi impium superexaltatum et elevatum (3); sino que 
es, con todo, verdadera y aparecerá manifiestamente 
en el otro mundo, por toda la eternidad, en la cual los 
justos, como dice el Espíritu Santo, dominarán y man- 
darán a las naciones: Dominabuntur populis (4). Su 
Majestad, no contento con bendecirlos en sus perso- 
nas y en sus bienes, bendice también a todos aquellos 
que los bendigan, y maldice a todos los que maldi- 
gan y persigan. 


1.—Ella los sustenta, 


El segundo deber de caridad que la Santísima Vir- 
gen ejerce con sus fieles servidores, es que los sus- 
tenta con todo lo necesario para el cuerpo y para el 
alma. Les da vestidos dobles, como acabamos de ver; 
les da a comer los platos más exquisitos de la mesa 
de Dios; les hace alimentar con el pan de vida que 
Ella ha formado: A generationibus meis implemi- 
ni (5): «Hijos míos queridos, les dice bajo el nombre 

(1) Gén, XVI 28. 

(2) Ps. XCHL 4. 

(3) Ps. XXXVI, 35. 


(4) Sap., HL 8. 
(5) Eccle., XXIV, 26. 


149 


de la Sabiduría, saciaos de mis generaciones, es de- 
cir, de Jesús, el fruto de la vida, que yo he dado al 
mundo por vosotros. Venite, comedite panem meum 
et bibite vinum quod miscui vobis; comedite, et bibi- 
te et inebriamini, carissimi (1): «Venid, les repite en 
otro sitio, comed mi pan, que es Jesús; bebed el vi- 
no de su amor, que yo os he mezclado con leche de 
mis pechos.» Como es Ella la tesorera y dispensado- 
ra de los dones y de las gracias del Altísimo, da una 
gran porción, y la mejor de estos bienes para alimen- 
tar y sustentar a sus hijos y servidores. Estos son har- 
tados del Pan vivo y embriagados del Vino que en- 
gendra vírgenes. Son llevados a los pechos: 4d ube- 
ra portabimini (2), y experimentan tal facilidad en 
llevar el yugo de Jesucristo. que apenas sienten su pe- 
sadez, a causa del aceite de la devoción con que Ella 
le hace podrir: Jugum eorum computrescet a facie 
olei (3). 


11.—Ella los conduce. 


El tercer bien que hace la Santísima Virgen a sus 
fieles servidores es que los conduce y dirige según 
la voluntad de su Hijo. Rebeca conducía a su hijo 
Jacob y, de tiempo en tiempo, le daba buenos conse- 
jos, ya para atraer sobre él la bendición de su pa- 
dre, ya para hacerle evitar el odio y la persecución 
de su hermano Esaú. María, que es la estrella del mar, 

(1) Prov, IX, 5. 


(2) Isai,, XXVL 16. 
(3) Isai., X, 27. 


150 


conduce a todos sus fieles servidores al puerto de sal- 
vación; les enseña los caminos de la vida eterna; les 
hace evitar los pasos peligrosos los conduce de la ma- 
no en los senderos de la justicia; los sostiene cuando 
están a punto de caer; los levanta cuando ya han cai- 
do; los reprende como cariñosa Madre, cuando fal- 
tan, y a veces los castiga también amorosamente. ¿Po- 
drá, pues, extraviarse por el camino de la eternidad 
un hijo obediente a María, su Madre, que le ha ali- 
mentado con su propia leche y es su directora escla- 
recida? Ipsam sequens, non devias: «Siguiéndola, 
ce San Bernardo, no te extraviarás.» No temáis, pues, 
que ningún verdadero hijo de María sea engañado por 
el espíritu maligno y caiga en alguna herejía formal. 
Allí en donde está María de directora no se encuen- 
tran ni el maligno espíritu con sus ilusiones, ni los 
herejes con sus astucias: /psa tenente, non corruis. 


1V.—Ella los defiende y protege. 


El cuarto beneficio que presta la Santísima Virgen 
a sus hijos y fieles servidores, es que los defiende y 
protege contra sus enemigos. Rebeca, con sus cuida: 
dos e industrias, libró a Jacob de todos los peligros 
en que se encontró y, de un modo particular, de la 
muerte que probablemente le habría dado su herma- 
no Esaú, por el odio y la envidia que le tenía, como 
en otro tiempo Caín a su hermano Abel. María, la 
Madre tierna de los predestinados, los oculta bajo Jas 
alas de su protección, como una gallina a sus pollue- 


151 


los; Ella les habla, se abaja hasta ellos, condesciende 
con todas sus debilidades, para librarlos del gavilán 
y del buitre, se coloca a su alrededor y los acompaña 
como un escuadrón formado en batalla: ut castrorunm 
acies ordinata (1). El que esté rodeado de un escua- 
drón bien ordenado, de cien mil hombres, ¿temerá 
acaso a sus enemigos? Pues un fiel servidor de Ma- 
ría, rodeado de su protección y de su poder imperial, 
tiene todavía menos por qué temer. Esta bondadosa 
Madre y poderosa Princesa de los cielos enviará ba- 
tallones de millones de ángeles para socorrer a uno 
de sus servidores antes que se diga que un fiel servi- 
dor suyo, que en Ella ha confiado, sucumba ante la ma- 
licia, el número y la fuerza de sus enemigos. 


V.—Ella intercede por ellos. 


Por último, el quinto y el mayor bien que la amabi- 
Ésima Virgen María procura a sus fieles devotos, es 
que intercede por ellos ante su Hijo, le aplaca con 
sus súplicas y los une a El con lazo íntimo, conserván- 
dolos en El estrechamente unidos. 

Rebeca hizo que Jacob se acercase al lecho de su 
padre; y el buen anciano le tocó, le abrazó y hasta le 
besó con alegría, quedando satisfecho y saciado de 
los manjares tan bien preparados que le había lleva- 
do, y, habiendo percibido con gran contento los ex- 
quisitos perfumes de sus vestidos, exclamó: £cce odor 
filii mei sicut odor agri pleni, cui benedixit Domi- 


(1) Cant., VE, 3. 


152 


nus: «He aquí el olor de mi hijo, que es como el olor 
de un campo lleno, que el Señor ha bendecido» (D. 
Este campo lleno, cuyo olor alegra el corazón del pa- 
dre, no es otro que el olor de las virtudes y de los mé- 
ritos de María, que es un campo lleno de gracias, en 
donde Dios Padre ha sembrado, como grano de tri- 
go para sus elegidos, a su Hijo único. ¡Oh, cuán bien 
recibido es por Jesucristo, Padre del siglo venidero, 
el hijo perfumado con el olor gratísimo de María! 
¡Oh, cuán pronta y perfectamente queda unido con 
El, según por extenso hemos demostrado ya arriba! 

Además de esto, cuando Ella ha colmado a sus hi- 
jos y fieles servidores de sus favores, cuando les ha 
obtenido la bendición del Padre celestial y la unión 
con Jesucristo, los conserva en Jesucristo y a Jesu- 
cristo en ellos; los guarda y los vigila siempre por 
miedo de que pierdan la gracia de Dios y vuelvan a 
caer en los lazos de sus enemigos: /n plenitudine de- 
tinet: «Ella detiene a los santos en su plenitud», y les 
hace perseverar hasta el fin. según vimos ya. Esta es 
la explicación de la grande y antigua figura de la pre- 
destinación y de la reprobación, tan desconocida y 
tan llena de misterios. 


(Gén, XXVI, 27. 


153 


CAPITULO V 


Efectos maravillosos que esta devoción produce 
en el alma que es fiel a ella. 


ARTICULO 1 
EL CONOCIMIENTO DE Si MISMO 


Persuádete, carísimo hermano, de que, si eres fiel 
a las prácticas interiores y exteriores de esta devoción 
que te indicaré a continuación: 

Por la luz que el Espíritu Santo te dará, por me- 
dio de María, su querida Esposa, conocerás tu mal 
fondo, tu corrupción e incapacidad para todo bien, y 
como consecuencia de este conocimiento, te despre- 
ciarás y no pensarás en ti, más que con horror. Te 
considerarás como un caracol que lo mancha todo 
con su baba, o como un sapo que todo lo emponzoña 
con veneno, o como una serpiente maliciosa que sólo 
pretende engañar. En fin, la humilde Virgen María te 
comunicará su profunda humildad, la cual hará que 
te desprecies a ti mismo, que no desprecies a nadie 
y que sólo ames el menosprecio. 


154 


ARTICULO 11 


Participación de la fe de María. 


La Santísima Virgen te hará partícipe de su Te, que 
ha sido en la tierra mayor que la fe de todos los pa- 
triarcas, los profetas, los apóstoles y todos los demás 
santos. Ahora que reina en los cielos, ya no tiene esa 
fe, porque ve con claridad todas las cosas en Dios, 
por la luz de la gloria. Sin embargo, con el consen: 
timiento del Altísimo, Ella no la ha perdido al en- 
trar en la gloria, sino que la ha conservado para 
guardarla en la Iglesia a sus fieles siervos y siervas. 
Cuanto más ganes, pues, la benevolencia de esta au- 
gusta Princesa y Virgen fiel, tanto más grande y pu- 
ra será la fe en toda tu conducta, fe pura que hará 
que apenas atiendas a lo sensible y extraordinario; 
le viva y animada por la caridad, que hará que sólo 
realices tus obras por el solo motivo de puro amor; 
fe firme e inquebrantable como una roca, la cual ha- 
rá que permanezcas firme y constante en medio de las 
tempestades y tormentas; fe efectiva y penetrante, que, 
como misteriosa ganzúa, te permitirá la entrada en 
todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos 
del hombre y en el corazón del mismo Dios; fe valien- 
te, que te hará emprender y llevar hasta el fin, sin ti- 
tubear, grandes cosas por Dios y por la salvación de 
las almas; fe, en fin, que será tu antorcha encendida, 
tu vida divina, tu tesoro escondido de la divina sabi- 
duría. tu arma omnipotente; de todo lo cual te ser- 


155 


virás para iluminar a aquellos que están en las tinie- 
blas y sombras de la muerte, para abrasar a los que 
son tibios y han menester el oro encendido de la ca- 
ridad, para dar la vida a los que están muertos por 
el pecado, para tocar y derribar, por tus palabras dul- 
ces y poderosas, los corazones de mármol y los ce- 
dros del Líbano y, en fin, para resistir al diablo y a 
todos los enemigos de tu salvación. 


ARTICULO III 
Exención de escrúpulos, turbaciones y temores. 


Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu cora- 
zón todo escrúpulo y todo temor servil: Ella le abri- 
rá y ensanchará para correr en los mandamientos de 
su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios y 
para introducir en él el puro amor del cual es Ella 
tesorera. De modo que ya no te gobernarás más, por 
mucho que así hayas obrado, por temor de Dios, que 
es caridad, sino por puro amor. Le mirarás como a 
tu bondadoso Padre, al cual te afanarás por compla- 
cer incesantemente, con el cual conversarás confiden- 
cialmente como un hijo con su cariñoso padre. 
desgracia, le ofendieres, te humillarás pronto ante El: 
le pedirás perdón humildemente, le tenderás la mano 
con sencillez y te levantará amorosamente, sin turba- 
ción ni inquietud, y seguirás caminando hacia El 
desaliento, y en todo esto tomarás a María, tu 
na Madre, como mediadora y abogada, y Ella te ins- 
pirará ese amor y esa confianza en Dios. 


156 


ARTICULO IV 


Gran confianza en Dios y en María. 


La Santísima Virgen te llenará de una gran con- 
fianza en Dios y en sí misma: 1.” Porque nunca te 
acercarás a Jesucristo por ti mismo, sino por medio 
de María, tu tierna Madre. 2.? Porque habiendo dado 
todos sus méritos, gracias y satisfacciones, para dis- 
poner de ellos a su voluntad, Ella te comunicará sus 
virtudes y te revestirá con sus méritos, de modo que 
podrás decir a Dios con confianza: «Ved aquí a Ma- 
ría vuestra sierva: cúmplase en mí según vuestra pa- 
labra»: Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum ver- 
bum tuum (1). 3.2 Porque, habiéndote dado a Ella to- 
do entero, en cuerpo y alma, Ella, que es liberal con 
los liberales y más liberal que los mismos liberales, 
se entregará a ti en retorno, de una manera maravi- 
llosa, pero verdadera. De modo que podrás decirla 
osadamente: Tuus sum ego, salvum me fac (2): «Yo 
soy tuyo, Virgen Santísima, sálvame»; o como he di- 
cho ya, con el discípulo amado: Accepi te in mea: 
«Te he tomado, Madre Santísima, por todos mis bie- 
nes.» También podrás decir con San Buenaventura: 
Ecce Domina salvatrix mea, fiducialiter agam, et non 
timebo, quia fortitudo mea, et laus mea in Domino es 
tu; y en otro lugar: Tuus totus ego sum, et omnia 
mea tua sunt, o Virgo gloriosa, super omnia benedic- 


(Y) S. Luc, 1, 38. 
(2) Ps. CXIX, 94. 


157 


ta, ponam te ut signaculum super cor meum, quia for- 
tis est ut mors dilectio tua (1): «Querida Señora y Sal- 
vadora mía, obraré con confianza y no temeré, por- 
que Vos sois mi fortaleza y mi alabanza en el Señor... 
Yo soy todo vuestro y todo lo mío os pertenece. ¡Oh 
Virgen gloriosísima, bendita sobre todas las cosas crea- 
das!, póngate yo como un sello sobre mi corazón, 
porque tu amor es fuerte como la muerte.» Podrás de- 
cir a Dios con los mismos sentimientos del Profeta: 
Domine, non est exaltatum cor meum, neque elati 
sunt oculi meiz neque ambulavi in magnis; neque in 
mirabilibus super me, si non humiliter sentiebam; sed 
exaltavi animam meam sicut ablactatus super matre 
sua, ita retributio in anima mea (2): «Señor, ni mi 
corazón ni mis ojos tienen motivo para elevarse y en- 
orgullecerse, ni para buscar las cosas grandes y ma- 
ravillosas; y a pesar de esto, aun no soy humilde; 
pero he levantado y alentado mi alma con la confian- 
za; soy como un hijo destetado de los placeres de la 
tierra y recostado sobre el seno de mi Madre, y en 
él es en donde soy colmado de bienes.» 4." Lo que 
también aumentará tu confianza en Ella es el que, ha- 
biéndole dado en depósito todo lo bueno que tienes 
para que lo dé o lo guarde, tendrás menos confian- 
za en ti y mucha más en Ella, que es tu tesoro. 


(D) $. Bon. in Psal. min. B. Y. 
(2) Ps, CXXX, 2. 


158 


¡Oh, y qué consuelo para un alma que puede decir 
que el tesoro de Dios, en donde El ha puesto todo lo 
más precioso que tiene, es también el suyo propio! 
1psa est thesaurus Domini: «Flla es, dice un santo, el 
tesoro del Señor.» 


ARTICULO Y 
Comunicación del alma y del espíritu de María. 


El alma de la Santísima Virgen se te comunicará 
para glorificar al Señor: su espíritu se pondrá en lu- 
gar del tuyo para alegrarse en Dios, su Salvador, con 
tal que permanezcas fiel a las prácticas de esta devo- 
ción. Sit in singulis anima Mariae, ut magnificer Do- 
minum; sit in singulis spiritus Mariac, ut exultet in 
Deo (S. Amb.): «El alma de María esté en cada uno, 
para glorificar en él al Señor; el espíritu de María esté 
en cada uno, para regocijarse en Dios.» ¡Ah! ¿Cuán- 
do llegará ese tiempo venturoso, dice un santo de 
nuestros días, enamorado en gran manera de María; 
cuándo llegará ese tiempo feliz en que la Madre de 
Dios sea reconocida Señora y Soberana en los cora- 
zones, para someterlos plenamente al imperio de su 
divino y único Hijo, Jesús? ¿Cuándo las almas ri 
pirarán a Maria como los cuerpos respiran el aire? 
Entonces se verán grandes maravillas en este iugar de 
miseria, en donde el Espíritu Santo, hallando a su 
Esposa como reproducida en las almas, llegará a ellas 
con la abundancia de sus dones y las llenará de ellos. 
pero especialmente del don de su sabiduría, para obrar 


159 


maravillas de la gracia. Carísimo hermano mío, ¿euán- 
do vendrá ese tiempo feliz y ese siglo de María en 
que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo 
por medio de María, perdiéndose ellas mismas en el 
abismo de su interior, se transformarán en copias vi- 
vas de María para amar y glorificar a Jesucristo? Es- 
te tiempo sólo vendrá cuando se conozca y practique 
la devoción que yo enseño: Ua adveniat regnum 
tuum, adveniat regnum Mariae. 


ARTICULO VI 


María, árbol de vida, producirá 
a Jesús en el alma fiel. 


Si María, que es el árbol de vida, está bien culti- 
vada en vuestra alma por la fidelidad a las prácticas 
de esta devoción, Ella dará su fruto a su debido tiem- 
po, y este fruto no es otro que Jesucristo. Veo a mu- 
chísimos devotos y devotas que buscan a Jesucristo, 
los unos por un camino y una práctica; los otros por 
otra, y frecuentemente, después de haber trabajado 
durante toda la noche, pueden decir: Per totam noc- 
tem laborantes nihil cepimus (1): «A pesar de haber 
trabajado toda la noche, nada hemos tomado.» Y se 
les puede decir: Laborastis multum, et intulistis parum. 
«Habéis trabajado mucho y habéis aprovechado poco»; 
Jesucristo es todavía muy débil en vosotros. Pero por 
el camino inmaculado de María y por medio de esta 


(DS. Luec., V, 5. 


160 


práctica divina que enseño, se trabaja durante todo 
el día, se trabaja en lugar santo, se trabaja poco. En 
María no hay noche, porque en Ella no hay pecado, 
ni aun la menor sombra de él. María es un lugar san- 
to y el santo de los santos, en donde los santos han 
sido formadosy moldeados. 

Notad bien que digo que los santos han sido mol- 
deados en Maria. Existe gran diferencia entre hacer 
una figura en relieve a fuerza de martillo y de cincel, 
y sacar una figura echándola en el molde. Los escul- 
tores y estatuarios trabajan mucho para hacer las fi- 
guras de la primera manera, e invierten en ello mu- 
cho tiempo; mas para hacerlas de la segunda mane- 
ra, trabajan poco y emplean muy poco tiempo. San 
Agustín llama a la Santísima Virgen forma Dei: 
«molde de Dios». Si forman Dei te appellen, digna 
existis; el molde propio para formar y moldear los 
Dioses. El que entra en este molde divino muy pronto 
queda formado y moldeado en Jesucristo y Jesucris- 
to en él; con pocos gastos y poco tiempo se conver- 
tirá en Dios, porque es echado en el mismo molde 
que ha formado a Dios. 

Paréceme que los directores y devotos que quieren 
formar a Jesucristo en sí o en los demás por prácti- 
cas diferentes de ésta, se pueden muy bien comparar 
a los escultores que, poniendo toda la confianza en su 
habilidad, en su industria y en su arte, dan una infi- 
nidad de golpes con el martillo y el cincel a una pie- 
dra dura, o un pedazo de madera tosca, para hacer 
de ella una imagen de Jesucristo; y algunas veces 


161 


no aciertan a sacar a Jesucristo al natural, ya por 
falta de conocimiento y de experiencia de la persona 
de Jesucristo, ya a causa de algún golpe mal dado que 
echa a perder la obra. Mas a los que abrazan este se- 
creto de la gracia que les presento, los comparo con 
razón a esos fundidores y moldeadores que, habiendo 
encontrado el excelente molde de María, en donde Je- 
sús ha sido natural y divinamente formado, sin fiar en 
su propia industria, sino únicamente en la bondad del 
molde, se arrojan y se pierden en María para con- 
vertirse en un retrato al natural de Jesucristo. ¡Her- 
mosa y verdadera comparación! ; pero, ¿quién la com- 
prenderá? Ojalá seas tú, carísimo hermano; mas 
acuérdate que no se echa en el molde sino lo que está 
fundido y líquido; es decir, que es necesario destruir 
y fundir en ti el viejo Adán para transformarte en el 
nuevo en María. 


ARTICULO VIL 


La mayor gloria de Dios. 


Por medio de esta práctica, observada con toda 
fidelidad, darás a Jesucristo en un mes más gloria 
que, por otra cualquiera, aunque más difícil, en va- 
rios años. He aquí las razones en que me fundo para 
hacer esta afirmación. 

12 Porque realizando todas las acciones por la 
Santísima Virgen, según enseña esta práctica, abando- 
nas tus propias intenciones y operaciones, aunque bue- 
nas y conocidas, para perderte, por decirlo así, en las 


162 


de la Santísima Virgen, aunque te sean desconocidas; 
y, por tanto, participas de la sublimidad de sus inten- 
ciones, las cuales han sido tan puras, que por la me- 
nor de sus acciones, por ejemplo, hilando su rueca o 
dando un punto con la aguja, ha dado a Dios más glo- 
ria que San Lorenzo sobre las parrillas por medio de 
su cruel martirio, y que todos los santos por sus ac- 
ciones más heroicas: lo cual hace que, durante su per- 
manencia aquí en la tierra, la Santísima Virgen haya 
adquirido un cúmulo tan ineíable de gracias y de mé- 
ritos, que antes se contarán las estrellas del firmamen- 
to, las gotas de agua de los océanos y los granitos de 
arena de sus orillas, que sus méritos y sus gracias, y 
que Eila haya dado a Dios más gloria que todos los 
ángeles y santos le han dado o le darán. ¡Oh María, 
Virgen poderosa, Vos no sois capaz de otra cosa más 
que de hacer prodigios de gracias en las almas que de- 
sean perderse en Vos! 

2. Porque un alma fiel a esta práctica, teniendo 
en nada todo lo que piensa o hace por sí misma, y no 
apoyándose ni complacióndose más que en las dispo- 
siciones de María, para acercarse a Jesucristo y has- 
ta para hablarle, practica mucho más la humildad 
que las almas que obran por sí mismas, y que, aun: 
que imperceptiblemente, se apoyan y se complacen en 
sus disposiciones; y, por consiguiente, glorifica más 
altamente a Dios. el cual nunca es tan perfectamente 
glorificado como cuando lo es por los humildes y sen- 
cillos de corazón. 

3." Porque la Santísima Virgen, deseando por el 


163 


grande amor que nos tiene, recibir en sus manos vir- 
ginales el obsequio de nuestras acciones, les da una 
belleza y un brillo admirables; las ofrece por sí mis- 
ma a Jesucristo, con la seguridad de que el Señor es 
de esta manera más glorificado que si las ofreciéra- 
mos por nuestras manos criminales. 

4 En fin, porque jamás pensarás tú cn María, 
sin que María por ti piense en Dios, y no alabarás ni 
honrarás nunca a María, sin que Ella alabe y honre 
a Dios. María es toda relativa a Dios, y me atrevo a 
llamarla la relación de Dios, que sólo existe con 
relación a El, o es el eco de Dios, que no dice ni 
repite otra cosa más que Dios. Si dices María, Ella 
dice Dios. Santa Isabel alabó a María y la llamó bien- 
aventurada por haber creído, y María, el eco fiel de 
Dios, exclamó: Magnificat anima mea Dominum (1): 
«Mi alma glorifica al Señor.» 

Lo que en esta ocasión hizo María, lo hace todos 
los días; cuando la alabamos, la amamos, la honra- 
mos o nos damos a Ella, alabamos a Dios, honramos 
a Dios, nos damos a Dios por María y en María, 


(1) S. Luc, 1, 46. 


164 


CAPITULO Vi 
Prácticas particulares de esta devoción. 


ARTICULO 1 
PRÁCTICAS EXTERIORES 


Aunque lo esencial de esta devoción consiste en lo 
interior, no deja por eso de tener algunas prácticas 
exteriores, que no es conveniente omitir: Haec oportuit 
facere et illa non omitere (1), ya porque las prácticas 
exteriores bien hechas ayudan a las interiores, ya 
porque ellas hacen que el hombre, que siempre se guía 
por los sentidos, tenga presente en la memoria lo que 
ha hecho o debe hacer; ya porque ellas son muy pro- 
pias, para edificar al prójimo que las ve, lo cual no 
hacen las que son puramente interiores. Que ningun 
mundano, pues, ni crítico se meta aquí a decir que 
la verdadera devoción está en el corazón, que es nece- 
sario evitar las exterioridades, que en ellas puede ha- 
ber vanidad, que lo mejor es ocultar la devoción, etc. 
A éstos les respondo con mi divino Maestro: Que 
vean los hombres vuestras buenas obras, a fin de que 
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos; no, 
como dice San Gregorio, que debamos realizar nues- 
tras acciones y devociones exteriores para agradar a 
los hombres y obtener por ello alguna alabanza, lo 


(1) San Mat, XXUL 23. 


165 


cual sería vanidad, sino que, a veces, las hagamos an- 
te los hombres con el fin de agradar a Dios y hacerle 
glorificar de esta manera, sin atender a los despre- 
cios o alabanzas de las criaturas. 

Mencionaré sólo en resumen algunas prácticas ex- 
teriores, a las cuales no llamo así porque se hagan 
sin el espíritu interior, sino porque tienen algo exte- 


rior, para poder ser distinguidas de las puramente in- 
teriores. 
$ 1—Primera práctica. 
Aquellos y aquellas que quieran entrar en esta de- 


voción particular, que no ha sido erigida en cofra- 
día (1). aunque sería mucho de desear, después de 
haber, como he dicho (2), en la primera parte de esta 
preparación al reinado de Jesucristo, empleado doce 


días, por lo menos, en vaciarse el espíritu del mundo, 
contrario al de Jesucristo, emplearán tres semanas en 


(1) Los deseos del B. Montfort se han realizado, Esta de- 
voción, tan amada de él, se ha erigido en Archicofradía, ou- 
Jos miembros, ya muy numerosos, se multiplican de una ma- 
nera extraordinaria. 

(2) «dicho», falta en el manuscrito. Esta frase ofrece una 
dificultad. Quisiéramos saber lo que significa esta primera 
parte en que el Beato ha hablado ya de la preparación. Lo 
Due más racional parece es hacer de las palabras: como he 
dicho, un paréntesis. En este caso el sentido sería: «Después 
de haber, en la primera parte de esta preparación al reinado 
de Jesucristo, empleado doce días...» Esto parece ser lógico, 
por cuanto que en el manuscrito la puntuación es muy de- 
fectuosa. 


166 


Nlenarse de Jesucristo por la Santísima Virgen. He aquí 
el orden que se podrá observar. 

Durante la primera semana emplearán todas sus 
oraciones y actos de piedad en pedir el conocimiento 
de sí mismos y la contrición de sus pecados; hacién- 
dolo todo con espíritu de humildad. Por tanto, po- 
drán. si quieren, meditar lo que he dicho de nuestro 
mal fondo y considerarse, en los seis días de esta se- 
mana, sólo como caracoles, babosas, sapos, cerdos, ser- 
pientes y machos cabríos; o estas tres palabras de 
San Bernardo: Cogita quid fueris, semen putridum; 
quid sis, vas stercorum:; quid futurus sis, esca ver- 
mium. Rogarán al Señor y a su Santo Espíritu que 
les ilumine, con estas palabras: Domine, ut videam; 
o Veni, Sancte Spiritus. y dirán todos los días las le- 
tanías del Espíritu Santo y la oración que están se 
ñaladas en la primera parte de esta obra (1). Recu. 
trirán a la Santísima Virgen pidiendo esa gracia que 
debe ser el fundamento de las otras, y para esto, di- 
rán todos los días el Ave, maris stella y sus letanías. 

Durante la segunda semana se dedicarán en todas 
sus oraciones y obras de cada día a conocer a la San- 
tísima Virgen, pidiendo este conocimiento al Espí- 
ritu Santo. Podrán leer y meditar lo que sobre esto 
hemos dicho ya, y rezarán, como en la primera se- 


(1) El manuscrito habla de las Jetanías del Espíritu San- 
to y de una oración que se hallaban «in duda al comienzo del 
libro. La oración tal vez fuese una consagración según la 
costumbre del tiempo. Desgraciadamente, estas hojas se han 
perdido. En su lugar se pueden decir las oraciones coloca- 
das al fin de El Secreto de María o la oración de San Agustín, 


167 


mana, las letanías del Espíritu Santo y el Ave, maris 
stella, y además un rosario todos los días, o a lo me- 
nos cinco misterios con esta intención. 

Emplearán la tercera semana en conocer a Jesu- 
cristo. En ella podrán leer y meditar lo que llevamos 
dicho y rezar la oración de San Agustín, que está co- 
locada hacia el comienzo de esta segunda parte (1). 
Para esto podrán, con el mismo santo, decir y repe- 
tir una y otra vez cada día: Noverim te; «¡Señor, 
que vo os conozca!», o bien, Domine, ut videam: 
«¡Señor, que vea quién sois Vos!» Rezarán, en la 
semana presente, las letanías del Espíritu Santo y el 
Ave, meris stella, y añadirán todos los días las leta- 
nías del nombre de Jesús. 

AL terminar estas tres semanas, se confesarán y 
comulgarán con la intención de darse a Jesucristo, en 
calidad de esclavos de amor, por las manos de María. 
Después de la Comunión, la cual procurarán hacer 
serún el método que adelante expresaré, recitarán la 
fórmula de su consagración. que también encontra- 
rán más adelante, siendo conveniente que la escriban 
o la haran escribir, si no está impresa, y la firmen 
«l mismo día que la hagan. Será conveniente que en 
este día paguen a Jesucristo y a su Santísima Madre 


(1) En el manuscrito no están las divisiones indicadas de 
ima manera bien clara. Sin embargo, se notará que la ora- 
ción de San Agustín está bastante al comienzo de la segunda 
parte del libro. En efecto, el Beato dice: «Habiendo tratado 
hasta aquí de la necesidad..., es necesario explicar en qué 
consiste esta devoción» (pág. 43). Aquí comienza el segundo 
punto. 


168 


algún tributo, ya como penitencia de su infidelidad pa- 
sada, a las promesas del Bautismo, ya para protestar- 
les su dependencia del dominio de Jesús y de María. 
Este tributo, como es muy natural, debe ser según la 
devoción y la capacidad de cada uno, como un ayu- 
no, una mortificación. wma limosna o una vela, pues 
aun cuando sólo dieran en homenaje, un alfiler, 
con tal que lo dieran de todo corazón, sería bas. 
tante para Jesús, que sólo mira la voluntad. To: 
dos los años, al menos en el mismo día, renovarán 
la misma consagración, observando las mismas prác 
ticas durante tres semanas. Podrán también todos los 
meses y hasta todos los días, renovar cuanto han he- 
cho, con estas pocas palabras: Tuus totus ego sum, 
et omnia mea tua sunt: «Yo soy todo de Vos, y todo 
cuanto tengo os pertenece», ¡oh mi amable Jesús!, 
por medio de María, vuestra Santísima Madre. 


$ T.—Segunda práctica. 


Rezarán todos los días de su vida. si pueden ha: 
cerlo sin molestia alguna, la Coronilla de la Santí- 
sima Virgen, compuesta de tres Padrenuestros y doce 
Avemarías, en honor de los doce privilegios y gran- 
dezas de la Santísima Virgen. Esta práctica es muy 
antigua, pues tiene su fundamento en la Sagrada Es- 
critura. San Juan vió una mujer coronada de doce 
estrellas, vestida del sol y teniendo la luna a sus pies. 
Esta mujer, según los intérpretes, es María. Hay mu- 
chas maneras de rezarla bien, las cuales sería muy 


169 


difícil referirlas; el Espíritu Santo las enseñará a 
aquellos y aquellas que sean más fieles a esta devo- 
ción. Sin embargo. para decirla sencillamente, es ne- 
cesario decir: Dignare me laudare te, Virgo sacrata; 
da mihi virtutem contra hostes tuos; en seguida se 
rezará el Credo, después un Padrenuestro con cuatro 
Avemarías y Gloria Patri; luego otro Padrenuestro 
con las cuatro Avemarías y Gloria. y así hasta ter- 
minar. Al fin se dice: Sub tuum praesidium, elc. 


s UL 


Tercera práctica. 


Es muy laudable, muy glorioso y muy útil a aque- 
llos y aquellas que así se han hecho esclavos de Je- 
sús en María que even, como señal de su esclavi- 
tud de amor, cadenillas de hierro bendecidas con una 
bendición propiz que pondré a continuación. Estas 
señales exteriores, en verdad, no son esenciales, y una 
persona puede muy bien prescindir de ellas, a pesar 
de haber abrazado esta devoción; sin embargo, no 
puedo menos de alabar grandemente a aquellos y 
aquellas que, después de haber sacudido las cadenas 
vergonzosas de la esclavitud del diablo, con que el 
pecado original y quizá los pecados actuales, les ha- 
yan atado, se han sometido voluntariamente a la glo- 
tiosa esclavitud de Jesucristo y se glorían con San 
Pablo de estar encadenados por Jesucristo, con ca- 
denas mil veces más gloriosas y preciosas, aunque de 
hierro y sin brillo, que todos los collares de oro de 
los emperadores. 


170 


Aunque en otro tiempo nada era más infamante 
que la cruz, hoy este leño es la cosa más gloriosa del 
cristianismo. Lo mismo podemos decir de los hierros 
de la esclavitud. Entre los antiguos y aun ahora tam- 
bién entre los paganos, nada era más ignominioso; 
pero entre los cristianos nada hay más ilustre que 
estas cadenas de Jesucristo, porque nos libran y pre: 
servan de los lazos infames del pecado y del demonio, 
pues nos ponen en libertad y nos ligan a Jesús y a 
María, no por violencia y por fuerza, como los ga- 
leotes, sino por caridad y amor, como hijos: Traham 
eos in vinculis charitatis (1): «Los atraeré a mí, con 
las cadenas de la caridad» (dice el Señor por la boca 
de un profeta), las cuales, por consiguiente, y, en al- 
gún modo, más fuertes aún para aquellos que hasta 
la muerte sean fieles en llevar estas señales gloriosas. 
Pues, aunque la muerte destruye sus cuerpos redu- 
ciéndolos a podredumbre, no destruirá los lazos de la 
esclavitud que, siendo de hierro, no se corromperán 
fácilmente, y quizá en el día de la resurrección de 
los cuerpos, en el gran juicio del último día, estas 
cadenas, que aun ligarán sus huesos, constituirán 
una parte de su gloria y se cambiarán en cadenas de 
luz y de gloria. ¡Dichosos, pues, mil veces los escla- 
vos ilustres de Jesús en María que lleven sus cade: 
nas hasta el sepulcro! 


He aquí las razones por las cuales se llevan estas 
cadenillas: 1. Para que el cristiano se acuerde de 


(1) Oseas, XI, 4. 


171 


los votos y promesas del Bautismo de la renovación 
perfecta que él hizo de ellos por esta devoción y de 
la estrecha obligación que tiene de permanecer fiel a 
ellos. Como el hombre que ordinariamente se guía 
más bien por los sentidos que por la pura fe, se ol- 
vida fácilmente de sus obligaciones con respecto de 
Dios, si no tiene alguna cosa exterior que se las trai- 
ga a la memoria, estas cadenillas sirven maravillosa- 
mente al cristiano para hacerle recordar las cadenas 
del pecado y la esclavitud del demonio, de que el 
Santo Bautismo le ha librado, y la dependencia que 
ha prometido a Jesús en el santo Bautismo y la ra- 
tificación que de ella ha hecho por la renovación de 
sus votos; y una de las razones por que tan pocos 
cristianos piensan en los votos del Bautismo y viven 
con la misma libertad que si nada hubieran prometi- 
do a Dios, cual si fueran paganos, es el que no llevan 
ninguna señal exterior que les haga recordar todo 
esto. 2.7 Para mostrar que no nos avergonzamos de 
la esclavitud y servidumbre de Jesucristo, y que re- 
nunciamos a la esclavitud funesta del mundo, del pe- 
cado y del demonio. 3.2 Para librarnos y prescrvar- 
nos de las cadenas del pecado y del demonio. Pues 
es preciso que llevemos o las cadenas de la iniquidad 
o las cadenas de la caridad y de la salvación: Vincu- 
la peccatorum aut vincula charitatis. 


¡Ah!, carísimo hermano mío, rompamos las ca- 
denas de los pecados y de los pecadores, del mundo 


172 


y de los mundanos, del diablo y de sus secuaces, y lan- 
comos lejos de nosotros su funesto yugo: Dirumpa- 
mus vincula eorum et projiciamus a nobis jugum i, 
sorum (1). Metamos los pies, por servirme de los tér- 
minos del Espíritu Santo, en estos hierros gloriosos 
y el cuello en estos collares: Injice pedem tuum. in 
compedes illius, et in torques illius collum tuum (2). 

Sometamos nuestras espaldas y llevemos la Sabi- 
duría, que es Jesucristo, y no nos causen fastidio sus 
cadenas: Subjice humerum tuum et porta illam, et 
ne acedieris vinculis ejus (3). Notarás que el Espí- 
ritu Santo, antes de decir estas palabras, prepara para 
ello el alma, a fin de que no rechace su importante 
consejo. He aquí sus palabras: Audi, fili, et accipe 
consilum — intellectus et ne abjicias — consilium 
meum (4): «Escucha, hijo mío, y recibe un consejo 
de sabiduría y no rechaces mi consejo». 

No lleves a mal, queridísimo amigo mío, que me 
una yo al Espíritu Santo para darte el mismo conse- 
jo: Vincula ilus alligatura salutaris (5): «Sus ca- 
denas son ligaduras de salvación». Como Jesucristo 
en la cruz debe atraerlo todo hacia sí, de grado o por 
fuerza, atracrá a los réprobos por las cadenas de sus 
pecados, para encadenarlos al igual de presidiarios 
y de los diablos, a su ira cterna y a su justicia ven- 
gadora; pero atraerá particularmente en estos últi- 


(D Ps. 1, 3. 
(2) Eccle., VI, 25. 
(3) Eccle., 25. 
(4) Eccle., 24, 
(5) Ecele., 31, 


173 


mos tiempos a los predestinados por las cadenas de 
la caridad: Omnia traham ad meipsum (1). Traham 
eos in vinculis charitatis (2). Estos esclavos de amor 
de Jesucristo o encadenados de Jesucristo, vincti 
Christi, pueden levar sus cadenas al cuello, o en los 
brazos, o en la cintura, o en los pies. El P. Vicente 
Carafía, séptimo general de la Compañía de Jesús, 
que murió en olor de santidad el año 1643, llevaba, 
como señal de esclavitud, un aro de hierro a los pies, 
y decía que su mayor pena era el no poder arrastrar 
públicamente las cadenas. La Madre Inés de Jesús, de 
la cual ya he hablado, llevaba una cadena de hierro 
alrededor de su cintura. Otros la han llevado al cue- 
llo, como penitencia de los collares de perlas que lle- 
varon en el mundo... Algunos la han llevado en el 
brazo para acordarse en el trabajo de sus manos que 
eran esclavos de Jesucristo. 


$ 1V.—Cuarta práctica. 


Profesarán una devoción singular al gran misterio 
de la Encarnación del Verbo, el 25 de marzo (3), que 
es el misterio propio de esta devoción, porque ella 
ha sido inspirada por el Espíritu Santo. 

1? Para honrar e imitar la dependencia inefable 
que Dios Hijo ha querido tener con respecto de Ma- 


(DS. Juan, XIL 23. 

(2) Oseas, XL, d. 

(8) El 25 de marzo todos los miembros de la Cofradía de 
María, Reina de los Corazones, pueden ganar indulgencia 
plenaria. 


174 


ría, para la gloria de Dios su Padre y para nuestra 
salvación, la cual dependencia se muestra particular. 
mente en este misterio en que Jesús aparece cautivo 
y esclavo en el seno de María, en donde depende to. 
talmente de esta divina Señora para todas las cosas, 


2. Para dar gracias a Dios por los favores incom- 
parables que ha concedido a María y particularmente 
el de haberla escogido por su dignísima Madre, elec- 
ción que ha sido hecha en este misterio: tales son 
los principales fines de la esclavitud de Jesús en María. 

Nótese bien que digo ordinariamente: el esclavo de 
Jesús en María, la esclavitud de Jesús en María. Se 
puede verdaderamente decir, como muchos han dicho 
hasta ahora: esclavo de María, la esclavitud de la San- 
tísima Virgen; pero creo que vale más que digamos 
el esclavo de Jesús en María, como lo aconsejaba 
M. Tronson, superior general del seminario de San 
Sulpicio, renombrado por su rara prudencia y con- 
sumada piedad, a un clérigo que le consultó sobre es. 
te particular. He aquí las razones: 

1.” Como vivimos en un siglo orgulloso, en el que 
hay un gran número de sabios hinchados, espíritus 
fuertes y críticos que hallan algo que censurar hasta 
en las prácticas de piedad mejor establecidas y más 
sólidas, a fin de no darles ocasión de crítica sin ne- 
cesidad, es preferible decir esclavitud de Jesucristo en 
María y lamarse esclavo de Jesucristo, mejor que 
esclavo de María, tomando el nombre de esta deyo- 
ción más bien de su fin último, que es Jesucristo, que 
del camino y del medio para llegar a este fin, que es 


175 


María, aun cuando se puede en verdad hacer una u 
otra cosa sin escrúpulo, como yo lo hago, de la ma- 
nera que un hombre que va de Orleans a Tours por 
el camino de Amboise, puede muy bien decir que va 
a Amboise y que va a Tours; que viaja hacia Am- 
boise y que viaja hacia Tours, con la diferencia, 
sin embargo, de que Amboisc no es otra cosa que el 
camino recto para ir a Tours, y que Tours es su fin 
último y el término de su viaje. 

2.2 Como el principal misterio que se celebra y 
que se honra en esta devoción es el misterio de la En- 
carnación, en el cual no se puede ver a Jesucristo si- 
no es en María y encarnado en su seno, es más a pro- 
pósito decir la esclavitud de Jesús en María, de Je- 
sús que reside y reina en María, según esta hermo- 
sa oración de tantos y tan grandes hombres: ¡Oh 
Jesús!, que vives en María, venid y vivid en nos- 
otros, en vuestro espíritu de santidad, etc. 


3.2 Esta manera de hablar muestra, además, la 
unión íntima que hay entre Jesús y María. Los dos 
están tan íntimamente unidos, que el uno está total- 
mente en el otro: Jesús está todo en María y María to- 
da en Jesús, o más bien no está Ella sino Jesús sola- 
mente en Ella; y antes separaríamos la luz del sol que 
a María de Jesús. De modo que al Señor le podemos 
llamar: Jesús de María y a la Santísima Virgen Ma- 
ría de Jesús. 

Como el tiempo no me permite detenerme aquí pa- 
ra explicar las excelencias y las grandezas del miste- 
rio de Jesús viviendo y reinando en María, o de la En- 


176 


carnación del Verbo, me contentaré con decir en cua- 
iro palabras que este es el misterio primero de Jesu- 

isto, el más oculto, el más grande y menos conoci- 
do; que en este misierio es donde Jesús, de acuerdo 
con María, en el seno de Esta (que por esto ha sido 
llamado por los santos aula sacramentorum, la sala 
de los secretos de Dios) ha escogido a todos los ele- 
gidos; que en este misterio es donde Ella ha obrado 
todos los misterios que han sucedido a éste en su vi- 
da, por la aceptación que de ellos hizo: Jesus ingre- 
diens mundum dicit: Ecce venio ut faciam. volunta- 
tem tuam, ete, (1); y, por consiguiente, que este mis- 
terio es un resumen de todos los misterios, que con- 
tiene la voluntad y la gracia de todos; en fin, que este 
misterio es el trono de la misericordia, de la liberali 
dad y de la gioria de Dios. El trono de su misericordia 
para nosotros, porque, como no podemos acercarnos a 
Jesús sino es por María, no podemos ver a Jesús ni ha- 
blarle sino es por mediación de María. Jesús, que atien- 
de siempre a María, concede allí siempre su gracia y su 
misericordia a los pobres pecadores: Adeamus ergo 
cum fiducia ad thronum gratiae (2). Es el trono de su 
liberalidad para con María, porque mientras el nuevo 
Adán ha permanecido en este verdadero paraíso te- 
rrestre, ha obrado en él ocultamente tantas maravillas 
que ni los ángeles ni los hombres son capaces de com- 
prenderlas. He aquí por qué los santos llaman a Ma- 
ría la magnificencia de Dios: Magnificentia Dei, co- 
mo si Dios sólo fuera magnífico en María: Solum- 


(1) Hebr., X, 5-9. 
(2) Hebr., IV, 16. 


177 


modo ibi magnificus Dominus (1). Es el trono de su 
para su Padre, porque en María Jesucristo ha 
cado perfeclamente «a su Padre, enojado contra 
los hombres; en Ella ha reparado perfectamente la 
gloria que e: pecado le había robado, y por el sacri- 
hicio que en Ella hizo de su voluntad y de sí mismo, 
le ha dado más gloria que la que nunca le habrían da- 
do todos los sacrificios de la ley antigua, y en Ella, fi- 
naímente, le ha dado una gloria infinita, que nunca 
habría recibido del hombre. 


$ V.—Quinta práctica. 


Tendrán gran devoción al rezo del Avemaría, o Sa- 
lutación Angélica, cuyo valor, mérito, excelencia y 
necesidad apenas conocen los cristianos, aun los más 
instruidos. Ha sido preciso que la Santísima Virgen 
se apareciera muchas veces a grandes y muy esclare- 
cidos santos, como Santo Domingo, San Juan Capis- 
trano y el Beato Alano de la Roche, para manifestar- 
les llla misma el mérito del Avemaría. Estos santos 
han compuesto libros enteros acerca de las maravillas 
y de la eficacia de esta oración para convertir a las 
almas; han publicado en voz alta y han predi- 
cado públicamente que, habiendo comenzado la sal- 
vación del mundo por el Avemaría, de esta misma 
oración depende la salvación de cada uno en particu- 
lar; que ella es la que ha hecho que la tierra seca y 
estéril diera el fruto de la vida, y que ella misma, bien 


(1) Isaías, XXXI, 21. 


178 

dicha, ha de ser la que haga germinar en nuestras 
almas la palabra de Dios y producir el fruto de vida, 
Jesucristo; que el Avemaria es un rocío celestial que 
riega la tierra, es decir, el alma, para hacerla produ- 
cir el fruto en tiempo oportuno; y que un alma que 
no es fecundada por esta oración o rocío del cielo, no 
produce fruto y sólo da malezas y espinas, y está muy 
cerca de ser maldita. 

He aquí lo que la Santísima Virgen reveló al Beato 
Alano de la Roche, como se ve en su libro De dignita- 
te Rosarii, y luego en Cartagena: «Sabe, hijo mío, y 
hazlo conocer u todos, que es una señal probable y 
próxima de la condenación eterna el sentir aversión, 
tibieza y negligencia de decir la Salutación Angéli- 
ca, que es la que ha reparado a todo el mundo»: Scias 
enim et secure intelligas et inde late omnibus patefa- 
cias, quod videlicet signum probabile est et propin- 
quum ueternae damnationis horrere et acediari ac ne- 
gligere Angelicam Salutationem, iotius mundi repara- 
tivam (1). Palabras son éstas muy consoladoras y muy 
terribles, las cuales nos resistiríamos a creer si no tu- 
vieran, como garantía, la santidad de este Beato y la 
de Santo omingo antes que él, y después otros mu- 
chos grandes personajes, con la experiencia de mu- 
chos siglos. Pues es un hecho que siempre se ha no- 
tado que los que llevan la señal de la reprobación, 
como son todos los herejes, impíos, orgullosos y mun- 
danos, odian y desprecian el Avemaría y el Rosario. 
Los herejes enseñan y rezan el Padrenuestro, pero no 


(1) Lib, de Dignit., e. IL 


179 


el Avemaría ni el Rosario, que les causa gran horror, 
y antes llevarían encima una serpiente que el Rosa- 
sio. Asimismo los orgullosos, aunque católicos, como 
tienen las mismas inclinaciones que su padre Lucifer, 
desprecian y se muestran indiferentes con el Avema- 
ría, y miran el Rosario como una devoción de mujer- 
cillas, que sólo es buena para los ignorantes y los que 
no saben leer. Al contrario, por experiencia se ha 
visto que aquellos y aquellas que tienen, por otra par- 
te, grandes señales de predestinación, aman y sienten 
gusto y placer en rezar el Avemaría, y cuanto más 
pertenecen a Dios, más aprecio hacen de esta oración. 
Esto es también lo que la Santísima Virgen dijo al 
Beato Alano, a continuación de las palabras citadas. 


Yo no sé el cómo ni el por qué, pero es una verdad, 
en la que encuentro el mejor secrcto para conocer si 
una persona es de Dios, que para esto basta examinar 
si gusta de rezar el Avemaría y el Rosario. Digo si 
gusta: porque puede suceder que una persona (1) esté 
natural o sobrenaturalmente imposibilitada de rezar- 
la; pero siempre la estima y recomienda a los otros. 
Almas predestinadas, esclavos de Jesús en María, sa- 
bed que el Avemaría es la más hermosa de todas las 
oraciones después del Padrenuestro, y el más perfec 
to cumplimiento con que podais honrar a María, pues 
es el saludo inefable que el Altísimo le envió por 
ministerio de un ángel para ganar su corazón, y fué 


(1) La palabra persona no se halla en el manuscrito, 


180 


tan poderoso sobre este corazón de María. por los 
secretos encantos de que está lleno, que Ella, no obs- 
tante su profunda humildad, consintió en la Ex 
nación del Verbo. Con este cumplimiento ganar 
también infaliblemente su corazón, si lo hacéis debi- 
damente. 


r- 


El Avemaría, bien dicha, es decir, con atención, de- 
voción y modestia es, según los santos, el enemigo del 
diablo, es quien le hace huir, y el martillo que le aplas- 
ta, la santificación del alma, la alegría de los ángeles, 
la melodía de los predestinados, el cántico del nuevo 
Testamento, el placer de María y la gloria de la San- 
tísima Trinidad. El Avemaría es un rocío del cielo 
que hace fecunda al alma; un beso casto y amoroso 
que damos a María, una rosa encarnada que le pre- 
sentamos, una perla preciosa que le ofrecemos, una 
copa de ambrosía y de néctar divino que le damos. 
Todas estas comparaciones son de los santos. 

Os ruego, pues, con instancia, por el amor que os 
tengo en Jesús y María, que no os contentéis con re- 
zar la Coronilla de la Santísima Virgen sino también 
el Rosario y hasta, si tenéis tiempo, los quince mis- 
terios todos los días, y en la hora de vuestra muerte 
bendeciréis el día y la hora en que disteis fe a mis 
palabras, y después de haber sembrado en las bendi- 
ciones de Jesús y de María, recogeréis las bendiciones 
eternas en el cielo: Qui seminal in benedictionibus, de 
benedictionibus et metet (1). 


(1) H Corint., IX, 6. 


181 


$ VL—Sexta práctica. 


Para dar gracias a Dios por las mercedes que ha 
hecho a la Santísima Virgen, dirán con frecuencia el 
Magnifical, a ejemplo de la beata María Doignics y 
de otros muchos santos. Esta es la única oración y la 
única obra que ha compuesto la Santísima Virgen, o 
más bien, que Jesús ha hecho en Ella, porque habla- 
ba El por boca de María. Es también el mayor sacri- 
ficio de alabanza que Dios ha recibido en la ley de 
gracia. Es, por un lado, el más humilde y reconocido, 
y. por otro, el más sublime y elevado en todos los cán- 
ticos, el cual contiene misterios tan grandes y tan 
ocultos que hasta los mismos ángeles los ignoran. Ger- 
son, que fué un doctor tan sabio y tan piadoso, des- 
pués de haber empleado una gran parte de su vida en 
componer tratados totalmente llenos de erudición y 
de piedad sobre las materias más difíciles, no pudo 
menos de temblar al emprender, hacia el fin de su vi- 
da, la explicación del Magnificat, con lo cual iba a 
coronar todas sus obras. El nos refiere en un volumen 
in-folio, que compuso, muchas y admirables cosas de 
este hermoso y divino cántico. 


Entre otras, dice que la Santísima Virgen le reza- 
ba con frecuencia. especialmente después de la sagra- 
da Comunión, en acción de gracias. El sabio Benzo- 
nio, explicando el mismo Magnificat, refiere muchos 
milagros obrados por su virtud, y dice que los dia- 


182 


blos tiemblan y huyen cuando oyen estas palabras del 
Magnifica: Fecit potentiam in brachio suo, dispersit 
superbos mente cordis sui (1). 


$ VIL—Séptima práctica, 


Los fielos servidores de María deben con gran em- 
peño despreciar, odiar y huir del mundo corrompido 
y servirse de las prácticas de desprecio del mundo que 
hemos dado en la primera parte. 


ARTICULO H 


Prácticas particulares e interiores para 
los que quieren alcanzar la perfección. 


Además de las prácticas exteriores que he referi- 
do de esta devoción, las cuales no se deben omitir por 
negligencia ni desprecio, en cuanto lo permitan el es- 
tado y la condición de cada uno, veamos algunas prác- 
ticas interiores muy propias para alcanzar la santi- 
dad que conviene consigan aquellos a quienes el Espí. 
ritu Santo llama a un alto grado de perfección. 

Todas se resumen brevemente en estas cuatro pala- 
bras: hacerlo todo por María, con María, en María y 
para María, a fin de hacerlo más perfectamente por 
Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús. 


(1) S, Lue., 1, 5L. 


183 


$ 1.—Todo por María. 


Es necesario realizar todas nuestras acciones por 
María, es decir, es necesario que obedezcamos en to- 
das las cosas a la Santísima Virgen y que en todas 
ellas nos dejemos conducir por su espíritu, que es 
el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Los que son 
conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios: 
Qui Spiritu Dei aguntur, ii sunt fihii Dei (1). Los que 
son conducidos por el espíritu de María, son hi- 
jos de María y. por consiguiente, hijos de Dios, como 
ya hemos demostrado, y entre tantos devotos de la 
Santísima Virgen sólo son verdaderos y fieles devotos 
aquellos que se dejan guiar por su espíritu. Y digo 
que el Espíritu de María es el Espíritu de Dios, por 
que Ella jamás se condujo por su propio espíritu, si- 
no siempre por el espíritu de Dios, que de tal ma- 
nera se enseñoreó en Ella que se hizo su propio es- 
píritu. 

Por esto decía San Ambrosio: Sit in singulis, etc. 
«Que el alma de María esté en cada uno para glori- 
ficar al Señor; que el espíritu de María esté en cada 
uno para alegrarse en Dios.» ¡Cuán dichosa es el al- 
ma cuando. a ejemplo de un piadoso Hermano Jesuíta 
llamado Rodríguez. muerto en olor de santidad (2), 
está del todo poseída y gobernada por el espíritu de 


(1) Rom. VII, 14. 

(2) Este piadoso Hermano Jesuíta no es otro que San 
Alonso Rodríguez, muerto poco antes y desconocido en Fran- 
cia, por lo cual se llama el Beato aún.—(N. del T.) 


184 


María, que es un espíritu dulce y fuerte. celoso y pru- 
dente, humilde y resuelto, puro y profundo! 

A fin de que el alma se deje conducir por esto es- 
píritu de María, es necesario: 1.” Renunciar a su pro- 
pio espíritu, a sus propias luces y a su voluntad an- 
tes de hacer alguna cosa; por ejemplo, antes de hacer 
la oración, de decir u oír la santa Misa, de comul- 
gar, etc., pues las tinieblas de nuestro propio espíritu 
y la malicia de nuestra propia voluntad y operación, 
si la seguimos, aun cuando nos parezcan huenas, pon: 
drían obstáculo al santo espíritu de María. 2.2 Es ne- 
cesario entregarse al espíritu de María, para ser por 
él movidos y conducidos de la manera que Ella quie- 
ra. Es necesario ponerse y dejarse en sus manos vir- 
ginales, como un instrumento en las manos de un tra- 
bajador, como un laúd en las manos de un diestro to- 
cador. Es necesario perderse y abandonarse en Ella. 
como una piedra que se arroja al mar; y esto se hace 
sencillamente y en un instante, por una sola ojeada 
del espíritu, un ligero movimiento de la voluntad o 
por medio de palabras. diciendo, por ejemplo: Me re- 
nuncio a mí y me doy a Vos, querida Madre mía. Y 
aunque no se experimente ninguna dulzura sensible en 
este acto de unión, no por eso deja de ser verdadera: 
lo mismo que si, lo que Dios no permita, dijéramos 
con toda sinceridad: Me doy al diablo, aunque lo di- 
jéramos sin ningún cambio sensible, no pertenecería- 
mos con menos verdad al demonio. 3.* Se debe, de vez 
en cuando, durante la obra y después de ella, reno- 
var el mismo acto de ofrecimiento y de unión, y cuan- 


185 


to más así lo hagamos. más pronto nos santificare- 
mos, antes llegaremos a la unión con Jeencristo, que 
siempre sigue necesariamente a la unión con María, 
toda vez que el espíritu de María es el espíritu de 
Jesús. 


$ IL—Todo con María. 


Es necesario hacer todas nuestras obras con María; 
es decir: que debemos en nuestras acciones mirar a 
María como un modelo acabado de toda virtud y per- 
fección que el Espíritu Santo ha formado en una pu- 
ra criatura, para que le imitemos, según nuestro cor- 
to alcance. Es menester. pues, que en cada acción mi- 
remos cómo María la ha hecho o la haría si estuvic 

nuestro Ingar. Para esto debemos examinar y 
ar las erand Ella practicó duran- 
te su vida, particularmente: 1. Su fe viva, por la cual 
creyó sin titubear la palabra del Angel, y creyó fiel 
y constantemente hasta el pie de la Cruz en el Calva- 
rio. 2.7 Su humildad profunda. que la ha hecho ocul- 
tarse, callarse, someterse a todo. y colocarse siempre 
la última. 3.2 Su pureza toda divina, que no ha tenido 
ni tendrá jamás igual en la tierra, y, en fin, todas sus 
demás virtudes. Acordémonos, diré una vez más, que 
María es el grande y único molde de Dios, propio pa- 
ra hacer imágenes vivas de Dios, con pocos gastos y 
en poco tiempo: y que el alma que ha encontrado este 
molde y que se pierde en él, muy pronto se transfor- 
ma en Jesucristo, a quien este molde representa al na- 
tural. 


irtudes « 


186 


$ IL.—Todo en María. 


Debemos realizar nuestras acciones en María. 

Para comprender bien esta práctica es preciso sa- 
her: 1, Que la Santísima Virgen es el verdadero pa- 
raíso terrestre del nuevo Adán, y que el antiguo pa- 
raíso terrestre no era más que una figura de este otro. 
Hay, pues, en este paraíso terretre riquezas, hermosu- 
as, cosas singulares e inexplicables dulzuras que el 
nuevo Adán, Jesucristo, ha dejado en él. En este pa- 
raíso es en donde ha encontrado El sus complacen- 
cias, durante nueve meses, en donde ha obrado sus 
maravillas y en donde ha ostentado sus riquezas con 
la magnificencia de un Dios. Este lugar santísimo no 
se compone más que de una tierra virgen e inmacu- 
lada, de la cual ha sido formado y alimentado el nue- 
vo Adán, sin mancha ni inmundicia, por la operación 
del Espíritu Santo que en ella habita. En este paraí- 
so terrenal es en donde está verdaderamente el árbol 
de la vida, que ha producido a Jesucristo, fruto de 
vida; el árbol de la ciencia del bi y del mal, 
que ha dado la luz al mundo. En este divino lugar hay 
árboles plantados por la mano de Dios y regados por 
la divina unción, que han producido y producen to- 
dos los días frutos agradables al paladar de Dios; 
hay jardines esmaltados con las más bellas y variadas 
flores de las virtudes, que despiden un aroma que em- 
balsama hasta los mismos ángeles. Hay prados verdes 
de esperanza, torres impenetrables por su fortaleza, 
casas encantadoras de confianza, ete. Sólo el Espíri. 
tu Santo es el que puede poner de manifiesto la ver. 


187 


dad que se esconde bajo estas figuras de cosas mate- 
riales. Hay en este lugar un aire de pureza sin imper- 
fección, un día hermoso sin noche de la santísima hu- 
manidad, un sol esplendoroso sin sombra de la Divi- 
nidad, un horno ardiente y continuo de caridad, en 
donde todo el hierro que allí entra se derrite y trans- 
forma en oro; hay un río de humildad, que sale de la 
tierra y que, dividiéndose en cuatro cauces, riega to- 
do este lugar delicioso, representando las cuatro vir- 
tudes cardinales. 

El Espíritu Santo, por boca de los Santos Padres, 
llama también a María la Puerta Oriental por donde 
el sumo sacerdote, Jesucristo, entra y sale en el mun- 
do; por ella entró la primera vez y por ella vendrá la 
segunda, 

2. El santuario de la divinidad, el reposo de la 
Santísima Trinidad, el trono de Dios, la ciudad de 
Dios, el altar de Dios, el templo de Dios, el mundo 
de Dios. Todos estos epítetos y alabanzas son muy 
verdaderos, atendiendo a las diferentes maravillas y 
gracias que el Altísimo ha obrado en María. ¡Oh, qué 
riqueza, qué gloria, qué placer, qué dicha la de po- 
der entrar y morar en María, en donde el Altísimo ha 
puesto el trono de su gloria suprema! Pero, ¡qué di- 
fícil es a pecadores como nosotros tener permiso, ca- 
pacidad y luz para entrar en un lugar tan alto y tan 
santo, que está guardado, no por un querubín, como 
el antiguo paraíso terrestre, sino por el mismo Espí- 
ritu Santo, que se ha hecho el dueño absoluto de él 
y de quien dice: Hortus conclusus, soror mea sponsa, 


188 


hortus conclusus, fons signatus (1). María está cerra- 
da, María está sellada; los miserables hijos de Adán 
y Eva, lanzados del paraíso terrestre, no pueden en- 
trar en éste si no es por una gracia particular del Es. 
píritu Santo, que deben merecer. Después que, por 
nuestra fidelidad, hayamos obtenido esta gracia insig- 
ne, es necesario permanecer en el precioso tabernácu- 
lo de María con complacencia, descansar allí en paz, 
apoyarse con confianza, ocultarse con seguridad y per- 
derse sin reserva, a fin de que en este seno virginal: 
1> El alma se alimente con la leche de su gracia y de 
su misericordia maternal. 2,7 Quede libre de sus tur- 
baciones, temores y escrúpulos, 3." Esté a salvo de sus 
enemigos, el demonio, el mundo y el pecado, que ja- 
más entraron allí; esta es la razón por la cual Ella 
dice que los que obran en Ella, no pecarán: Qui ope- 
rantur in me non peccabut (2); es decir, los que mo- 
ran en la Santísima Virgen en espíritu no cometen 
pecado considerable, 4.” Sea formada en Jesucristo y 
Jesucristo sea formado en Ella, pues el seno de Ma: 
ría es. como dicen los Padres, la sala de los sacramen- 
tos divinos. en donde han sido formados Jesucristo y 
todos los elegidos: Homo et homo natus es in ca (3). 


$ 1V.—Todo para María. 


En fin, es necesario hacer todas las cosas para Ma- 
ría. Porque, como nos hemos entregado totalmente a 


(1) Cant., IV, 12. 


(2) Eccle., XXIV, 30. 
(3) Ps. LXXXVL 5. 


189 


<u servicio, es justo que todo lo realicemos para Ella, 
como un criado, un siervo y un esclavo, no que la to 
memos por el fin último de nuestros servicios, «ue 
sólo Jesucristo, sino por nuestro fia próximo, mu 
tro medio misterioso y nuestro camino fácil para ir 
a El. Lo mismo que los buenos siervos y esclavos, no 
debemos permanecer ociosos, sino apoyados en su 
protección, emprender y realizar grandes cosas para 
esta augusta Soberana, Debemos defender sus privi 
legios, cuando se los disputa; sostener su gloria, cuan- 
do se la ataca; atraer a todo el mundo, si es posible, 
a su servicio y a esta verdadera y sólida devoción; 
hablar y levantar el grito contra aquellos que abusan 
de su devoción para ultrajar a su Hijo y establecer 
al mismo tiempo esta verdadera devoción, y no debe- 
mos esperar de Ella en recompensa de nuestros humil- 
des servicios más que el honor de pertenecer a una 
Princesa tan amable y la dicha de estar por Ella uni- 
dos a Jesús, su Hijo, con lazo indisoluble en el tiem- 
po y en la eternidad. 


¡Gloria a Jesús en María! 
¡Gloria a María en Jesús! 
¡Cloria a Dios solo! 


190 


CAPITULO Vu 


Manera de practicar esta devoción 
en la sagrada Comunión. 


ARTICULO 1 
ANTES DE LA COMUNION 


1* Te humillarás profundamente delante de Dios. 
2.” Renunciarás a tu fondo todo corrompido y tus dis- 
posiciones, por muy buenas que te las haga ver tu 
*mor propio. 3." Kenovarás tu consagración, dicien- 
do: Tous totus ego sum, et omnia mea tua sunt: «Yo 
soy todo vuestro, mi querida Señora, con todo lo que 
tengo.» 4.” Suplicarás a esta bondadosa Madre que te 
preste su corazón, para recibir en él a su Hijo con 
sus mismas disposiciones, Le harás presente cuánto 
conviene a la gloria de su Hijo no entrar en un cora- 
zón tan manchado como el tuyo y tan inconstante 
que no dejaría de menoscabar su gloria y hasta de per. 
der a El; pero que si Ella quiere venir a morar en ti 
para recibir a su Hijo, Ella lo puede hacer por el do- 
minio que tiene sobre los corazones, y que su Hijo 
será por Ella bien recibido, sin mancha y sin peligro 
de ser ultrajado ni perdido. Deus in medio ejus non 
conmovebitur (1). Le dirás confiadamente que todos 


(1) Ps, XLV, 6. 


191 


los bienes que le has dado es poco para honrarla, pe- 
ro que, por la Sagrada Comunión, le quieres hacer el 
mismo obsequio que le hizo el Padre Eterno, con el 
cual Ella quedará más honrada que si le dieses todos 
los bienes del mundo; que, en fin, Jesús, que la ama 
singularmente, desea todavía encontrar en Ella sus 
complacencias y su descanso, aun cuando sea dentro 
de tu alma, más sucia y más pobre que el establo en 
donde Jesús no halló dificultad en venir sólo porque 
Ella estaba allí. Le pedirás su corazón con estas tier- 
nas palabras: Accipio te in mea omnia; proebe mihi 
cor tuum, o Maria! 


ARTICULO 11 
En la Comunión, 


Dispuesto ya a recibir a Jesucristo, después del Pa- 
ter noster, le dirás tres veces: Domine, non sum dig: 
nus, ete., como si le dijeras en la primera vez al Pa- 
dre Eterno que no eres digno, por tus malos pensa- 
mientos e ingratitudes para con un Padre tan bueno, 
de recibir a su Hijo único, pero que ahí está María, 
su esclava: Ecce ancilla Domini, que intercede por ti 
y que te da una confianza y una esperanza singular 
cerca de su Majestad: Quoniam, singulariter in spe 
constituisti me (1). 

Dirás al Hijo: Domine, non sum dignus, etc., que 
no eres digno de recibirle, por tus palabras inútiles y 


(1D) Ps. IV, 10. 


192 


malas y por tu infidelidad en su servicio; pero que, 
sin embargo, ruegas que tenga piedad de bi, porque le 
introducirás en la casa de su propia Madre y de la 
tuya, y que uo le dejarás ir si no viene a habitar en 
Lila: Tenui cum, nec din lam, donce introducam il 


lum in demum matris meae, et in cubiculum genitri 


meae (Cant., lil, 4). Le rogarás que se levante y ven- 
ga al lugar de su descanso y al arca de su santifica- 
ción: Surge, Domine, in requiem tuam, tu et arca 
sanctificationis tuae 11). Que en ningún modo pones 
lu confianza en tus méritos, en tus fuerzas y en tu 
preparación, como ú, sino en los de María, tu que- 
rida Madre, como el niño Jacob en los cuidados de Re- 
beca, que por muy pecador y isaú que seas, te atre- 
ves a acercarie u su santidad, apoyado y adornado 
con los méritos y con las virtudes de su Santísima Ma- 
dre, 

Dirás al Espíritu Sanio: Domine, no sum dig- 
nus, elc., que no eres digno de recibir la obra maestra 
de su caridad, por causa de la tibieza y de la iniqui- 
dad de tus acciones y de la resistencia a sus inspira: 
ciones, pero que ioda tu confianza es María, su fiel 
Esposa, y dirás con San Bernardo: Haec mea maxima 
fiducia est; haec tota ratio spei meae. Le rogarás tam- 
bién que venga a María, su Esposa indisoluble; que 
su seno está tan puro y su corazón tan abrasado como 
nunca; que si El no baja a iu alma, ni Jesús ni Ma- 
ría se formarán ni serán en ella dignamente alojados. 


(1) Ps. CXXXL 8. 


193 


ARTICULO II 


Después de la sagrada Comunión. 


Después de la sagrada Comunión, estando recogido 
interiormente y con los ojos cerrados, introducirás a 
Jesucristo en el corazón de María y se lo entregarás a 
su Madre, la cual le recibirá amorosamente, le colo- 
cará dignamente, le adorará profundamente, le ama- 
rá perfectamente, le abrazaré estrechamente y le hará 
en espíritu y en verdad muchos oficios que nos son 
desconocidos por estar para nosotros envueltos en es- 
pesas tinieblas. O bien te mantendrás profundamente 
humillado en tu corazón, en la presencia de Jesús que 
reside en María; o te considerarás como un esclavo 
a la puerta del palacio del Rey, en donde está para 
hablar con la Reina, y mientras Ellos hablan entre sí 
sin necesidad alguna de ti, irás en espíritu al cielo y 
por toda la tierra a rogar a las criaturas que den gra- 
cias, que adoren y amen a Jesús en María por ti: Ve- 
nite, adoremus, venite, etc. O pedirás tú mismo a Je- 
sús, en unión de María, la venida de su reinado en la 
tierra por su Santísima Madre, o la divina Sabiduría, 
o el amor divino, o el perdón de tus pecados, o algu: 
na otra gracia; pero siempre por María y en María, 
diciendo, mientras fijas los ojos en tu miseria: Ne 
respicias, Domine, peccata mea: «Señor, no miréis mis 
pecados»; sed oculi tui videant aequitates Mariae: «y 
no vean vuestros ojos en mí más que las virtudes y 
los méritos de María.» Y, acordándote de tus peca- 


194 


dos, dirás: Inimicus homo hoc fecit: «Yo, el mayor 
enemigo mío de cuantos tengo, soy quien ha hecho es- 
tos pecados»; o también: Ab homine iniquo et dolo- 
so erue me; o ya: Te oportet crescere, me autem mi- 
nui: «Jesús mío, es necesario que Vos crezcáis en mi 
alma y que yo disminuya»; María, es menester que 
crencáis en mí y que yo sea menos de lo que hasta aho- 
ra he sido. Crescite et multiplicaminiz «¡Oh Jesús y 
María!, creced en mí y multiplicaos fuera en los 
otros.» 

Hay una infinidad de otros pensa: tos que el Es- 
píritu Santo sugiere y te sugerirá si eres verdadera- 
mente interior, mortificado y fiel a esta grande y 
sublime devoción que acabo de enseñarte. Pero acuér- 
date de que, cuanto más dejes a María obrar en tu 
Comunión, tanto más será Jesús glorificado; y de- 
jarás tanto más obrar a María para Jesús y a Jesús 
en María, cuanto más profundamente te humilles, y 
los escuches con más paz y silencio, sin que te im- 
porte nada el ver, el gustar o el sentir: porque el jus- 
to vive en todo de la fe, y particularmente en la sa- 
grada Comunión, que es un acto de fe: Justus meus 
ex fide vivit (1). 


(1) Hebr., X, 33. 


195 


CONSAGRACION DE SI MISMO 


A JESUCRISTO, LA SABIDURIA ENCARNADA, 
POR LAS MANOS DE MARIA 


¡Oh sabiduría eterna y encarnada! ¡Oh amabilí- 
simo y adorable Jesús!, verdadero Dios y verdadero 
hombre, Hijo único del Padre Eterno y de María, 
siempre Virgen, yo os adoro profundamente en el se- 
no y en los esplendores de vuestro Padre, durante la 
eternidad, y en el seno virginal de María, vuestra dig- 
nísima Madre, en el tiempo de vuestra encarnación. 

Os doy gracias, porque os habéis anonadado Vos 
mismo, tomando la forma de esclavo, para sacarme de 
la cruel esclavitud del demonio. Os alabo y glorifico, 
porque os habéis dignado someteros a María, vuestra 
Santísima Madre, en todas las cosas, a fin de hacer- 
me por Ella vuestro esclavo fiel. Pero, ¡ay, cuán in- 
grato e infiel os soy! No he guardado las promesas 
que tan solemnemente os hice en el Bautismo; no he 
cumplido mis obligaciones; no merezco ser llamado 
vuestro hijo ni vuestro esclavo, y como en mí nada 
hay que no merezca vuestra repulsa y vuestra cólera, 
no me atrevo por mí mismo a acercarme a vuestra 
santísima y augusta Majestad. Por eso recurro a la 
intercesión de vuestra Santísima Madre, que me ha- 


196 


béis dado como medianera ante Vos, y por este me- 
dio espero obtener la contrición y el perdón de mis 
pecados, la adquisición y la conservación de la Sa- 
biduría. 

Os saludo, pues, ¡oh María Inmaculada! 
náculo vivo de la divinidad, en donde la 
eterna escondida quiere ser adorada por los ángeles y 
por los hombres. Os saludo, ¡oh Reina del cielo y de 
la tierra!, a cuyo imperio está sometido todo lo que 
hay debajo de Dios. Os saludo, ¡oh refugio seguro de 
los pecadores!, cuya misericordia a nadie se niega; 
escuchad los deseos que tengo de la divina Sabiduría 
y recibid para ello las promesas y la ofrenda que os 
hago de mi ruindad. 

Yo, N..., pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en 
vuestras manos los votos de mi Bautismo. Renuncio 
para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, 
y me doy todo entero a Jesucristo, la Sabiduría encar- 
nada, por llevar mi cruz en su seguimiento, todos los 
días de mi vida. Y para ser más fiel de lo que he sido 
hasta aquí, os escojo hoy, ¡oh María!, en presencia 
de toda la corte celestial, por mi Madre y Señora. Os 
entrego y consagro, en calidad de esclavo. mi cuerpo 
y mi alma, mis bienes interiores y exteriores y aun el 
valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y fu- 
turas, dejándoos entero y pleno derecho para dispo- 
ner de mí y de todo lo que me pertenece, sin reserva, 
a vuestro beneplácito y a mayor gloria de Dios, en el 
tiempo y en la eternidad. 

Recibid, ¡oh Virgen benignísima!, esta humilde 


197 


ofrenda de mi esclavitud, en honor y unión de la su- 
misión que la Sabiduría eterna se ha dignado tener a 
vuestra maternidad; en homenaje del poder que am- 
bos tenéis sobre este pobre gusanillo y miserable pe- 
cador; en acción de gracias por los privilegios con 
que la Santísima Trinidad os ha favorecido. Protesto 
que en adelante quiero. como verdadero esclavo, pro- 
curar vuestro honor y obedeceros en todas las cosas. 
¡Oh Madre admirable!, presentadme a vuestro que- 
rido Hijo, en calidad de esclavo eterno, a fin de que, 
ya que me rescató por Vos, me reciba también por 
Vos, ¡oh Madre de misericordia!, concededme la gra- 
cia de obtenerme la verdadera Sabiduría de Dios y 
de contarme, por tanto, en el número de los que Vos 
amáis, enseñáis, conducís, alimentáis y protegéis co- 
mo a vuestros hijos y esclavos. ¡Oh Virgen fidelísi- 
ma!, hacedme en todas las cosas tan perfecto discípu- 
lo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Je- 
sucristo, vuestro Hijo, que llegue, por vuestra inter- 
cesión y a ejemplo vuestro, a la plenitud de su edad 
sobre la tierra y de su gloria en los cielos. Amén. 


Qui potest capere capiat. 
Quis sapiens, el intelliget haec? 


Dios solo.